"Los comerciantes prefieren dejar de vender antes que aceptar una transferencia”
Mayabeque
Los apagones frenan el avance del comercio electrónico en San José de las Lajas y se ha vuelto imposible pagar con el móvil
San José de las Lajas (Mayabeque)/El cartel con el código QR sigue pegado en el mostrador de la tienda La Esperanza, pero nadie parece dispuesto a usarlo. La dependienta lo señala con desgano, casi como si fuera un objeto decorativo. Cuando Yoel pidió pagar con su tarjeta de Bandec a través de una transferencia, la respuesta fue rápida: el sistema electrónico estaba “dando problemas” y en el establecimiento solo estaban aceptando efectivo.
El joven había llegado a la tienda de productos industriales con la intención de comprar varios útiles para el hogar, pero terminó saliendo con un único artículo en la mano y un gesto de frustración. “No tuve más remedio que pagar en efectivo lo poco que llevaba y dejar el resto”, cuenta a 14ymedio. Su empresa le deposita el salario directamente en una tarjeta bancaria, una práctica cada vez más extendida en Cuba desde que el Gobierno comenzó a promover con insistencia el comercio electrónico.
Lo que en los discursos oficiales se presentó como un salto hacia la modernización económica se ha convertido, para muchos consumidores en San José de las Lajas, en una trampa cotidiana.
“Cuando me ponen el dinero en la tarjeta es como si tuviera una papa caliente en las manos que no se la puedo pasar a nadie”, dice Yoel. Cada intento de pagar con una transferencia o escaneando un código QR termina casi siempre en una negativa. En parte, explica, por la desconfianza de los comerciantes; en parte, por las fallas constantes de la conexión y los apagones que mantienen apagados los terminales electrónicos durante buena parte del día.
La escena se repite en numerosos negocios del municipio. En una pequeña mipyme de la Avenida 37, los clientes hacen cola frente al mostrador mientras el dependiente atiende con una calculadora en la mano y una libreta donde anota cada venta.
“De verdad que yo quisiera resolverle a las personas”, explica Gabriela, una de las empleadas del local. Sin embargo, sus manos están atadas. “El dueño del negocio me tiene terminantemente prohibido cobrar por transferencia”.
Según cuenta la joven, la orden es clara: solo se acepta dinero en efectivo. A lo sumo, alguna transferencia pequeña y excepcional, que no supere los mil pesos. “Cuando lo hacemos parece que estuviéramos regalando el producto”, dice con una sonrisa incómoda.
En más de una ocasión, Gabriela ha tenido que elegir entre cumplir la orden de su jefe o ayudar a un cliente desesperado. “A veces llega un jubilado que no ha podido sacar dinero de la tarjeta y me pide que le venda aunque sea una libra de pollo”, cuenta. “Yo pienso que deberían cogerse las transferencias, porque igual es ganancia. Pero donde manda capitán, no manda soldado”.
En el local hay un código QR pegado en una cartulina cerca del mostrador. Sin embargo, su función es más simbólica que práctica. “Ese QR se enseña si viene un inspector”, admite la vendedora. “Pero en realidad casi nunca lo usamos”.
Las razones son varias. Según Gabriela, el dueño del negocio se justifica diciendo que él también debe pagar sus suministros en efectivo. “Él compra la mercancía en cash, así que tener dinero en la tarjeta en vez de facilitarle la compra se la complica”.
El resultado es una cadena de obstáculos que se transmite de un nivel a otro. El proveedor exige efectivo, el comerciante lo necesita para reabastecerse y el cliente se queda con su dinero atrapado en una tarjeta bancaria.
“Al final el que más pierde es el consumidor”, explica Gabriela. “Hay gente que tiene que hacer cola de madrugada en el banco para sacar dinero y después ir a comprar lo que sea, aunque sea una cosa pequeña”.
En otros establecimientos del municipio las respuestas son más bruscas. Yenia, estudiante universitaria, asegura que ha vivido situaciones incómodas cuando intenta pagar con transferencia.
“Varias veces me ha pasado que cuando pido pagar por Transfermóvil me quitan lo que voy a comprar de las manos”, cuenta. La reacción suele ser inmediata, como si hubiera dicho algo inapropiado. “Prefieren dejar de vender antes que aceptar una transferencia”.
La joven tiene instaladas en su teléfono las aplicaciones Transfermóvil y Enzona, dos de las plataformas digitales que el Gobierno ha promovido con más insistencia para fomentar la llamada “bancarización”.
En la práctica, sin embargo, esas herramientas se han vuelto casi inútiles en muchos puntos de venta. Los apagones frecuentes interrumpen la conexión, los teléfonos pierden señal o simplemente los comerciantes se niegan a aceptar pagos electrónicos.
“Puedes tener todas las aplicaciones del mundo, pero si el que vende no quiere recibir una transferencia, no hay nada que hacer”, dice Yenia.
En una pequeña cafetería improvisada en un portal cercano, un grupo de clientes espera su turno apoyado en el mostrador de metal. Detrás, el dependiente coloca refrescos y paquetes de galletas mientras cobra únicamente con billetes.
Nadie menciona siquiera la posibilidad de pagar con el teléfono.
El contraste entre la propaganda oficial y la realidad cotidiana es evidente. En los últimos años, las autoridades cubanas han insistido en que el comercio electrónico es una herramienta clave para modernizar la economía y reducir el uso de efectivo.
Pero en San José de las Lajas la idea parece haberse quedado en los carteles pegados en los mostradores.
“Yo fui de las que sacó todas las tarjetas magnéticas habidas y por haber”, dice Yenia mientras guarda su teléfono en el bolso. “Ahora las tengo vacías”.
Para ella, las tarjetas bancarias se han convertido en un problema más que en una solución. “Es una nueva manera de complicarle la vida al cubano”, afirma.
En una economía donde cada peso cuenta y cada compra requiere paciencia, la tecnología prometida como avance se ha transformado en otro obstáculo.
El comercio electrónico se aleja poco a poco de los mostradores. En su lugar vuelven los viejos billetes doblados en los bolsillos, las cuentas hechas a lápiz y la certeza de que, al menos por ahora, pagar con el teléfono sigue siendo en Cuba más una promesa que una realidad.