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Los apagones impiden llenar los tanques de los edificios en Matanzas

Matanzas

Con la bahía a sus pies, muchos de los vecinos de la Vía Blanca se ven obligados a comprar pipas privadas 

En los edificios multifamiliares que bordean la Vía Blanca, las fachadas desconchadas, los balcones abiertos para atrapar un poco de brisa y los jardines castigados por el abandono esconden una rutina marcada por la escasez. / 14ymedio
Julio César Contreras

29 de julio 2026 - 08:26

Matanzas/Desde el balcón del tercer piso de su apartamento, Marianela mira la bahía de Matanzas como si contemplara una ironía. El agua se extiende serena hasta perderse en el horizonte, pero en su cocina apenas queda un fondo en el tanque plástico donde almacena el líquido con el que cocina, se baña y limpia. Mientras apoya los codos sobre la baranda, marca el número de su hijo. “Tráeme aunque sea un galón”, le pide. Lleva veinte días sin recibir un suministro estable y cada llamada es una mezcla de auxilio y resignación.

En los edificios multifamiliares que bordean la Vía Blanca, las fachadas desconchadas, los balcones abiertos para atrapar un poco de brisa y los jardines castigados por el abandono esconden una rutina marcada por la escasez. Desde la calle parece un barrio cualquiera: algún vecino conversa bajo un portal, un niño atraviesa el pasillo de un bloque, una motocicleta permanece aparcada junto a la entrada. Pero basta cruzar el umbral de los edificios para descubrir cubos alineados, pomos vacíos y cisternas que ya nadie espera ver rebosantes.

“La corriente la ponen un rato cada 48 horas y no da tiempo para subir el agua a los tanques de la azotea. Por más que se encienda rápido la turbina, no hay posibilidad de abastecer los 24 apartamentos que componen este edificio”, cuenta Marianela a 14ymedio. A sus 61 años vive sola y asegura que nunca imaginó que la higiene terminaría convertida en un lujo. “Me baño con un cubo, friego con un jarrito y limpio la casa cuando puedo. Si yo paso trabajo, imagínese donde viven cuatro o cinco personas. Si esto sigue así, habrá que cargar agua de la bahía, porque el Gobierno promete mucho y no manda ni una pipa”.

“La corriente la ponen un rato cada 48 horas y no da tiempo para subir el agua a los tanques de la azotea. Por más que se encienda rápido la turbina, no hay posibilidad de abastecer los 24 apartamentos que componen este edificio”

La desesperación resulta todavía más amarga porque, a pocas cuadras, se levanta una planta potabilizadora. Sin embargo, la cercanía no evita que muchos vecinos deban comprar cinco litros de agua por 650 pesos o caminar hasta una iglesia evangélica donde permiten llenar un par de pomos. El paisaje cotidiano se ha llenado de personas que cargan recipientes de todos los tamaños, convertidos en una prolongación de sus brazos.

“Ha habido días en que solo nos lavamos la cara y las partes más sudorosas”, cuenta un empleado estatal, mientras señala el edificio de cuatro plantas donde vive con su esposa y su hija pequeña. “Los tanques elevados deberían llenarse todos los días, pero con los apagones pasan dos y hasta tres semanas vacíos”. Hace apenas unas horas la familia recorrió media ciudad hasta El Naranjal para ducharse en casa de los suegros. “Nosotros al menos tenemos esa posibilidad. ¿Pero qué hacen quienes no tienen adónde ir?”, pregunta.

En su inmueble el problema no termina en la falta de electricidad. El agua tampoco llega con suficiente presión hasta la cisterna, de modo que la cadena completa del abastecimiento queda rota. Los reclamos al Poder Popular, dice, solo han recibido la misma explicación de siempre. “Todo termina chocando contra el muro del bloqueo interno”, ironiza. Cansados de esperar, varios vecinos organizaron una colecta para contratar por la izquierda un camión cisterna.

“Nos cuesta 15.000 pesos cada vez”, explica. “Es muchísimo dinero, pero por lo menos llenamos los depósitos y las familias pasan menos trabajo. Lo triste es que ya hay personas que no pueden aportar y se quedan fuera. Ahora también hay diferencias sociales por algo tan elemental como tener agua”.

En otro de los bloques cercanos, Arturo ya perdió la cuenta de las veces que han reparado la turbina del edificio. Solo en el último trimestre, asegura, el equipo ha sido arreglado cinco veces después de averiarse por los constantes cortes y restablecimientos del servicio eléctrico que llega, muchas veces, con oscilaciones de voltaje.

“A veces la dejan destapada y aquello termina lleno de mosquitos, ranas y cualquier bicho. Esa es el agua con la que nos bañamos y hasta cocinamos"

“He tenido que llenar cubetas directamente en la cisterna”, relata el chofer de ómnibus nacionales. “A veces la dejan destapada y aquello termina lleno de mosquitos, ranas y cualquier bicho. Esa es el agua con la que nos bañamos y hasta cocinamos. Uno la hierve, pero sabe que eso no resuelve todos los problemas”.

Mientras habla, una anciana sube despacio las escaleras con un pequeño cubo en la mano. En otro edificio cercano, un grupo de vecinos conversa junto a dos motorinas estacionadas. Las fachadas muestran el desgaste de décadas sin mantenimiento, pero es dentro de los apartamentos donde la crisis deja sus huellas más profundas: platos acumulados sobre la meseta, pisos pegajosos, ropa esperando un lavado que nunca llega y tanques vacíos convertidos en el símbolo de una ciudad rodeada de agua, pero incapaz de llevarla hasta las tuberías.

Arturo recuerda cuando regresar del trabajo significaba abrir la ducha y dejar correr el agua sin pensar. “En este país hemos terminado incorporando a la rutina las colas, la falta de comida, los apagones y ahora también la sed”, lamenta. Luego mira hacia la bahía, tan cercana que parece al alcance de la mano.

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