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Ya no sueño con Fidel Castro

El sueño del autor solía repetirse las noches que Castro pronunciaba aquellos interminables discursos frente a cientos de miles de personas. (Archivo)
Reinaldo Escobar

24 de noviembre 2017 - 16:52

La Habana/A lo largo de mi adolescencia tuve un sueño recurrente relacionado con el señor Fidel Castro. Solía repetirse las noches que él pronunciaba aquellos interminables discursos frente a cientos de miles de personas.

Mis dedos podían percibir con sorprendente nitidez la textura del borde superior de la tribuna, donde me apoyaba con los brazos abiertos para mantener el equilibrio mientras me balanceaba hacia ambos lados. En ocasiones hacía un brusco cambio de posición y con ambas manos primero acariciaba y luego cambiaba la disposición de los cinco micrófonos que tenía frente a mí. Cada vez que los tocaba conseguía un silencio en el auditorio y no solo en los que permanecían en la plaza sino en los otros miles que seguían mi discurso a través de la televisión.

Si durante esos segundos fruncía el ceño, mostraba una leve sonrisa o dejaba la mirada perdida en lontananza, creaba una expectación adicional. Era el momento preciso para soltar aquello que en definitiva sería el centro de mi alocución, lo que al otro día quedaría como titular en los periódicos y que con toda seguridad en el futuro se convertiría en otra efeméride a conmemorar.

El común de los mortales desconoce lo que se siente en el momento de tener sobre el rostro miles de ojos atentos a cada gesto, miles de oídos tratando de adelantarse a la próxima palabra

El común de los mortales desconoce lo que se siente en el momento de tener sobre el rostro miles de ojos atentos a cada gesto, miles de oídos tratando de adelantarse a la próxima palabra. El placer de ser dueño de esta situación resulta incomparable. Entonces lo digo con la inflexión adecuada en la voz: firme, casi militar, si se trata de responder a una amenaza; sarcástica, si resulta preferible que el mensaje sea solo decodificado por los buenos entendedores; dulce o triste, cuando hago una alusión a las glorias pasadas; alegre y segura para prometer una conquista del futuro.

Lo he dicho y aprovecho para acariciarme los rizos del cabello (soy lampiño) cuando una ovación escapa de todas las gargantas y los aplausos se prolongan en un crescendo sin límites. Desde un rincón de la plaza alguien -un hombre mayor, una joven mujer, tal vez un niño- ha pronunciado mi nombre que la multitud se siente invitada a repetir, al principio lentamente y luego a un ritmo sincopado. Entonces despertaba.

Estuve casi veinte años sin tener a Fidel Castro como protagonista de mis ensoñaciones, hasta que una noche regresó. Esta vez ya no estaba dentro de mi piel y lo tenía a solo dos metros. Venía rodeado de sus guardaespaldas y sus ojos se encontraron con los míos. Entonces fue cuando, con su habitual tono arrogante, me preguntó: "¿Y qué cosa era lo que tenías que decirme?"

Mientras yo desgranaba una interminable retahíla de preguntas y reproches, el Comandante sufría una lenta pero notable metamorfosis. En más de una ocasión intentó interrumpirme con su dedo índice escapando de un puño amenazador, pero no lograba articular ni una palabra y solo atinaba a mirar a su cada vez más menguada escolta como preguntando quién me había permitido estar tan cerca.

Mi voz cambiaba en cada reproche y no era yo quien lo acusaba, sino sus víctimas. Hablaba en primera persona por los fusilados, los condenados a penas de 20 o 30 años, los despojados de sus propiedades, los excluidos por sus creencias religiosas o por su preferencia sexual, los apartados de la grey revolucionaria por mínimas discrepancias, los que murieron o sufrieron por seguir sus irresponsables decisiones. A veces hablaba como un individuo, otras sonaba como un coro gigantesco desde la lejanía de todos los exilios o desde el fondo del mar.

Ya no sueño con él. No es saludable. El hombre que nos enseñó a odiar no logró arrancarme la compasión por los derrotados

En medio de las grandes imputaciones a veces saltaba el chispazo de un detalle en apariencia menor, como cuando insultó a la enseña nacional firmando sobre la bandera que un amigo llevó al Polo Norte; los hijos que no quiso reconocer, las promesas que nunca cumplió, su alergia a la autocrítica, su falta de piedad, la propensión a satisfacer sus caprichos al precio que fuera necesario.

Al final de este episodio onírico, frecuentemente repetido, siempre se quedaba solo. Su ropa no tenía el verde olivo brillante que durante años lo acompañó sino el confuso gris-azul del uniforme carcelario o la raída piyama de los olvidados en un asilo. Estaba solo y lloraba, no de arrepentimiento, sino de rabia.

Ya no sueño con él. No es saludable. El hombre que nos enseñó a odiar no logró arrancarme la compasión por los derrotados.

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