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Crónica de un lunes con sabor a miércoles

Crónicas de La Habana

Desde el viernes pasado hemos tenido solo unas pocas horas de corriente cada día y, en mi mente, las jornadas están pegadas como si todo fuera un largo e insoportable día

La figura es como los maniquíes que poblaban las tiendas de mi infancia. Sin gracia, como también lo era aquella ropa que solo podíamos comprar con una casilla o un cupón de la libreta del racionamiento. / 14ymedio
Yoani Sánchez

08 de junio 2026 - 17:12

La Habana/Tres de la madrugada. Hay electricidad y agua, así que monto la olla de presión eléctrica con unos frijoles, repleto la lavadora con todo lo que se ha acumulado y me meto en la ducha. Hay lunes que parecen miércoles por el cansancio que arrastran. Semanas que comienzan ya viejas y agotadas. Desde el viernes pasado hemos tenido solo unas pocas horas de corriente cada día y, en mi mente, las jornadas están pegadas como si todo fuera un largo e insoportable día.

El agua me reanima. Recupero el hilo de esperanza que se me había extraviado el domingo o quizás fue el sábado. No me acuerdo. Apenas ha amanecido y parto rumbo a La Habana Vieja. Prefiero ir a pie. El precio de los taxis particulares ha subido tanto, debido a la crisis con el combustible, que debo optar entre hacer la ida o el regreso en un almendrón, porque el circuito completo resulta una locura para el bolsillo. Por la calle Ayestarán suena un largo lamento, que también parece una sola voz que va saliendo de diferentes rostros.

"Todo se me echó a perder", cuenta una anciana a otra. "El pollo que tenía me lo tuve que comer en un solo día porque no llegaba a hoy", refunfuña un hombre que conversa con otros dos en una esquina. "Llámala a ver si en su bloque hay electricidad y le podemos llevar la leche de la niña para que no se corte", le grita una mujer, con un bebé en brazos, a un joven que parte en una moto. En el basurero más cercano, se adivina un paquete con unos bisteces de cerdo, ya verdosos, que iban a ser la comida de alguna familia.

"Me da lo mismo que vengan de la Yuma o de Burundi, pero que vengan ya", grita una señora asomada a su balcón

Doblo por Desagüe. "Me da lo mismo que vengan de la Yuma o de Burundi, pero que vengan ya", grita una señora asomada a su balcón. Tiene una bata de casa raída y cara de desespero. “Mi refrigerador está abierto de par en par, porque no sirve para nada”, describe. Debajo, varias vecinas añaden sus propios dramas, también a voz en cuello. “En mi casa no se duerme hace tres días por el calor y los mosquitos”, explica una. “Yo ya dije en mi trabajo que ni me esperen, que no he podido bañarme desde el jueves”.

Salgo a Carlos III, los vendedores informales empiezan a montar sus puestos. Hay lo mismo de siempre: tubos de pasta dental, cajetillas de cigarro, cargadores de móviles sacados de la basura y medicamentos sin recetas. Pero acercándome a la calle Reina veo una mercancía que me cuesta inicialmente identificar. Es un maniquí que representa a una niña de un poco más de diez años. Está desnudo y lleva una peluca negra. A su lado, un hombre ofrece la muñeca sin tener un precio claro. “¿Cuánto me das?”, me pregunta cuando me ve curiosa.

La figura es como los maniquíes que poblaban las tiendas de mi infancia. Sin gracia, como también lo era aquella ropa que solo podíamos comprar con una casilla o un cupón de la libreta del racionamiento destinada a los “productos industriales”. Odiaba aquella indumentaria. Siempre me quedaba grande o estrecha, me picaba la tela o el día que nos tocaba comprar se acababa la blusa que quería y debía irme a casa con un pantalón que parecía más adecuado para trabajar en la agricultura que para pasear con mis amigas. Fueron tan feos los años 80 para la moda en Cuba que a veces no quiero ni mirar mis fotos de esa década.

En La Habana Vieja no encuentro un solo turista en todo el camino. / 14ymedio

El maniquí tiene algunas partes descascaradas. “Si me das 5.000 pesos te lo llevas”, insiste el comerciante. Me imagino cargando a la niña de peluca negra por las calles habaneras mientras regreso a casa. Tengo que reírme cuando llego a la parte en que la subo por la escalera 14 pisos y descansamos juntas en algún rellano mientras los vecinos que pasan indagan sobre su origen y la utilidad que le daré. Mis perras estallarían en ladridos al ver la figura de un poco más de un metro de alto entrar por la puerta. Me sacudo la ensoñación y le digo al vendedor que solo la compraría para hacer una película de terror, pero ya vivo en una, no me hace falta rodarla.

Amplío las zancadas y finalmente logro llegar a La Habana Vieja. A las afueras del otrora glamuroso Mercado del Oriente una mujer habla por teléfono, suplicando poder guardar algo de comida en el freezer de una amiga. Finalmente logra un cupo en la nevera, que también está apagada por falta de corriente, pero “conserva algo de frío”. No encuentro un solo turista en todo el camino. Solo veo gente en largas colas a las afueras de los bancos, de la oficina de Etecsa y de la Lonja del Comercio donde hay una oficina del Consulado Español de La Habana.

Delante de mí caminan dos mujeres disfrazadas con un traje típico de colores llamativos y pañuelo en la cabeza. Buscan con la mirada a un visitante extranjero que les pague por una foto que luego llevará a su país y mostrará con picardía. Son como maniquíes en una vidriera frente a la que no pasa nadie.

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