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Metáfora de estos tiempos

Yoani Sánchez

24 de agosto 2007 - 08:04

Esta es la historia de un edificio –modelo yugoslavo- que fue construido en los años 80 por ilusionados microbrigadistas. Estrenaron sus casas y con ellas un montón de nuevas experiencias que le cuelgan al hecho de tener un techo propio (muy pocos de la “Generación Y” hemos experimentado tal sensación). Aquellos constructores improvisados tuvieron que trabajar entre cuatro y siete años para tener su apartamento y posteriormente pagar una cuota, que al cabo de veinte años, les dio la posibilidad de un título de propiedad.

En este edificio que les cuento ya todos los jefes de núcleo son dueños de sus casas. Pasaron de los sueños del constructor -deseoso de habitar un espacio- a las frustraciones del limitado dueño de una propiedad a medias. Lo que alguna vez fue un ejemplo del auge constructivo que se nos prometió, resulta ahora una ruina moderna; metáfora de la inmovilidad y declive de estos tiempos.

Desde hace cuatro años nadie ocupa la plaza de “encargado” ni de “limpia-pisos”, pues el salario no resulta estimulante y los catorce pisos, con largos pasillos y escaleras, demandan demasiado trabajo para tan poco dinero. El ascensor sobrevive gracias a los conocimientos de algunos vecinos que en estos años se han visto en la disyuntiva de aprender algo de mecánica o subir por las escaleras. La bomba de agua, por su parte, también tiene su equipo de “bombólogos” que la reparan cada vez que falla. La autogestión logra que no se desmorone el edificio, pero no puede mantenerlo estable.

La cercanía a la Plaza de la Revolución hace que este bloque de catorce pisos esté en “zona congelada”, de ahí que los apartamentos que se vacían van a parar a manos de miembros de las FAR o del gobierno. Las rejas proliferan y algunos vecinos se turnan para limpiar los pasillos de sus pisos o los escasos metros frente a la puerta de sus casas. Las áreas sociales sufren de la indeferencia motivada por una forma de propiedad que no deja claro a quién pertenece. En teoría se trata de zonas comunes en manos de todos, pero en la realidad esta comunidad de 144 apartamentos no puede decidir qué hacer con ellas.

No se puede -por ejemplo- abrir una necesaria cafetería para recaudar fondos que se inviertan en el propio edificio. También está vedada la posibilidad de acceder a un comercio mayorista donde adquirir los cientos de metros de tubería que son necesarios para paliar los abundantes salideros. Los vecinos deben esperar que el Instituto de la Vivienda destine fondos para su necesaria reparación.

Entrampados en un mecanismo vertical y burocrático los ilusos microbrigadistas de ayer ven que a su sueño se le cae el repello, se le oxidan las cabillas y se le destiñe la pintura. Sus hijos no arrastran la epopeya de la construcción y el montaje de las piezas prefabricadas, así que les resulta distante la “preocupación de los viejos”. Los más jóvenes se burlan cuando sus padres les cuentan las historias de la grúa o el andamio y concluyen, con el pragmatismo de esa edad: “¿Tanto sacrificio para esto?”

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