La violencia y seguridad abren el debate: Jerusalén, ¿ciudad unida?

Cualquiera que conozca la urbe más allá de sus principales puntos turísticos puede constatar que Jerusalén es una ciudad partida. (CC)
Cualquiera que conozca la urbe más allá de sus principales puntos turísticos puede constatar que Jerusalén es una ciudad partida. (CC)

(EFE).- La nueva oleada de violencia que sufren Israel y Palestina y las decisiones del Gobierno de Benjamín Netanyahu para ponerle freno, que incluyen el cerco de barrios árabes de Jerusalén, han reabierto el debate: ¿Es, o debe ser, Jerusalén una ciudad unida?.

Cualquiera que conozca la urbe más allá de sus principales puntos turísticos puede constatar que Jerusalén es una ciudad partida, donde conviven dos mundos totalmente diferenciados.

Los ordenados y arbolados barrios de Rehavia o la Moshavá Haguermanit, en el oeste, la parte judía, tienen poco o nada que ver con lugares como Isawiya o Yabel Mukaber, en la parte palestina, en el este, ocupada por Israel en 1967 y anexionada trece años más tarde en una decisión israelí que ningún país del mundo reconoce.

Ahora, tras una cadena de más de 30 ataques palestinos contra israelíes, el Ejecutivo de Netanyahu ha ordenado establecer puestos de control a la salida de varios barrios y, también, cerrar o rodear con bloques de cemento de varios metros los barrios de Isawiya, Yabel Mukaber y Sur Baher.

Una medida que ahondará la fractura más o menos invisible que divide la ciudad.

Las casas tienen canales satélites de televisión diferentes, escuchan música distinta, visten de otra forma, profesan otra religión

No se trata solo de diferencias físicas, la apariencia o la sensación de encontrarte en Oriente u Occidente en uno y otro lado, sino que en cada parte rigen reglas no escritas, que no tienen vigor en el otro lado: las casas tienen canales satélites de televisión diferentes, escuchan música distinta, visten de otra forma, profesan otra religión.

En un lado se oye la llamada del muecín cinco veces al día o las campanas de las iglesias y, en el otro, las sirenas de los viernes marcando el inicio del Shabat. Celebran festividades diversas, compran productos distintos, incluso los precios difieren y hay servicios que únicamente pueden encontrarse en uno u otro lado.

Pero, sobre todo, sus poblaciones apenas se hablan ni se mezclan, muchos coinciden solo por motivos laborales, cada uno tiene su gastronomía típica, en general no comparten ocio y la mayoría ni siquiera hablan el mismo idioma: muchos palestinos, sobre todo mayores, no han aprendido hebreo y la inmensa mayoría de israelíes no habla árabe.

Sin embargo, el discurso del Gobierno y de la derecha israelí, no admite lugar a debate. Jerusalén es la capital "unida e indivisible" del pueblo judío, una concepción que ningún país del mundo acepta y que choca con la reclamación palestina de convertir Jerusalén Este en la capital de su Estado.

"No vamos a dividir la ciudad más de lo que hacen en cualquier ciudad europea o de EE UU en la que ponen un toque de queda en un barrio o ciudad", dijo Netanyahu en una comparecencia ante los medios extranjeros. "No os hagáis ilusiones", ironizó.

"Cerrar algunos barrios no significa que renunciemos a la soberanía", abundó en otro reciente encuentro con la prensa el ministro de Infraestructuras, Yuval Steinitz.

"Algunos piensan que se trata de dividir Jerusalén, nada más lejos de eso", apostilló. Sin embargo, para muchos eso es precisamente lo que está encima de la mesa.

"Con esta decisión, (el Gobierno) se ha metido un gol en propia meta", dice a Efe Meir Margalit, político pacifista y activista de izquierdas que defiende "una ciudad sin murallas pero políticamente separada": la parte este como capital del Estado palestino y la oeste como capital de Israel.

"Precisamente la derecha, que no deja de hablar de la unidad, es quien ha dividido la ciudad y demuestra que el modelo unificado se ha hundido. Esto no funciona"

"Precisamente la derecha, que no deja de hablar de la unidad, es quien ha dividido la ciudad y demuestra que el modelo unificado se ha hundido. Esto no funciona. La decisión (de imponer controles y cercos a los barrios árabes) demuestra que Jerusalén Oriental está más cerca de Cisjordania que de Israel", dice.

Para Margalit, desde el punto de vista humano, la división que empieza estos días a constatarse sobre el terreno es "un castigo colectivo inconcebible pero, desde la perspectiva política, es positiva".

La ciudad, argumenta, ya empezó a dividirse de facto con el inicio de la construcción del muro en 2002, que partió barrios árabes en dos, y "ahora hay una segunda división a través de bloques y controles. Este es el segundo paso hacia su división final".

La periodista del Yedioth Aharonot Yoaz Hendel criticaba este lines la medida de protección como una decisión no sopesada originada por "la histeria y el estrés" del Gobierno.

La Policía ha explicado que la decisión es "temporal y táctica", argumento también esgrimido por el portavoz de Exteriores, Emanuel Nahson, que aseguró que "Israel está tomando medidas para proporcionar la máxima seguridad a los habitantes de Jerusalén".

Las nuevas barreras "son solamente un aspecto de las medidas de seguridad. No tienen significación política. Son puramente temporales y en áreas muy limitadas", aseguró.

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