La multitud en Caracas, el silencio en La Habana
Opinión
El regreso de María Corina Machado devuelve el entusiasmo a quienes todavía esperan que los cambios en Venezuela abran también las puertas de Cuba
La Habana/Las imágenes de María Corina Machado recorriendo Venezuela, rodeada de miles de personas que gritan su nombre y reclaman elecciones, han llegado a los teléfonos de muchos cubanos. No las transmite el Noticiero Nacional de Televisión ni ocupan los titulares de los periódicos oficiales. Circulan por WhatsApp, saltan de un perfil de Facebook a otro y se comentan en voz baja o con entusiasmo. La noticia que el aparato propagandístico prefiere ignorar encuentra sus propios caminos para salvar la distancia que separa a ambas naciones.
El regreso de la líder opositora y Premio Nobel de la Paz tiene una resonancia especial en esta Isla. No solo porque Cuba y Venezuela llevan décadas unidas por una alianza política, económica y militar, sino porque los acontecimientos de Caracas se han convertido en una especie de espejo donde muchos cubanos buscan anticipar su propio futuro. Cada movimiento del tablero venezolano se examina aquí con una mezcla de ansiedad, expectativas y desconfianza.
La captura de Nicolás Maduro por tropas estadounidenses, en enero pasado, desató una oleada de esperanzas que fue mucho más allá de las fronteras venezolanas. En Cuba, donde la crisis económica y el inmovilismo político van de la mano, hubo quienes imaginaron que el derrumbe del chavismo arrastraría también a sus aliados de La Habana. Algunos comenzaron incluso a hablar de plazos, a calcular semanas y a señalar fechas para un cambio que parecía inminente.
Pero el calendario se fue quedando sin acontecimientos. Maduro terminó fuera del poder, mientras buena parte de la estructura que lo sostuvo permanecía en pie. Delcy Rodríguez asumió la presidencia venezolana y Washington optó por negociar con el chavismo. La democracia, que muchos imaginaban entrando por la puerta principal, quedó atrapada entre conversaciones diplomáticas, intereses petroleros y promesas electorales todavía sin concretar.
En Cuba, entretanto, no se produjo la ansiada apertura. Los presos políticos siguieron esperando, la censura conservó sus instrumentos y las instituciones permanecieron bajo el control del Partido Comunista. La ilusión de enero comenzó a desgastarse frente a una realidad obstinada. No bastaba con que cayera Maduro para que se abrieran las puertas de las cárceles cubanas ni para que los ciudadanos recuperaran sus derechos.
Ahora Machado vuelve a introducir una variable prometedora en esa ecuación. Su presencia en las calles venezolanas recuerda que una transición no puede reducirse a sustituir a un gobernante mientras se preservan los mecanismos que impiden la alternancia. Las multitudes que la acompañaron no celebraban únicamente su regreso. Pedían elecciones, una palabra que también está ausente del vocabulario político permitido en Cuba.
El silencio de la prensa oficial resulta, por eso, tan revelador. Un acontecimiento de semejante magnitud en el país que durante años fue presentado como el principal aliado de La Habana debería merecer una cobertura destacada. Sin embargo, reconocer el respaldo popular a una dirigente opositora obligaría a mostrar una imagen que contradice demasiados discursos repetidos durante décadas.
La conexión entre Caracas y La Habana tampoco es cosa del pasado. El Partido Socialista Unido de Venezuela, encabezado por Delcy Rodríguez, calificó de "maniobra intimidatoria" la reciente orden de arresto dictada en Florida contra Raúl Castro por el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996. Su respaldo al régimen cubano sugiere que las viejas lealtades siguen pesando, incluso cuando el chavismo negocia con Estados Unidos.
Desde esta Isla, el regreso de Machado se contempla con una esperanza más cautelosa que la de enero. Los cubanos hemos aprendido a desconfiar de los desenlaces rápidos y de las libertades que otros prometen traernos. Pero también sabemos reconocer el significado de una multitud que pierde el miedo y vuelve a ocupar las calles. Quizás esa sea la imagen que más incomoda al poder: no una mujer regresando a su país, sino miles de ciudadanos convencidos de que todavía pueden decidir su destino.