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Invocando la destrucción ajena, Trump podría estar garantizando la propia

Columna

Mucha gente en EE UU se pregunta si el presidente se encuentra en pleno uso de sus facultades psíquicas y mentales para ejercer el máximo cargo político en el planeta

Retrato oficial de presidente de EE UU, Donald J. Trump. / Daniel Torok/White House Facebook
Federico Hernández Aguilar

12 de abril 2026 - 08:50

San Salvador/“Una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás. No quiero que suceda, pero probablemente ocurrirá”.

Estas palabras, escritas a conciencia en una red social por el hombre que preside la nación más poderosa del mundo, son escalofriantes, pavorosas, insólitas. Es imposible leerlas y no sentir un vértigo instantáneo en nuestra conciencia moral. Nunca un mandatario estadounidense, en público o en privado –al menos que se sepa–, había anunciado la bárbara intención de borrar del mapa una cultura completa. Ni siquiera Harry Truman, que hace casi 81 años tomó la terrible decisión de arrojar sendas bombas atómicas sobre los poblados de Hiroshima y Nagasaki, expresó jamás que tuviera el propósito ulterior de destruir para siempre a la civilización japonesa.

Y es que nadie, en su sano juicio, pronunciaría o escribiría palabras semejantes, porque hasta la violencia, en sus peores momentos, tiene límites; incluso la guerra, con todo y su salvajismo, posee ciertas reglas mínimas. Mao, Stalin, Hitler… es verdad, fueron capaces de justificar las peores atrocidades, pero a ninguno de ellos los historiadores atribuyen niveles más o menos identificables de desquiciamiento, de sociopatía, de aguda insensibilidad frente al sufrimiento humano.

¿Qué hemos de decir entonces sobre Donald J. Trump, el 47º presidente de los Estados Unidos de América, luego de haberse apropiado la intención, aunque solo fuera retórica, de acabar con un pueblo entero? ¿Simplemente le dejamos pasar el exabrupto como si se tratara de algo que cualquier individuo con poder estaría autorizado a decir sin consecuencias?

Mientras el astronauta Victor Glover daba un mensaje sobre la unidad de todos los habitantes de la Tierra, el presidente empleaba vulgares groserías para amenazar a Irán con la destrucción

Al inicio de un acertado artículo publicado en el medio digital Primicias, el colega escritor e historiador ecuatoriano Gonzalo Ortiz señala lo siguiente: “Jamás creí ver un contraste tan marcado. Este Domingo de Resurrección, mientras el astronauta estadounidense Victor Glover daba un exquisito mensaje sobre la unidad de todos los habitantes de la tierra, el presidente de su país empleaba vulgares groserías para amenazar a Irán con la destrucción”.

El columnista hace referencia, claro está, no únicamente a la siniestra advertencia que hemos comentado arriba, sino a las formas agresivas y soeces que utilizó Trump para exigir al régimen iraní que dejara de obstaculizar el libre paso en Ormuz. Medios de comunicación de todo el mundo han hecho verdaderos malabares verbales para reproducir, suavizando lo más posible, las palabras del excéntrico gobernante. Pero cualquier traducción “correcta” falta irremediablemente a la verdad.

“Open the Fuckinʼ Strait, you crazy bastards, or youʼll be living in Hell – JUST WATCH! Praise be to Allah”, leímos con asombro el pasado 5 de abril en la red social de Trump, cuya versión en castellano, a la letra, sería algo así: “¡Abran el puto estrecho, ustedes locos bastardos, o van a vivir en el infierno – SOLO VÉANLO! Alabado sea Allah”.

Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene la osadía (o denuedo) de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo impone dondequiera

Sin matices de ningún tipo, la cita es atrozmente reveladora. Da cuenta, para empezar, de la naturaleza reactiva de un hombre al que sus bajos instintos doblegan con extremada facilidad y demasiada frecuencia. En La rebelión de las masas, tan pronto como en 1929, Ortega y Gasset afirma: “Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene la osadía (o denuedo) de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo impone dondequiera”. Donald Trump vendría a ser, en ese sentido, un representante cabal de nuestra época, caracterizada por la mediocridad omnipresente, combativa, dominante, elevada al número infinito de sus valedores.

Pero hay algo todavía más grave: el presidente norteamericano pone fin a su pretendido ultimátum –que luego, fiel a su estilo, tampoco resultaría tan perentorio– alabando a Dios en su expresión nítidamente árabe. Y este detalle no es baladí.

Aunque supiera lo básico sobre Medio Oriente, es muy improbable que el inquilino de la Casa Blanca ignore que “Allah” es la forma con que cualquier hablante árabe se dirige a su Creador, incluyendo musulmanes y cristianos. Tampoco se le escaparía que el vocablo excluye de facto a los fieles de lengua hebrea, que invocan a Dios usando “Elohim”, “Adonai” o “Shaddai”. Pero Trump también sabría que la palabra “Allah”, para un angloparlante, no es intercambiable por el genérico “God”, pues en occidente se asume que “Allah” es la designación musulmana para Dios. La frase final de su mensaje, por consiguiente, es irónica, burlona.

Es lógico que mucha gente en EE UU se pregunte hoy si Donald Trump se encuentra en pleno uso de sus facultades psíquicas y mentales

Sin embargo, ¿por qué tendría el presidente que echar mano del sarcasmo en un tema tan delicado? ¿Con qué intención recta habría de emplear la mordacidad un líder político que no solo estaría haciendo mofa de los creyentes chiitas, sus supuestos enemigos, sino de cualquier musulmán árabe parlante, englobando a sus supuestos aliados?

Sumados todos estos elementos –amenazas apocalípticas, insultos innecesarios y bufonadas estúpidas–, es lógico que mucha gente en EE UU se pregunte hoy si Donald Trump se encuentra en pleno uso de sus facultades psíquicas y mentales para seguir ejerciendo, con competencia e idoneidad, el máximo cargo político en el planeta. Y estas legítimas dudas sobre su equilibrio cognitivo podrían ir cobrando fuerza en los próximos meses, porque todavía es demasiado tiempo (hasta enero de 2029) el que resta de una Administración cada vez más errática y extravagante.

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