APOYO
Para ayudar a 14ymedio

La nueva historia de Cuba: Terapia de choque para una nación en ruinas

Opinión

La reconstrucción del país exigirá entender que somos los herederos del colono y del mambí, del esclavista y del abolicionista, del burgués republicano y, trágicamente, de los excesos de la Revolución

El relato oficial ha satanizado la historia republicana y ha hecho parecer que la nación era un caos inhabitable / 'Cubadebate'
Rolando Gallardo

21 de junio 2026 - 14:08

Alicante (España)/Una Cuba que aspira a la reconstrucción económica y moral, tras más de seis décadas de profunda decadencia, requiere mucho más que un cambio de modelo productivo o una inyección de capital extranjero. Exige una ruptura fundamental; una terapia de choque en nuestro “yo” colectivo. 

Para levantar los escombros físicos de las ciudades, primero es imperativo demoler el espejo distorsionado del adoctrinamiento estatal. La nación necesita mutar hacia una imagen realista, desprovista de la cosmética del excepcionalismo, para entender con claridad meridiana de dónde venimos, quiénes somos y por qué hemos llegado hasta aquí.

Durante más de medio siglo, la historiografía oficial cubana ha operado bajo un enfoque victimista que ha generado un trauma fundacional y paralizante. Se ha cultivado el síndrome del eterno agraviado, una indefensión aprendida que ha despojado al ciudadano de su agencia. Para que nazca la “nueva historia de Cuba”, el primer paso es abandonar el cómodo refugio de la culpa ajena y asumir la responsabilidad histórica de nuestros orígenes.

Bajo este mantra se ha ido gestando una programación neurolingüística enfermiza

El relato habitual en las aulas cubanas suele comenzar con una frase pasiva y distanciadora: “Cuando fuimos conquistados por los españoles”. Bajo este mantra se ha ido gestando una programación neurolingüística enfermiza, diseñada para alinear al cubano moderno con la figura del indígena pacífico y masacrado. 

Sin embargo, a la llegada de los pobladores peninsulares, la nación cubana sencillamente no existía. Las exiguas comunidades taínas, diezmadas rápidamente por las epidemias, los conflictos y el mestizaje, dieron paso a una realidad demográfica innegable: desde el siglo XVI hasta bien entrado el siglo XX, la población de la isla se nutrió abrumadoramente de la inmigración ibérica.

El rigor histórico y la evidencia genética exigen un cambio de pronombres. No deberíamos decir “cuando los españoles llegaron a Cuba”, sino “cuando nosotros llegamos a Cuba”. Romper con el “ellos” para instituir el “nosotros” es un acto de adultez cívica. Por las venas del cubano actual corre la sangre aventurera de los marinos extremeños, el apego a la tierra del campesino canario, la tenacidad de gallegos y asturianos. 

Hasta el más afrodescendiente de los cubanos comparte, a través del sincretismo y el mestizaje de los siglos, esa herencia ibérica.

Fuimos un territorio de España, poblado por españoles y edificado por criollos. Acabar con el victimismo de la onquista significa aceptar que debemos salir de la actual parálisis para reconstruir las villas que fundaron nuestros propios ancestros a las órdenes de Diego Velázquez.

Asumir nuestro linaje fundacional no implica justificar sus atrocidades; por el contrario, nos obliga a mirar de frente nuestros pecados originales sin escudarnos en que “otros” los cometieron. Debemos cargar con la vergüenza que amerita la triste cruz de la esclavitud, a la que sometimos a cientos de miles de africanos.

La historiografía romántica ha intentado purificar a los padres de la patria, despojándolos de sus contradicciones materiales para convertirlos en deidades de mármol. Pero la historia real es más compleja. Se omite, por incomodidad, la constante negativa de los hacendados cubanos a prescindir de la fuerza de trabajo esclava. Se silencia que los intentos anexionistas del general venezolano Narciso López a mediados del siglo XIX buscaban, en gran medida, la integración a Estados Unidos con el apoyo de los esclavistas sureños para proteger la institución de la esclavitud ante el abolicionismo europeo.

Nuestros próceres independentistas fueron hombres de su tiempo, atrapados en la moralidad de su clase y su época. Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, poseyó esclavos hasta el mismo día del Alzamiento de La Demajagua en 1868; pudo haberlos manumitido años antes, pero lo hizo cuando la guerra exigió sumar brazos al Ejército Libertador. Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía y presidente de la República en Armas, retuvo a los suyos mientras el contexto se lo permitió. E incluso en la Asamblea de Guáimaro de 1869, la piedra fundacional del constitucionalismo cubano, los constituyentes aún debatían acaloradamente cómo indemnizar a los tenedores de esclavos.

Bajar a estos hombres del pedestal para devolverles su humanidad no mengua su coraje al levantarse en armas contra la metrópoli, pero destruye el mito de la perfección moral absoluta. Una nación madura no necesita dioses infalibles; necesita entender las falibilidades de sus fundadores para no repetir sus ceguera éticas.

