Los ocho problemas básicos de Díaz-Canel
Cajón de Sastre
Su ilusión de poder, con la capacidad simbólica de toda representación, es un problema serio para el nuevo consenso que se necesita empezar a construir
La Habana/Frente a un país en crisis en sus tres dimensiones fundamentales, como infraestructural, como nación y como modelo de Estado, Miguel Díaz-Canel debería dar un paso al lado. No debería insistir en presidir Cuba. Su ilusión de poder, con la capacidad simbólica de toda representación, es un problema serio para el nuevo consenso que se necesita empezar a construir. Su retiro, por otra parte, le salvaría algo de cualquier cosa que llamemos su legado.
Aquí las ocho razones por las que el actual mandatario tendría que dimitir:
1. Tiene la legitimidad del Partido Comunista de Cuba (PCC) para ser su secretario general, pero no la del 99 % del pueblo para ser el presidente.
2. Como el PCC es un partido selectivo, en el que el pueblo no vota a sus dirigentes, no tiene legitimidad popular para designar, desde su instancia, quién va a liderar el país. Su composición es menor al 1% de la población activa, aquella con derecho al voto.
3. Tiene solo la legitimidad de quienes, en su circunscripción, votaron por él para ser candidato a la Asamblea Nacional, sin competir con otro candidato por cierto. Es bueno saber que él, como muchos otros, fue propuesto directamente por la Comisión de Candidatura, que tiene la potestad de proponer directamente al 50% de los nominados para formar parte de una Asamblea en la que no hay competencia para cada uno de sus 416 curules. Recordemos que se ratifica a través del voto a un candidato por curul.
No tiene el apoyo popular que en siete años le podría haber generado cierta legitimidad de funciones si hubiera tenido la competencia intelectual
4. Tampoco, siquiera, compitió dentro de la Asamblea Nacional con otros candidatos, de modo que solo tuvo un voto de ratificación, luego de la triple designación de Raúl Castro, del PCC y de la Comisión de Candidatura, esta última compuesta por organizaciones de masas, hoy ya vacías, que están dentro del sistema electoral por encima de la voluntad popular.
5. No tiene el apoyo popular que en siete años le podría haber generado cierta legitimidad de funciones si hubiera tenido la competencia intelectual y las competencias del mandato otorgado para resolver los problemas de la gente.
6. No tiene –importante en un régimen que premia la personalidad– la legitimidad empática que proviene de la simpatía popular. Aquello de que el tipo no resuelve, pero al menos es simpático. Pero –lo peor– su falta de simpatía no termina en la indiferencia, sino en la antipatía. No recuerdo yo una persona pública tan detestada en Cuba como Díaz-Canel. Y esto es un problema serio para conducir un país, porque obstruye la comunicación entre el poder y la gente.
7. No es un factor de poder crítico, porque no tiene capacidad ni competencia para determinar las líneas maestras en las relaciones políticas y diplomáticas más fundamentales para Cuba, las que tienen que ver con los Estados Unidos.
8. Por último: no es un ideólogo o un intelectual, un divulgador al menos de alguna doctrina política, ni un comunicador especialmente dotado, lo que le proporcionaría respetabilidad al menos dentro de cierta franja de la élite.