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La proclama mortal

Yoani Sánchez

01 de agosto 2012 - 02:48

Seis años. Ha pasado tanto y tan poco. De los siete nombres mencionados en aquella “Proclama del Comandante en Jefe al pueblo de Cuba”, apenas tres se mantienen indemnes. Como si el texto no fuera sólo la noticia de la enfermedad de Fidel Castro sino también una especie de maldición que caería sobre los aludidos. José Ramón Balaguer, a quien el convaleciente designara para estar al frente del Programa Nacional e Internacional de Salud Pública, dejaría el ministerio de ese ramo a mediados de 2010. Ante la muerte de decenas de pacientes, por hambre y frío en el hospital Psiquiátrico de La Habana, el incondicional funcionario fue pasado a otro cargo, quizás para evitar que terminara en un tribunal. Otro de los aludidos, Carlos Lage, perdió estrepitosamente su posición como Secretario del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros. Tenido por muchos analistas como el posible sucesor al “trono cubano”, su defenestración fue un duro revés para los que apostaban por una línea reformista dentro del propio gobierno.

¿Y qué decir de Felipe Pérez Roque? A quien en aquel anuncio -leído varias veces durante la noche del 31 de julio de 2006- se le asignaba gestionar los fondos de los programas de salud, educación y energía. Sólo habían transcurrido veinte meses y ya era acusado de haberse vuelto adicto a “las mieles de poder”. El conjuro de la Proclama estaba logrando su efecto contrario: en lugar de avalar la ascensión, certificaba la caída. El mismo dedo que había señalado a aquellos hombres como fieles continuadores de su obra, los mostraba luego cual traidores. La vieja máxima de que la cercanía al poder es tan provechosa como peligrosa, ejemplificada en un breve plazo de tiempo. Otro de los aludidos, Francisco Soberón, presidente del Banco Central también sería reemplazado; se iría por la puerta de atrás, para escribir sus memorias dicen algunos, para evitar el castigo público aseguran otros.

Sólo tres nombres de los mencionados en aquel texto premonitorio siguen aún intocables. Uno de ellos es José Ramón Machado Ventura, quien se ha convertido incluso en el segundo hombre al mando. Tampoco Esteban Lazo ha sido defenestrado, pues ha aprendido bien la lección de nunca brillar con luz propia. Y el tercero de los “sobrevivientes” es el propio Raúl Castro. Principal beneficiario de la “proclama-testamento”, el ex ministro de las Fuerzas Armadas también ha sido el más maldecido por él. Pues a su cuenta irán no sólo sus propias culpas sino también las heredadas de su hermano: las reformas tardías, los despidos masivos, el marabú que sigue a lo largo de la carretera, los recortes en la canasta básica, el dichoso vaso de leche que no acaba de materializarse sobre nuestras mesas y un largo etcétera. No me extrañaría escuchar cualquier día de estos una nueva proclama, en la que el General Presidente delegue sus cargos a alguien que lleva su mismo apellido. El próximo presidente maldito de la historia nacional.

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