Un país que carga una desgracia que no eligió
Opinión
El odio fue sembrado, administrado y convertido en política de Estado
Miami/Hay naciones que avanzan, tropiezan, y se reinventan. Y hay otras –como Cuba– que fueron condenadas a caminar en círculos, arrastrando un sacrificio que dejó de ser digno para convertirse en castigo. Durante décadas, la vida cotidiana se volvió una sucesión de renuncias: renunciar a la libertad, renunciar a la palabra, renunciar al futuro, renunciar incluso al derecho elemental de imaginar otra vida.
El sacrificio dejó de ser una acción heroica para transformarse en un mecanismo de control. Se sacrificaba el pueblo para salvar al poder, no al revés. Y así, generación tras generación, los mismos hombros cargaron la escasez, la vigilancia, la obediencia, la espera interminable. La élite gobernante, blindada por privilegios, jamás sintió la molestia de la cola, del apagón, del miedo, del exilio forzado. La pregunta entonces se vuelve filosófica: ¿Qué clase de sistema necesita que su pueblo sufra para poder existir?
El odio no brotó del corazón de los cubanos. Fue sembrado, fue administrado, fue convertido en política de Estado. Para justificar la represión, hacía falta un enemigo. Para justificar la pobreza, hacía falta un culpable. Para justificar la vigilancia, hacía falta un traidor.
El odio tiene un costo ontológico: destruye la convivencia, corroe la memoria, y fractura la identidad colectiva
Ese odio se alimentó con discursos interminables, con manuales escolares que confundían historia con propaganda, con noticieros que repetían la misma liturgia del miedo, con marchas obligatorias donde la unanimidad era una forma de permanecer. El odio se volvió un recurso renovable; siempre había alguien a quien culpar, siempre había un “otro” que amenazaba la pureza del proyecto. Pero el odio tiene un costo ontológico: destruye la convivencia, corroe la memoria, y fractura la identidad colectiva. Y cuando un país vive demasiado tiempo bajo la lógica del enemigo, termina sospechando incluso de sí mismo.
Nadie votó esta condena. Nadie eligió entregar su vida a un dogma que ya no sostiene ni el aire que respiramos. Nadie firmó un contrato para renunciar a la libertad de movimiento, de pensamiento, de creación. La decisión la tomó una cúpula que confundió su permanencia con la salvación de la patria, que convirtió la ideología en religión obligatoria y la historia en un monólogo sin fisuras.
Lo único que queda es la pregunta que lo desarma todo: ¿hasta cuándo?
Esa cúpula decidió que el país debía pagar eternamente por un sueño que dejó de ser sueño y se convirtió en coartada; decidió que el pueblo debía inmolarse para que ellos pudieran seguir gobernando; decidió que la nación era un laboratorio y los ciudadanos, piezas reemplazables. La filosofía política nos enseña que todo poder que exige sacrificio sin ofrecer libertad es un poder ilegítimo. Pero, en Cuba, esa ilegitimidad se normalizó, se ritualizó, se convirtió en paisaje.
Hoy, el discurso oficial flota como un cascarón vacío. Las normativas ya no conmueven, los héroes ya no inspiran, las promesas ya no engañan. El país está exhausto. La gente ya no cree, ya no espera, ya no teme como antes. El dogma se ha vuelto un fósil ideológico incapaz de explicar la ruina, la emigración masiva, la desesperanza que se respira en cada esquina. Cuando un dogma deja de sostenerse, lo único que queda es la pregunta que lo desarma todo: ¿hasta cuándo?
Escribir sobre Cuba es escribir contra el silencio. Es un acto de rebeldía, pero también de duelo. Es reconocer que el país ha sido herido por quienes juraron salvarlo. Es afirmar que la memoria no puede seguir secuestrada por un relato único. Es reclamar el derecho a preguntar, a dudar, a disentir, a imaginar. Porque un país no se salva con mandatos, sino con verdad. No se reconstruye con miedo, sino con dignidad. No se libera con odio, sino con justicia.