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¿Cómo acogerían los cubanos una intervención militar estadounidense?

Cajón de Sastre

La resistencia no violenta en Cuba, aunque moralmente admirable y políticamente necesaria, nunca ha provocado el colapso del régimen

Los cubanos, tanto dentro como fuera de la Isla, que anhelan la libertad, darían la bienvenida a los libertadores / 14ymedio
Julio M. Shiling

11 de enero 2026 - 15:02

Miami/Durante más de seis décadas, la política estadounidense hacia Cuba ha oscilado generalmente entre la contención, el compromiso, las sanciones y el apoyo retórico a las aspiraciones democráticas. Lo que se ha mantenido prácticamente sin cambios es la suposición, compartida por muchos observadores bienintencionados, de que la resistencia cívica pacífica, la presión internacional y la liberalización gradual podrían, en última instancia, provocar un cambio de régimen. La historia ha demostrado lo contrario. En los sistemas totalitarios, en particular en los regímenes marxistas-leninistas inspirados en la doctrina estatal castrista, las estrategias no violentas por sí solas no desmantelan el poder. Simplemente coexisten con él.

El renovado énfasis de la administración Trump en revertir los avances comunistas en América Latina refleja un reajuste estratégico que se debería haber hecho hace mucho tiempo. La presencia naval en el Golfo de México y el Caribe, combinada con una acción decisiva contra los bastiones socialistas en Venezuela y, potencialmente, en otras partes del hemisferio, señala el reconocimiento de una realidad fundamental. La fuerza, cuando se aplica de forma legítima e inteligente, sigue siendo el único mecanismo probado para derrocar regímenes totalitarios arraigados.

Las estrategias pacifistas de cambio de régimen han tenido éxito principalmente en sistemas democráticos o semidemocráticos. Se trata de Estados en los que los detentadores del poder están limitados por la ley, la opinión pública o la responsabilidad institucional. Los movimientos no violentos pueden obligar a hacer concesiones en esos entornos porque los gobiernos temen la derrota electoral, el daño a su reputación o las consecuencias judiciales. Los regímenes totalitarios no temen nada de eso. Solo temen la pérdida del control coercitivo.

Cuba no es un sistema autoritario en transición, sino un Estado totalitario maduro

Cuba no es un sistema autoritario en transición, sino un Estado totalitario maduro. Sus servicios de inteligencia, fuerzas de seguridad interna, jerarquía militar e instituciones políticas están unificados bajo un único partido cuya legitimidad no se basa en el consentimiento, sino en la permanencia ideológica y la represión. El régimen sobrevivió al colapso de la Unión Soviética, a décadas de aislamiento económico, a la emigración masiva y a los recurrentes disturbios sociales precisamente porque es estructuralmente inmune a la presión ciudadana. El uso de planes alternativos para financiar sus operaciones tras la caída de la URSS, como el petróleo venezolano, los ingresos del tráfico de drogas, el alquiler de mano de obra neoesclavista y el tráfico de información de inteligencia, ha demostrado que el castrocomunismo puede ser ingenioso cuando se trata de saquear para sobrevivir.

Por eso la resistencia no violenta en Cuba, aunque moralmente admirable y políticamente necesaria, nunca ha provocado el colapso del régimen. Los movimientos de protesta —desde los intelectuales disidentes hasta las manifestaciones en toda la isla de julio de 2021— han puesto de manifiesto la fragilidad y la brutalidad del régimen, pero no lo han derrocado. En cambio, se han enfrentado a detenciones, exilio, mayor vigilancia y represión ampliada. En contextos totalitarios, las campañas de protesta no obligan a hacer concesiones. Simplemente ponen a prueba los límites de la represión.

Eso no hace que la acción no violenta sea inútil. Al contrario, desempeña un papel preparatorio fundamental. La resistencia cívica deslegitima al régimen, fractura el consenso de la élite, debilita la cohesión ideológica y señala la voluntad popular de cambio. Pero estos efectos solo se vuelven decisivos cuando se combinan con un catalizador coercitivo, ya sea la deserción militar interna o la fuerza externa. Ninguna dictadura comunista ha caído únicamente porque los ciudadanos protestaran pacíficamente.

