Un circo frente al poder y una ciudad cada vez más sola
Crónicas de La Habana
Mientras una carpa se instala junto a la Plaza de la Revolución, los apagones y el deterioro urbano profundizan el aislamiento de los cubanos
La Habana/Han instalado un circo en mi barrio. A pocos metros del Consejo de Estado se levanta ahora una carpa azul, y la torre de la Plaza de la Revolución se funde en el horizonte con las franjas amarillas que coronan su techo. Los niños curiosean por los alrededores y los vecinos no han dejado pasar la oportunidad de ironizar sobre los payasos y los ilusionistas que siempre proliferan por la zona. “Si ellos son los domadores, entonces nosotros somos los animales”, me advierte una anciana apenas me acerco a la explanada donde todavía este sábado resonaba el martilleo de los preparativos.
He llegado hasta aquí por la calle Hidalgo. Antes pasé frente a la panadería del mercado racionado, con su eterna cola de personas cargando bolsas vacías. Tuve que esquivar el arroyo de aguas albañales que brota de una alcantarilla y serpentea durante más de cien metros. La basura también se extiende por cuadras enteras en lo que alguna vez fue una zona donde la vegetación y los altos edificios dominaban el paisaje. Ahora no. Nuevo Vedado es, en estos momentos, como buena parte de La Habana, una sucesión de montañas de desperdicios, calles rotas y rostros cansados.
“No nos quitaron la corriente en toda la madrugada”, me cuenta aliviado otro vecino. Lo dice en voz baja, casi en un susurro, como si temiera alertar a la Unión Eléctrica de que en nuestro bloque hemos podido dormir una noche completa por primera vez en semanas. Uno llega a sentirse culpable por tener tantas horas de electricidad. Cuando me desperté poco después de las cuatro de la mañana y me asomé a la azotea, vi varios edificios próximos a la calle Colón sumidos en la oscuridad. “Esas son las víctimas de nuestros bombillos encendidos”, me dije.
En mi edificio cada vez menos personas utilizan el ascensor. El miedo a quedarse atrapado en medio de un apagón disuade a cualquiera de entrar en esa caja de metal que se transforma en una sauna apenas desaparece la corriente. Hay vecinos que pasan días enteros sin salir de casa porque los dolores de rodilla y otros achaques les impiden subir y bajar por la escalera. La crisis energética tiene un rostro poco visible: la inmovilidad y el aislamiento social. Miles, cientos de miles de cubanos a lo largo de toda la Isla han ido perdiendo contacto con amigos, conocidos e incluso familiares porque trasladarse se ha vuelto demasiado difícil.
Una amiga que vive en Centro Habana me cuenta que en su edificio falleció un anciano de “soledad”. Lo dice así, de golpe, como si en el glosario médico cubano ya se hubiera colado la desolación como causa oficial de muerte.
Una amiga que vive en Centro Habana me cuenta que en su edificio falleció un anciano de “soledad”
“Dejó de salir”, me explica. “Antes iba a hacer la cola del banco para sacar la pensión, pero ya tenía las piernas muy doloridas y no podía permanecer horas de pie”. Después suspendieron una peña donde se reunía con otros jubilados para escuchar boleros o bailar danzón. La falta de electricidad ha cancelado espectáculos, tertulias y encuentros sociales. Ha apagado, también, muchas conversaciones.
Finalmente, “solo se paraba en la ventana a mirar a la gente que caminaba por la calle. Podía pasarse semanas sin hablar con nadie”. El día en que lo encontraron muerto, fueron los propios vecinos quienes tuvieron que costear la cremación.
“Me he quedado con el ánfora de las cenizas para ver si en algún momento viene a Cuba el único hijo que tenía, pero por ahora ni siquiera sabemos cómo localizarlo”.
El abandono y la incomunicación matan, sin dudas.
“Me he quedado con el ánfora de las cenizas para ver si en algún momento viene a Cuba el único hijo que tenía, pero por ahora ni siquiera sabemos cómo localizarlo”
Después de recorrer los alrededores del circo, enfilo hacia La Timba. Atravieso varias de sus calles agujereadas y sus casas bajas, tan distintas de los edificios de más de doce plantas que he dejado atrás. Cruzo frente al Teatro Nacional. Todo está silencioso y vacío. Hubo un tiempo en que era raro el fin de semana en que alguna de sus salas no estuviera rodeada de niños que acudían a ver un espectáculo. Ahora solo queda el eco del silencio.
Una mujer me pregunta la hora justo cuando comienzo a bajar por la escalinata principal del complejo.
Nos quedamos conversando unos minutos sobre el clima, los apagones y lo mal que está el transporte. Suelta frases rápidas, una detrás de otra, casi sin tomar aire. Parece llevar demasiado tiempo guardándoselas.
“Ay, mija, es que ya no tengo a nadie con quien hablar”, se disculpa.
Y pienso entonces que esa puede ser una de las consecuencias más devastadoras de la crisis cubana: la epidemia de soledad que se extiende por todas partes.