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El árbol de los deseos

Yoani Sánchez

07 de enero 2008 - 07:57

La gente comienza a llegar antes de las siete de la mañana. Hay de todo: ilusos, desengañados y hasta provocadores. Esperan bajo un árbol –quizás un flamboyán- a un costado del Comité Central. Están ahí porque quieren entregar sus cartas, repetir sus pedidos o probar –por enésima vez- si sus súplicas logran efecto. Algunos, de tanto venir, ya saben interpretar las señas que hace el militar para avisarles que pueden pasar. En la garita entregan su carné de identidad y adentro –tras un cristal blindado- un hombre toma las cartas y entrega un acuse de recibo.

Apelar a la “máxima instancia” es la esperanza de todos los que allí aguardan. Muchos de ellos han viajado cientos de kilómetros para explorar una última posibilidad. Creen que cuando los “altos líderes” conozcan sus problemas, estos se resolverán a la mayor brevedad. Es común que bajo el “árbol de los deseos” se oigan frases como: “Esto me ha pasado porque Fidel no lo sabe, si él se entera seguro que se va a solucionar”. Con utopías similares esperan hasta que los llamen al interior del edificio.

La señora, del pantalón rojo, está aquí porque desde hace doce años se le cayó la casa y vive en un albergue; el viejito –con la voz quebrada- exige una pensión que la burocracia y la desidia le han arrebatado; una muchacha asegura que su novio está en la cárcel auque es inocente. También hay un hombre agachado en la hierba que parece ser –como yo- del grupo de los incrédulos. La escena se repite cada mañana de lunes a viernes. A veces las exigencias suben de tono, las madres traen a sus niños para implorar en grupo y alguien llama a la calma diciendo “Caballero, cállense y esperen que si no, no van a lograr nada”.

Camino a casa puedo ver al árbol de los deseos, cada vez proyectando su sombra sobre más y más personas. Cada día más doblado bajo el peso de los problemas.

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