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Vergüenza ante la servidumbre

Totalitarismo

Décadas de adoctrinamiento han erosionado la noción misma de ciudadanía y dignidad

Estas personas no entienden que se han convertido en una masa manipulada por una clase que detenta el poder para su exclusivo beneficio. / Cubadebate
Pedro Corzo

29 de marzo 2026 - 09:01

Miami/Sé que a algunos no les gustará este comentario, que no faltarán quienes se molesten y hasta me increpen, pero, como admirador de José Martí, sigo su postulado de que “Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado”. Y pretendo, intento, ser un hombre honrado. Así que lo que opino no lo callaré, aunque mis compatriotas se sientan agraviados.

Avergüenza ver a muchos nacidos en Cuba seguir apoyando el totalitarismo castrista, a pesar de no disfrutar del más mínimo derecho ciudadano y sobrevivir en la miseria extrema. La mayoría de los cubanos están conscientes de que viven en condiciones peores que los esclavos de los ingenios azucareros del siglo XVIII; sin embargo, un segmento nada despreciable participa en espectáculos que benefician al sistema que los oprime.

Estoy convencido de que hay quienes creen que el castrismo les dio una vida mejor; no especulo, los conozco: personas que no se percatan de que viven como animales de corral y de que las condiciones de vida de todos tienden a mejorar cuando hay libertad y se pueden disfrutar libremente los derechos.

Están convencidos, como las ratas de Hamelín, de que seguir la tonada hasta la hecatombe es lo mejor

Estas personas no entienden que se han convertido en una masa manipulada por una clase que detenta el poder para su exclusivo beneficio, que están sometidos a una instrucción doctrinal que les hace creer que la alternativa es la muerte o una miseria mayor. Estos sujetos se niegan a aceptar que la realidad que viven forma parte de un entramado gigantesco que funciona dentro de las murallas construidas por los Castro y en el que Miguel Díaz-Canel es el mayoral.

Recientemente vi un número notable de cubanos vitoreando al inepto déspota de Díaz-Canel, mostrando, incomprensiblemente, respaldo a quien los oprime. Aún más: mientras la capital permanecía en casi absoluta oscuridad, otro, o el mismo populacho, se detenía frente al iluminado hotel donde se reunían los integrantes de un convoy de idiotas útiles, convencidos de que quienes los aclamaban eran víctimas de confabulaciones imperiales y no de un sistema que ha conducido a la nación al despeñadero.

Estoy convencido de que algunos participan en estos actos por miedo, un sentimiento del que muy pocos se escabullen y con el que los cubanos han vivido durante demasiadas décadas. Otros asisten porque permanecen seducidos por una mentira que ha sido derruida por la realidad. Están convencidos, como las ratas de Hamelín, de que seguir la tonada hasta la hecatombe es lo mejor. Y también hay terceros que acuden por al menos dos motivaciones que, al final de cuentas, se confunden: la frivolidad, y el respaldo a quien te oprime, una especie de síndrome de Estocolmo masivo.

Me siento muy orgulloso de que nunca hayan faltado cubanos que rechacen el castrismo

El castrismo ha dispuesto de un notable talento para manipular a la población cubana. Con ese propósito creó un número importante de organizaciones que reparten mucho garrote y poca zanahoria, generando una inseguridad mezclada con miedo difícil de superar. Pero, por encima de esa inducción criminal, tengo la certeza de que no faltan cubanos que, como robots, tienen inscrito en su conciencia que cualquier otra propuesta política o ideológica es peor que la que padecen.

Al totalitarismo castrista nunca le han faltado aliados, porque todos los que rechazan lo que representa Estados Unidos están dispuestos a asistirle; por eso, la elección de Castro de Washington como su archienemigo siempre le ha sido favorable.

No obstante, me siento muy orgulloso de que nunca hayan faltado cubanos que rechacen el castrismo. Desde el primero de enero de 1959, a pesar del poder casi omnímodo de los opresores, hombres y mujeres de diferentes procedencias sociales y de todas las edades y razas enfrentaron la dictadura en tiempos en que la comida no faltaba y el servicio eléctrico satisfacía la demanda, gracias a que los bienes acumulados de la República, que Fidel y Raúl Castro destruyeron, lo habían hecho posible.

En aquellos días la libertad de prensa estaba siendo corroída. El viajar libremente sufría limitaciones; quienes practicaban una religión eran discriminados; la educación mutaba en adoctrinamiento, y hasta ponerse cuello y corbata era subversivo: abusos que condujeron al fusilamiento de Porfirio Ramírez, Alberto Tapia Ruano y de miles más; a que Pedro Luis Boitel y Orlando Zapata Tamayo, junto con otros dignos compatriotas, fallecieran en huelga de hambre; y a que Ángel de Fana, Ernesto Díaz Rodríguez y Amado Alfonso, junto con otros centenares de miles, fueran a prisión por defender los derechos de todos.

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