En el relato oficial, el vecino del norte siempre ha tenido oscuras e unilaterales “intenciones” de absorción

Si la relación con España ha sido falseada por el victimismo, el tratamiento del vínculo entre Cuba y Estados Unidos ha rozado el delirio. En el relato oficial, el vecino del norte siempre ha tenido oscuras e unilaterales “intenciones” de absorción, mientras la Isla jugaba el papel de la doncella virgen y asediada que se resistía heroicamente.

La evidencia documental muestra otra historia: una relación guiada por un pragmatismo descarnado en ambas direcciones. 

Desde principios del siglo XIX, tanto Washington como La Habana (específicamente la sacarocracia y la burguesía criolla) desearon una relación íntimamente cercana. Estados Unidos buscaba asegurar un punto geoestratégico vital en el Caribe, pero las élites cubanas anhelaban activamente la abundancia y la estabilidad que prometía el acceso irrestricto a ese mercado colosal.

A pesar de las demostrables y reiteradas solicitudes de anexión por parte de sectores influyentes en Cuba, Estados Unidos jamás anexionó el país. Las razones fueron múltiples, pero entre ellas pesó lo profundamente anacrónico e incómodo que resultaba para la unión anglosajona, blanca y protestante asimilar un estado abrumadoramente hispano, católico y con un alto componente de población negra. El prolongado y aún irresuelto estatus de Puerto Rico –que sigue esperando la estadidad más de un siglo después– es un testamento de esa reticencia.

Es hora de desechar la historia de la novia acosada. Las motivaciones históricas de Cuba no fueron meramente defensivas; hubo un deseo pragmático, racional y soberano de integración económica. Reconocer esto desmitifica la retórica antiimperialista y nos permite analizar las relaciones geopolíticas como lo que son: transacciones de intereses mutuos, no epopeyas morales.

Reconocer esto desmitifica la retórica antiimperialista y nos permite analizar las relaciones geopolíticas como lo que son

Uno de los mecanismos más perversos de la propaganda revolucionaria ha sido su tratamiento de los combatientes independentistas una vez terminada la guerra de 1898. Para el imaginario popular, el mambí en la manigua es el contenedor de todas las virtudes; sin embargo, en cuanto esos mismos hombres depusieron las armas y asumieron el poder republicano, la narrativa los despojó de sus colores para convertirlos en vulgares “títeres” del imperialismo o villanos corruptos.

Esta visión tóxica y perfeccionista ignora las complejidades de construir un Estado moderno desde las cenizas de una guerra devastadora. Desde Tomás Estrada Palma –hombre de la más absoluta confianza de José Martí y primer presidente de Cuba– hasta Federico Laredo Brú, quien sancionó la vanguardista Constitución de 1940, pasando por la figura trágica de Gerardo Machado, todos fueron veteranos independentistas. Su transición de héroes a gobernantes estuvo plagada de errores, ambiciones desmedidas, clientelismo y dictaduras, pero también de modernización acelerada, logros arquitectónicos, desarrollo de la sociedad civil y crecimiento económico.

La historia republicana (1902-1959) fue indudablemente accidentada, pero merece una revisión justa. El objetivo del relato oficial al satanizar esos 57 años ha sido construir una premisa falsa: hacer parecer que la nación era un caos inhabitable que solo podía ser redimido por el desastre de 1959.

La Revolución de 1959 terminó por secuestrar los anhelos democráticos de la nación para imponer un totalitarismo de Estado

Resulta tétrico y profundamente doloroso para el alma nacional reconocer que la causa del actual estado de ruina –el colapso de la infraestructura, el éxodo masivo, la pobreza sistémica y la asfixia de las libertades– fue vendida al mundo y a los propios cubanos como un acto de salvación pública. La Revolución de 1959, que surgió como una respuesta al golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952, terminó por secuestrar los anhelos democráticos de la nación para imponer un totalitarismo de Estado.

Llegará el momento en que, pasada la euforia de una futura refundación, la etapa de la dictadura castrista deba ser mirada también con justeza historiográfica. En medio de los escombros actuales es difícil avistar matices, pero el rigor intelectual nos exigirá en el futuro analizar cómo una sociedad entera sucumbió, colaboró o fue silenciada por el experimento socialista.

La reconstrucción de Cuba no puede basarse en cambiar un mito por otro. Exigirá asumir nuestra historia completa, sin amputaciones por conveniencia política. Exigirá entender que somos los herederos del colono y del mambí, del esclavista y del abolicionista, del burgués republicano y, trágicamente, de los excesos de la Revolución.

Acabar con el victimismo a las puertas de un cambio inminente mostrará el verdadero espíritu de la Cuba nueva. Solo abandonando el relato de la culpa eterna podremos desarrollar el carácter cívico necesario para limpiar los escombros, labrar la tierra y volver a edificar una nación que asuma su destino con las manos abiertas y la mirada limpia.

1 Comentario
Ver los Comentarios

También te puede interesar

Lo último

Cajón de Sastre

Rompiendo las cadenas