La ansiedad del cubano desconectado
Crónica
Nada que dependa del acceso a internet está garantizado en la Isla
La Habana/Camino hasta la esquina de la azotea, levanto el brazo, inclino el torso. Una barrita de cobertura aparece en la pantalla del móvil. Todos los mensajes acumulados empiezan a salir y otros tantos luchan por entrar. Solo se escucha el ronroneo del cercano generador de energía de un ministerio. El barrio calla en el silencio de un apagón, más pesado y denso que la paz de los sepulcros.
Nada que dependa del acceso a internet está garantizado en Cuba. Las aplicaciones móviles locales, que hasta hace algunos años organizaban entrega de comida, traslado de pasajeros o el contacto con albañiles, son inútiles la mayor parte del tiempo. Solo en la madrugada, la navegación web parece destrabarse algo y fluir, pero ¿a quién se le ocurre pedir una pizza a las cuatro de la mañana? ¿Qué sentido tiene contratar un plomero poco después de la medianoche?
Hay barrios y barrios. Una pariente que vive en El Vedado me dice que puedo ir a su casa cuando quiera para revisar mi buzón de email. La suya es una zona privilegiada. Casi no hay apagones porque está conectada a "un circuito de hospitales" que hace rato se quedaron sin combustible para abastecer sus generadores y deben mantener encendidas las casas de los alrededores, incluso cuando toda La Habana está a oscuras. Saco cuentas: unos cuarenta minutos caminando para allá, otros tantos para el regreso. Casi una hora y media solo para descargar mis correos electrónicos.
A veces extraño el tiempo de los telegramas. Cuando en la cuartería donde vivía el vozarrón del cartero gritaba un nombre, todos sabíamos que aquello era breve, rápido y muy probablemente urgente. La gente escribía frases cortas, sin preposiciones ni verbos compuestos. Cada palabra costaba dinero y no se podía malgastar en florituras. "Tía muerta, entierro mañana"; "Nació, ocho libras"; "No hay boda, novio se fue" o "Manda dinero para velorio". Así nos enterábamos de lo más importante.
Pero ahora no. Ahora hay memes que ver, correos cargados con imágenes de varios megabytes que nos mandan de cualquier parte del mundo, postales por el Día de San Valentín que se tardan minutos en bajarse, audios que un amigo grabó en el metro de Madrid, tomándose su tiempo, sin recordar que aquí envidiamos la velocidad con la que se trasladan las señales de humo. Hay reels, debates encarnizados que seguir por Facebook, discusiones donde todos quieren decir la última palabra y filmaciones, con el rostro muy cerca del lente, hechas dentro de autos parqueados a las afueras de inmensos centros comerciales en Miami o Tampa.
La ansiedad crece. No estamos al tanto ni podríamos estar al tanto. El llamado fomo (fear of missing out o miedo a perderse algo) hace que la gente en esta ciudad escale un tanque de agua a ver si capta la señal 4G y los dichosos posts de Facebook acaban de cargarse en su móvil. Una cosa era cuando no sabíamos lo que nos perdíamos y otra, ahora, cuando el pésimo servicio de telecomunicaciones nos arrebata ese internauta que ya somos, que nos hemos construido con años de presencia en redes sociales. Más que una carencia, esto es una amputación.
Una amiga arquitecta ha llegado, tras más de una década viviendo en Europa, para enterrar a su madre. Ahora tiene que organizar a alguien que cuide a su padre, con serios problemas de locomoción y casi 80 años. Pero la mayoría de los contactos con posibles candidatos para la plaza, que pagará en euros, son a través de la telefonía móvil y WhatsApp. Carente ya de entrenamiento para lidiar con la baja velocidad de internet en Cuba, mi amiga insulta la pantalla del celular cada vez que marca y le sale la grabación de que "el número que usted llama está apagado o fuera del área de cobertura", una de las tantas maneras en que el monopolio estatal Etecsa enmascara su ineficiencia.
La arquitecta emigrada debe terminar y entregar un trabajo que le pidieron al otro lado del Atlántico. Sus empleadores no logran entender que, al abordar ese avión rumbo a esta Isla, ella ha entrado en una especie de jaula de Faraday donde las comunicaciones son muy inestables o imposibles. Sus bocetos ya terminados están estancados en La Habana a la espera de que en su móvil aparezcan las ansiadas barritas de la conectividad. Pero mi amiga ya perdió la capacidad de esperar. Dice que aquí el tiempo no vale nada y que cada minuto que pasa pierde dinero.
No puedo ayudarla mucho. La zona wifi más cercana de nuestra casa ya no funciona. Después de la algarabía inicial con estos parques de conexión inalámbrica, la llegada de internet a los móviles y la falta de mantenimiento los han ido apagando poco a poco. En diciembre de 2018 comenzó el servicio de navegación desde los celulares y creímos que había llegado el momento de abandonar los duros bancos de unas plazas donde la oscuridad y los asaltantes nos obligaban a tener un ojo en la pantalla y el otro revisando constantemente el entorno.
Este miércoles recorrí varias de esas plazas wifi. Algunas perdieron hace rato sus antenas y en otras el poco ancho de banda ha sido absorbido por los vecinos cercanos que instalaron antenas que llevan hasta la sala de su casa la señal inalámbrica, colapsando el servicio para el resto de los clientes. No obstante, el mayor problema ahora es conseguir las tarjetas de recarga que permiten acceder al portal de Nauta con un usuario y una contraseña.
"¿Tiene tarjeta para zonas wifi?", pregunto a un agente de telecomunicaciones que hasta hace poco se ganaba la vida con la venta de recargas móviles y otras prestaciones de Etecsa. "No, eso hace rato que no llega, nada más que las están vendiendo en algunas oficinas centrales", me advierte. Para paliar la caída en sus ofertas, el hombre ha improvisado un timbiriche donde también ofrece refrescos, cervezas y galletas. Si no puedes conectarte, por lo menos bebe y mastica algo, parece ser el nuevo lema de su diminuto negocio.
En la oficina de Etecsa de la calle Obispo me dicen que se les han acabado las tarjetas para las zonas wifi. Mi parienta de El Vedado no está en su casa para sentarme en su sofá y descargar mis correos electrónicos, así que decido regresar a casa. En la escalera me encuentro a mi amiga arquitecta que está, literalmente, trepando por las paredes de la desesperación. Lleva más de una semana sin poder revisar su cuenta de Linkedin.
Subo hasta la azotea. Pongo el móvil en una esquina y me dedico a trabajar en mi pequeño huerto. Una hora después escucho un sonido familiar. Me acaba de entrar el primer mensaje por WhatsApp del día. Faraday, por esta vez, te he vencido.