La necesaria muerte del dios cubano

Se le considera poderoso, pero vive sujeto a la aprobación de su "vicario"

El dios cubano puede estar sujeto a sufrir las consecuencias del "brazo secular" que es la Seguridad del Estado. (EFE)
El dios cubano puede estar sujeto a sufrir las consecuencias del "brazo secular" que es la Seguridad del Estado. (EFE)

La idea del dios cubano ha resultado ser para los que estudiamos fenomenología de las religiones, muy confusa para la inmensa mayoría de todos los que profesan una fe determinada. Su monoteísmo estricto revela una soledad sujeta al exclusivo interior de los centros de culto; único lugar donde su fe tiene sentido. Este es un dios monolítico, un dios que no tiene imagen propia por lo que no se le conoce abiertamente. 

Para sus fieles, su fe carece de propósito y sentido en el "aquí y ahora", y aunque se le rinde adoraciones y ofrendas, carece de libertad de expresión. Es por eso por lo que no se le es permitido a sus fieles opinar en temas sociales y actuales sobre lo que es mejor para el pueblo cubano. 

Se le considera poderoso, pero vive sujeto a la aprobación de su "vicario" conocido como la Oficina de Asuntos Religiosos del Partido Comunista de Cuba (PCC); y puede estar sujeto a sufrir las consecuencias del "brazo secular" que es la Seguridad del Estado, si en algún momento incita a sus devotos a opinar sobre un tema prohibido. De aquí que lo más conveniente para sus profesantes es no opinar, abstenerse, o confiar en ese "fatalismo teológico" en el que dios es responsable de todas las cosas que suceden o sucederán, -justas e injustas- y la persona nada puede hacer para cambiarlo.

Lo más conveniente para sus profesantes es no opinar, abstenerse, o confiar en ese "fatalismo teológico" en el que dios es responsable de todas las cosas que suceden o sucederán

Si este extremo resulta peligroso, existe otro que evoca el más radical nihilismo que expresa Vicente Leñero en su obra El Evangelio de Lucas Gavilán, en las terribles palabras que pone en boca de Jesucristo Gómez quien, al dirigirse a Genoveva Galindo, viuda de Nares, no repara en decirle: "¡Trabaja! ¡Tu hijo no está muerto, estúpida! La que ha estado muerta eres tú… ¡floja, inútil, miedosa, inservible, muerta! ¡Nadie va a vivir por ti!, ¡Nadie va a perder su tiempo compadeciéndote!... ¡tienes la fuerza, la sangre, el alma de tu hijo! compréndelo mujer. ¡Levántate con un carajo! ¡vive!" Y es que en este otro extremo el hombre vive solo y es su trabajo social lo importante, pero muere con él. Carece de trascendencia. Esto explica la razón del Jesús "marxista" de Vicente Leñero que muere solo, y con esa sensación amarga y triste de derrota.

Es momento y tiempo de que ese dios muera.

El telón de "la muerte de dios" fue corrido irreverentemente por Nietzsche, quien no escatimó en llamar a los cristianos "idólatras" por adorar a un dios que había muerto, y Zaratustra, su vocero, entiende como su misión propagar esa noticia: "Dios ha muerto, nosotros (la sociedad del modernismo filosófico) lo hemos matado".

Muchos filósofos que han estudiado a Nietzsche han tratado de reivindicar su sentimiento anticristiano atribuyendo que su referencia a dios no es otra que la sociedad de su tiempo a la que se le exige un cambio radical y, de hecho, tiene sentido.

Es momento de sustituir al "dios monoteísta cubano" que nada tiene que aportar a la fe, a la vida y a la dignidad del cubano; para sustituirlo por el Dios Trinitario

Es momento de sustituir al "dios monoteísta cubano" que nada tiene que aportar a la fe, a la vida y a la dignidad del cubano; para sustituirlo por el Dios Trinitario. El Dios que se ha manifestado, que ha traído luz y libertad a los hombres. Ese Dios en el que la soledad no existe porque es capaz de cohabitar. El Dios que hecho hombre dialoga con su Padre, y que es capaz de hablar del verdadero sentido de la vida, de la verdad y la libertad. Que se declara Rey ante los hombres poderosos de su tiempo, y se atreve a hablarles sin temor de lo superior de su reino y lo limitado del poder terrenal que se ostenta en la prepotencia del poder de turno. 

Ese Dios trascendente, ese Dios que como Rey tiene derecho de opinar en las cuestiones políticas y sociales cubanas. Ese Dios respeta tu libertad -porque no es un dictador que impone su voluntad como única norma- y te da el derecho a escoger. 

Ese Dios merece nuestra atención. Ese Dios merece nuestras oraciones y nuestra confianza. Por ese Dios no solo vale la pena creer y vivir, vale la pena hablar del porvenir del pueblo cubano, porque al final, más allá de lo material y las falsas especulaciones, no promete que todo va a ir bien en la vida, y que todo le será fácil a los que creen en él; pero sí asegura que, sin importar lo tan difícil que pueda resultar lo que se tenga que vivir, él siempre estará presente en tu vida, y esto debe ser suficiente.

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