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Vivir entre los restos de lo que fuimos

Generación Y

Carros ‘canibaleados’, edificios derrumbados y estructuras abandonadas acompañan la vida cotidiana en La Habana

Los automóviles son cadáveres despojados de puertas, cristales, motores y cuanto tornillo haya podido servir para mantener rodando a otro vehículo. / 14ymedio

La Habana/En La Habana no caminamos por calles, sino por el interior de un naufragio. Los restos están por todas partes: un edificio apuntalado, una tubería rota que nadie arregla, una montaña de basura, el esqueleto de un edificio derrumbado. Nos hemos acostumbrado tanto a los escombros que ya casi no los vemos. Rodeamos el hueco, esquivamos el pedazo de concreto y seguimos adelante.

En la calle Ayestarán, como en tantas otras, hay una gran variedad de ruinas. Bajo un techo de zinc y sobre la hierba reseca, se acumulan varios automóviles desarmados. A uno le falta el frente; de otro apenas queda la carrocería; un tercero conserva algo parecido a su antigua forma. Son cadáveres despojados de puertas, cristales, motores y cuanto tornillo haya podido servir para mantener rodando a otro vehículo.

Las entidades oficiales parecen haber perdido la energía para retirar los restos, porque deshacerse de una ruina requiere recursos que no existen

Resulta difícil imaginar el momento en que fueron nuevos. Quizás alguno trasladó a un reportero de la prensa oficial hasta una aburrida asamblea del Poder Popular. Otro pudo tener como pasajero habitual a un administrador de guayabera ajustada y chofer esperando en la puerta. Hubo un tiempo en que ministerios, empresas y organismos estatales tenían combustible, piezas de repuesto y automóviles suficientes para mover a sus funcionarios y empleados.

De aquel derroche quedan estos cascarones que forman parte del paisaje. Las entidades oficiales parecen haber perdido hasta la energía para retirar los restos, porque deshacerse de una ruina requiere recursos que ya no existen.

Lo peor de vivir entre despojos no es la fealdad, sino la costumbre. Pasamos junto a ellos, los incorporamos a nuestras rutas y terminamos aceptándolos como parte inevitable del decorado. 

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