Los precedentes históricos lo confirman. Desde Europa del Este hasta América Central, los sistemas totalitarios se derrumban cuando la fuerza, explícita o implícita, entra en juego. La Doctrina Reagan desafió agresivamente al comunismo soviético. La acción militar contra el marxismo global se libró con dureza y determinación. La caída del Muro de Berlín no fue un accidente. Las intervenciones militares estadounidenses en Granada y Panamá desmantelaron regímenes marxistas y cleptocráticos que la diplomacia no pudo derrocar. En cada caso, la resistencia cívica fue importante, pero no fue el factor decisivo definitivo.

Cuba presenta hoy unas condiciones especialmente favorables para una operación estadounidense limitada

Cuba presenta hoy unas condiciones especialmente favorables para una operación estadounidense limitada y basada en la inteligencia. El régimen se enfrenta a un grave agotamiento económico, un declive demográfico, una escasez de energía y una lealtad ideológica cada vez menor entre las generaciones más jóvenes. Sus patrocinadores internacionales están agotados, distraídos o son poco fiables. A diferencia de lo que ocurría durante la Guerra Fría, La Habana ya no cuenta con la garantía de seguridad de una superpotencia. Lo que queda es un aparato frágil y coercitivo que mantiene unido un Estado en colapso.

Es fundamental señalar que las operaciones militares modernas no tienen por qué parecerse a las invasiones de la Guerra Fría o a las ocupaciones prolongadas. Los avances en la recopilación de información, las capacidades cibernéticas, la fuerza de precisión y la guerra de información permiten intervenciones selectivas destinadas a decapitar a los líderes del régimen, neutralizar las estructuras de mando de seguridad y permitir una rápida transición interna. El objetivo no es la ocupación, sino la desestabilización, creando un vacío de poder que puedan llenar las fuerzas democráticas internas, anteriormente reprimidas. En otras palabras, el escenario está listo para la liberación de Cuba.

Con los activos navales estadounidenses ya posicionados en el Golfo, una incursión de precisión —dirigida a líderes clave como Miguel Díaz-Canel— explotaría las fracturas internas. Los cubanos, tanto dentro como fuera de la isla, que anhelan la libertad desde hace mucho tiempo, darían la bienvenida a los libertadores. La inteligencia revela las vulnerabilidades del régimen: colapso económico, desilusión de los jóvenes y deserciones militares. La tecnología garantiza una ejecución de bajo riesgo: ciberataques para paralizar las defensas y operaciones especiales para asegurar La Habana. Cuba es la verdadera medida del éxito de la Doctrina Trump.

Los opositores a esta acción argumentan que la intervención militar conlleva el riesgo de inestabilidad o reacciones adversas. Sin embargo, la inestabilidad ya define la trayectoria de Cuba. Una disrupción controlada, seguida de un marco de transición con apoyo internacional, es menos peligrosa que un estancamiento indefinido bajo un Estado totalitario en colapso. Además, hay pruebas sustanciales de que una intervención decisiva sería bien recibida por amplios sectores de la población cubana, incluidos elementos dentro del ejército cuya lealtad es transaccional más que ideológica.

Hay pruebas sustanciales de que una intervención decisiva sería bien recibida por amplios sectores de la población cubana

Una operación estadounidense contra el régimen comunista cubano no sería un acto de imperialismo, sino una intervención estratégica alineada con la estabilidad hemisférica y las normas democráticas. Sería una señal de que ya no se tolera el afianzamiento totalitario en las Américas y de que los regímenes que se sostienen mediante la represión, y no el consentimiento, no pueden confiar indefinidamente en la parálisis diplomática. La detención exitosa del dictador títere de la Cuba comunista, Nicolás Maduro, y la aparente toma de control del régimen chavista confirman la viabilidad de una acción afirmativa por parte de Estados Unidos.

La lección es clara: el pacifismo por sí solo no derriba el comunismo. Prepara el terreno, expone la injusticia y moviliza la conciencia. Sin embargo, la ruptura definitiva del poder totalitario requiere fuerza. Si Estados Unidos se toma en serio la reversión del régimen socialista en el hemisferio occidental, la neutralización de un aliado clave del terrorismo interno estadounidense y la promoción de la paz en la región, el castrocomunismo debe desaparecer. Cuba no debe ser la excepción y permanecer al margen de esta iniciativa de política exterior y moral audaz de Estados Unidos. Cuba es el caso paradigmático.

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Nota de la Redacción: Este artículo ha sido publicado originalmente con el títuloLos cubanos acogerían con agrado una intervención militar estadounidense.

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