Tener un congelador lleno se ha convertido en un motivo de preocupación
Apagones
La crisis energética obliga a los privados a rebajar helados, huevos, carnes y pollo congelado en plena inflación, mientras los consumidores optan por las conservas y los productos secos
La Habana/La voz rebotaba entre las fachadas desconchadas de Lawton como si estuviera rematando una mercancía condenada a perderse. “¡La tina de helado a mil pesos!”, gritaba este domingo un vendedor que empujaba un triciclo con una nevera improvisada. Apenas unos minutos después rebajó la apuesta: “¡Vamos, que ahora son 900!”. El calor seguía derritiendo el producto y la desesperación también. Antes de doblar la esquina lanzó una última oferta: “¡Por 800 te llevas cuatro litros de rico chocolate!”. Cada minuto sin vender hacía más pequeño el precio y más grande la pérdida.
La escena resume uno de los efectos menos visibles de la crisis energética que vive Cuba. Mientras la inflación mantiene la mayoría de los precios en escalada, los alimentos que dependen del frío han comenzado a desafiar esa lógica. No porque producirlos o importarlos sea más barato, sino porque conservarlos se ha convertido en una misión casi imposible.
Los prolongados apagones han cambiado la forma de comprar de miles de familias. Si antes una caja de pollo congelado era una inversión razonable para abastecer la semana, ahora muchos prefieren adquirir solo lo que cocinarán ese mismo día. Tener un congelador lleno ya no transmite seguridad sino preocupación.
Si antes "era una de las mercancías que más se vendía, ahora los parientes en el extranjero prefieren comprar enlatados"
Un empleado de la plataforma digital Supermarket confirma a 14ymedio que los pedidos de “cajas de cuartos de pollo congelados han caído tremendamente en los últimos meses”. Si antes “era una de las mercancías que más se vendía, ahora los parientes en el extranjero prefieren comprar enlatados, comida seca y, si acaso, un paquete de pollo, pero ya no se arriesgan con una caja completa”. En cambio, sardinas en lata, alimentos en conserva, arroz, leche en polvo y comidas deshidratadas encabezan actualmente la lista de productos más demandados.
“Los clientes indagan primero sobre cuántas horas de apagón tocan en la zona donde vive su familia, pero ese cronograma casi nunca se cumple y terminan siendo más”, explica el trabajador. “Muchos optan por granos, cereales o pastas porque saben que la comida que necesita congelación va a traerle más problemas que ayuda a sus parientes”.
El fenómeno también se aprecia en los mercados agropecuarios. En Tulipán, uno de los termómetros comerciales de La Habana, donde durante semanas parecía no existir techo para los precios, este fin de semana apareció una excepción inesperada. El cartón de huevos descendió de 3.000 a 2.700 pesos.
“Ni el cliente tiene cómo conservarlos ni nosotros tampoco”, reconocía la dependiente de uno de los kioscos mientras un apagón acumulaba ya doce horas. La mujer miraba con frecuencia hacia la pila de cartones. “Antes de cerrar tenemos que haber vendido todo esto porque no hay cómo preservarlo”.
"Hay días que logramos salvar la mercancía moviéndola de un equipo a otro, pero cuando el corte supera las diez o doce horas empezamos a perder"
A pocos metros, en otra tarima donde se exhibían productos cárnicos, el lomo de cerdo permanecía en 1.000 pesos la libra aunque unas semanas atrás había llegado a los 1.200. “Es para cocinar hoy mismo porque está completamente descongelado y en todo este barrio no hay quien tenga a esta hora un refrigerador enfriando”, protestaba un cliente mientras palpaba la carne antes de decidirse.
La situación golpea especialmente a las pequeñas mipymes y a los negocios familiares que apostaron por vender embutidos, quesos, yogures, helados o carnes congeladas. Muchos invirtieron miles de dólares en refrigeradores industriales, vitrinas y congeladores que ahora pasan más tiempo apagados que funcionando. Mantener una planta eléctrica propia resulta prohibitivo por el precio del combustible y no todos pueden costear bancos de baterías o sistemas solares ni, mucho menos, importar combustible de EE UU.
“Cada apagón es una ruleta”, resume Ernesto, propietario de un pequeño negocio de productos congelados en Centro Habana. “Hay días que logramos salvar la mercancía moviéndola de un equipo a otro, pero cuando el corte supera las diez o doce horas empezamos a perder calidad y entonces toca vender rápido, aunque sea rebajando el precio”.
El emprendedor ha optado por tener en su negocio una tablilla con los congelados que ofrece pero mantener estos en el freezer de su casa donde agrega hielo cuando se va la electricidad. “Como mi vivienda está arriba de la bodeguita que tenemos, si el cliente quiere algo subo y se lo busco, pero tenerlo aquí abajo en exhibición es como perderlo”.
“No me puedes cobrar 500 pesos por una cerveza Cristal que no está fría”, reclamaba una cliente en una cafetería de la calle Ayestarán
El mercado ha comenzado a premiar productos como las latas, los granos secos, las pastas, las galletas y la leche en polvo ya no solo duran más; también representan una especie de seguro frente a un sistema eléctrico incapaz de ofrecer estabilidad.
Ese cambio de hábitos ocurre mientras el Sistema Eléctrico Nacional atraviesa uno de sus momentos más críticos. En las últimas semanas la termoeléctrica Antonio Guiteras volvió a salir de servicio apenas dos días después de reincorporarse, debido a nuevas averías en el deteriorado economizador de su caldera. La desconexión elevó nuevamente el déficit previsto por encima de los 2.000 megavatios y obligó a extender aún más los apagones, en un escenario marcado además por otras unidades averiadas y la falta de combustible.
“No me puedes cobrar 500 pesos por una cerveza Cristal que no está fría”, reclamaba una cliente en una cafetería de la calle Ayestarán. El administrador del negocio ripostó de inmediato: “en esta calle nadie tiene nada frío, o la pagas a ese precio o no te la tomas porque yo no puedo rebajarla más”.
La pérdida para los comerciantes privados es brutal. El vendedor de helados de Lawton terminó alejándose con varias tinas todavía en el triciclo. Detrás quedaba el eco de sus rebajas sucesivas y unos vecinos ávidos de disfrutar del postre frío pero temerosos de no poder conservarlo.