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En apagón casi permanente, el Reparto de los Médicos sufre asaltos en las calles y robos en los edificios

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Este barrio de San José de las Lajas fue construido para el personal de Salud que regresaba de misiones internacionales

“Aquí la corriente es como un visitante que llega sin avisar y se va antes de que uno pueda ofrecerle café”. / 14ymedio
Julio César Contreras

19 de abril 2026 - 07:14

San José de las Lajas/Las noches caen temprano en el Reparto de los Médicos, en San José de las Lajas, Mayabeque, pero no porque el sol se oculte antes, sino porque la oscuridad se adelanta a la rutina. A las siete de la tarde ya el barrio parece sumido en una especie de toque de queda silencioso. Unas pocas luces se escapan por las ventanas. Desde la calle, apenas se distinguen las siluetas de quienes se asoman a las puertas para tomar un poco de fresco o vigilar que nada extraño se acerque.

En este reparto, construido originalmente para médicos y colaboradores de la salud que regresaban de misiones en otros países, el apagón no es un evento excepcional, sino el telón de fondo permanente de la vida cotidiana. Algunos residentes aseguran que han perdido la cuenta de las horas sin electricidad y que los breves intervalos de servicio se han vuelto tan impredecibles que ya nadie confía en los horarios oficiales. “Aquí la corriente es como un visitante que llega sin avisar y se va antes de que uno pueda ofrecerle café”, comenta Marcia, una cirujana de 49 años que vive en uno de los edificios más antiguos del reparto.

La doctora habla con voz cansada, apoyada en el marco de la puerta de su apartamento, mientras sostiene una linterna que ilumina apenas el suelo de la entrada. Según explica, los cortes de electricidad superan con frecuencia las 24 horas, dejando solo pequeños respiros durante la madrugada. “Están poniendo la corriente un ratico por la madrugada. A esa hora mi esposo y yo nos levantamos a cocinar. A veces los frijoles se quedan a medio hacer, porque la luz no llega a mantenerse ni una hora. Esa lucha es todas las noches. Cuando voy para el hospital al día siguiente, me dan ganas de acostarme en una cama de ingreso. Sinceramente, estoy que no doy más”, afirma.

“Después de las 8:00 de la noche es imposible salir, no sólo por la oscuridad, sino porque están asaltando a las personas y hasta se están metiendo en los edificios para robar"

En los pasillos de los edificios, el silencio es interrumpido por el chirrido de alguna puerta o el sonido metálico de una reja que se cierra con rapidez. La falta de iluminación ha multiplicado el temor a la delincuencia y ha cambiado la manera en que los vecinos se relacionan con el espacio común. De noche, casi nadie se aventura a salir. Los escalones quedan sumidos en una penumbra espesa y las sombras se confunden con los rincones.

“Después de las 8:00 de la noche es imposible salir, no sólo por la oscuridad, sino porque están asaltando a las personas y hasta se están metiendo en los edificios para robar, con los dueños dentro de las viviendas”, asegura Idalmis, quien se mudó a un segundo piso hace aproximadamente cuatro años. La mujer recuerda que el barrio era antes un lugar tranquilo, habitado mayormente por profesionales de la salud, pero que la situación ha cambiado con el éxodo y la crisis económica. “En este barrio la mayoría de los médicos vendieron, permutaron o se fueron del país. Quienes hemos llegado después, hemos tenido que cerrar puertas y ventanas por nuestra propia seguridad”, asevera.

La oscuridad no solo afecta la tranquilidad, sino también la vida doméstica. En el Reparto de los Médicos, la falta de electricidad arrastra consigo otro problema igual de angustiante: la falta de agua. Sin corriente, las turbinas no funcionan y los tanques permanecen vacíos durante días.

“Aquí la escasez de agua es horrible. Sin corriente no se puede arrancar la turbina. Hay quienes cargan cubo a cubo desde la misma cisterna, pero yo vivo sola y no puedo hacer fuerza”, cuenta una maestra de escuela primaria que reside en la zona. La mujer ha tenido que improvisar soluciones para sobrevivir a la rutina. “Estoy resolviendo con un tanque de 55 galones que logro llenar una o dos veces a la semana. Con eso tiene que darme para realizar las labores domésticas y también para asearme. Todo esto parece sacado de una historia de terror”, señala.

La rutina doméstica se ha vuelto una carrera contra el tiempo, en la que cada minuto con electricidad debe aprovecharse al máximo

Al caer la noche, el barrio se convierte en un mosaico de luces débiles. Desde el interior de algunos apartamentos se proyecta el resplandor azulado de lámparas recargables o el parpadeo intermitente de teléfonos móviles que están a punto de quedarse sin batería. En otras viviendas la oscuridad es total, y el silencio que se percibe no es señal de tranquilidad, sino de agotamiento.

En uno de los edificios, Beatriz vela a su madre de 92 años, encamada y con una enfermedad terminal. La mujer pasa las noches sentada junto a la cama, espantando mosquitos con un pedazo de cartón mientras espera el amanecer. “Entre mi hijo y yo nos turnamos todas las noches hasta que amanece para que no se la coman los mosquitos. Esta situación con la electricidad realmente nos tiene exhaustos y lo peor es que no hay solución a la vista en medio de tantas carencias”, lamenta.

El cansancio se acumula en los cuerpos como una segunda piel. La rutina doméstica se ha vuelto una carrera contra el tiempo, en la que cada minuto con electricidad debe aprovecharse al máximo. Lavar, cocinar, bombear agua y cargar baterías son tareas que se realizan a cualquier hora del día o de la madrugada, dependiendo de cuándo aparezca la corriente.

“Lo mismo puedo estar lavando a las tres de la madrugada que a las cinco de la tarde, cuando me dan un chance con la corriente. Tengo que volverme un pulpo lavando, cocinando, limpiando y llega de nuevo el apagón, sin haber terminado ni la mitad de las cosas que, al pasar los días se van acumulando”, explica Beatriz, con la mirada cansada. Su paciencia se agota mientras la electricidad llega cada vez con menos frecuencia.

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