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Quijote se escribe con “K”

Yoani Sánchez

16 de junio 2009 - 20:02

Una nueva noticia ha alegrado a unos y molestado a otros: la ortografía volverá a ser tenida en cuenta en las evaluaciones  de las escuelas cubanas. El reinado de las esdrújulas no acentuadas y de las “s” cambiadas por “c” está por concluir,  según anunció la televisión hace unas semanas. Un alumno podrá suspender un examen y hasta repetir el curso escolar si  no domina las reglas ortográficas de esta lengua compleja y hermosa que es el español. Los lingüistas estamos, como es  de esperar, en una altisonante fiesta de desagravio.

Ya me había acostumbrado a descifrar raras palabras compuestas bajo el gusto personal de cada cual. Hasta en las pizarras, escritos por los mismos profesores, hacían su aparición estos vocablos de un nuevo idioma que no se atenía a  reglas o a normas. Ni siquiera mi desenfado fonético, al que siempre le ha parecido innecesaria la “h”, podía mantenerse  tranquilo frente a palabras de cinco letras que incluían cuatro errores. No exagero, pues una vez revisé un examen de  historia donde alguien escribió “síbir” en lugar de “civil”. Claro, en ese caso se entiende, pues el concepto es poco  conocido en esta sociedad donde los ciudadanos somos considerados soldados y no entes con derechos.

Sin embargo, el susto mayor me lo llevé un día que hice un dictado a los divertidos estudiantes de una secundaria en la  calle Zanja. Se me ocurrió colar entre la lista de palabras el título del mayor clásico de las letras hispanas. Era una manera  de repasarles la figura de Cervantes y de no recargar la prueba con voces complicadas como “escaseces” o  “proposición”. Lo cierto es que al revisar las hojas resultantes de aquella jornada, encontré al menos un par de alumnos  que habían puesto “Quijote” con “k”. No podía creer que alguien pudiera usar una letra con tan poca presencia en los  diccionarios castellanos para escribir el símbolo de nuestra hispanidad.

Desde ese día, comprendí que la ortografía es la expresión de una cultura general, que tiene su base en la lectura y en los  libros. Cómo exigirles que usaran las consonantes adecuadas si ni siquiera sabían el significado o la historia de ciertas  palabras. Eso también lo intuyeron los funcionarios del Ministerio de Educación y optaron por quitarle peso a la ortografía  en las evaluaciones. De ahí que Sancho pasó a llamarse “Zancho” y Rocinante…. bueno… quién puede aventurar en qué quedó convertido Rocinante.

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