Contar la realidad, pese a todo
Generación Y
En Cuba, ser periodista independiente implica resistir la censura y redefinir el papel de la prensa ante una sociedad en transformación
La Habana/Cada 3 de mayo llega con un peso distinto cuando se ejerce el periodismo desde un país donde la libertad de prensa no es un derecho, sino una batalla diaria. Esta no es una fecha para celebrar, al menos no en el sentido más cómodo de la palabra, sino para hacer inventario: de lo ganado a pulso, de lo perdido en el camino y de lo que todavía está por construirse. En Cuba, ser periodista independiente no es solo una profesión; es una forma de resistencia.
He aprendido a medir el tiempo no solo por los días que pasan, sino por las veces que se cae la conexión a internet, por los mensajes que nunca llegan, por las llamadas que se cortan justo cuando alguien empieza a contar su testimonio. La mala calidad de las comunicaciones no es solo un problema técnico, es una estrategia. Como lo son también los operativos alrededor de nuestras casas, las patrullas policiales que aparecen en fechas “sensibles”, los agentes que vigilan, anotan, intimidan. Hay días en que salir a reportar implica primero sortear un cerco.
A eso se suman las amenazas más visibles: citaciones, interrogatorios, decomisos, procesos judiciales que buscan convertir el ejercicio del periodismo en delito. Nos llaman “mercenarios”, “enemigos”, “desestabilizadores”, como si contar la realidad fuera una forma de violencia. Pero lo cierto es que el mayor temor del poder sigue siendo que alguien mire, pregunte y publique.
El mayor temor del poder sigue siendo que alguien mire, pregunte y publique
Sin embargo, el desafío no termina en la represión. Hay otro reto, más silencioso y complejo, que tiene que ver con la propia sociedad cubana. Durante décadas, el país vivió bajo un monopolio informativo que moldeó no solo lo que se decía, sino también cómo se escuchaba. Muchos ciudadanos crecieron con la idea de que la prensa debía confirmar, no cuestionar; acompañar, no investigar; abrazar, no criticar. Hoy, cuando se profundizan las grietas en ese muro, también emerge la confusión: ¿Cuál es el papel de un periodista? ¿A quién responde?
Ahí está, quizás, uno de los mayores desafíos del futuro: reconstruir la relación entre la prensa y el público. Explicar, con hechos y con rigor, que nuestro papel no es agradar ni ser caja de resonancia de políticos o grupos de interés. Que no estamos aquí para aplaudir ni para amplificar consignas. Que el periodismo, en su esencia, incomoda. Investiga. Revela. Y que esa incomodidad es necesaria, tanto cuando apunta al poder como cuando ilumina las zonas oscuras de la propia ciudadanía.
Ser periodista independiente en Cuba hoy es caminar en un terreno inestable, donde cada paso puede tener consecuencias. Pero también es una profesión inspiradora. Porque en medio de los apagones, de la censura y del silencio impuesto, cada historia publicada es una pequeña victoria contra la mordaza.
Ser periodista independiente en Cuba hoy es caminar en un terreno inestable, donde cada paso puede tener consecuencias
Este 3 de mayo no tengo certezas, pero sí convicciones. La principal: que, aunque nos corten la conexión, siempre habrá alguien buscando una señal para publicar un artículo o denunciar una injusticia. Y mientras exista esa necesidad de saber, de entender, de nombrar lo que ocurre, el periodismo, incluso el más perseguido, seguirá encontrando la manera de abrirse paso.
A mis colegas, felicidades en este día, pero les advierto que el camino que queda por delante está lleno de peligros, incluso de peligros que provienen de lo que hoy parecen ser apoyos muy cercanos.