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Cuba y la eterna búsqueda de la libertad

Historia

José Antonio Saco advirtió hace más de siglo y medio que ninguna soberanía nacional sirve de nada si el ciudadano sigue sometido al despotismo

Busto de José Antonio Saco en su tumba del Cementerio de Colón, en La Habana. / Facebook / Naturaleza secreta
Rolando Gallardo

04 de julio 2026 - 10:15

Alicante (España)/Hay una paradoja que atraviesa la historia de Cuba como una vena rota: durante dos siglos, los cubanos han peleado por ser libres sin terminar de ponerse de acuerdo sobre qué significa exactamente esa palabra. ¿Libre el país de potencias extranjeras? ¿Libre el ciudadano de su propio gobierno? La confusión entre ambas cosas ha costado sangre, exilio y décadas perdidas. Y lo más asombroso es que alguien lo dijo con toda claridad hace casi doscientos años –y nadie le hizo caso.

Para entender el origen de este enredo hay que retroceder al siglo XIX. Tras el colapso del imperio continental español y la emancipación de las repúblicas americanas, Cuba emergió como el último gran bastión transatlántico de Madrid: una isla esplendorosa, enriquecida por la vorágine de la industria azucarera y un comercio que no dejaba de crecer. Era, por lejos, la joya más brillante que le quedaba a la Corona.

Y sin embargo, en lugar de administrarla con la amplitud de miras que tamaña prosperidad exigía, España eligió gobernarla con el puño cerrado. Aterrorizada por el fantasma de las independencias americanas, la metrópoli trató a su colonia más rica como a una plaza militar sitiada. Esa desconfianza se volvió decreto: en 1825, bajo Fernando VII y a solicitud del capitán general Francisco Dionisio Vives, se instituyeron las llamadas "facultades omnímodas", que conferían a los capitanes generales poderes equivalentes a los de un gobernador de ciudad en guerra –supresión de garantías, destierros sin juicio, silencio forzado– y que serían ratificadas por Real Ordenanza en 1834. La Corona gobernaba mirando de reojo, con la alarma perpetua de quien asume que la traición acecha en cada ingenio y en cada tertulia.

Saco observaba con estupor cómo Cuba pertenecía a una nación –España– que se jactaba de ser libre, mientras sometía a sus ciudadanos ultramarinos al despotismo

Lo más curioso de este periodo –y lo más revelador– es que la bota del despotismo no discriminaba por lugar de nacimiento. El yugo burocrático y militar asfixiaba por igual a los peninsulares recién llegados, a los laboriosos isleños que cultivaban la tierra y a los cubanos criollos. Todos eran súbditos privados de voz política. Esta orfandad de derechos fue el motor auténtico del reformismo, una de las tendencias más ricas y más incomprendidas de ese siglo. La historiografía nacionalista posterior la desdibujó muchas veces, tachándola erróneamente de tibia o acomodaticia. Fue, en cambio, el primer gran esfuerzo cívico por instituir la modernidad política en la Isla.

En ese contexto emerge la figura de José Antonio Saco, y resulta difícil entender por qué Cuba lo ha olvidado tanto. Nacido en Bayamo el 7 de mayo de 1797, pensador de lucidez infrecuente y polemista implacable, Saco es el gran profeta desatendido de la política cubana. Sus ideas liberales le costaron el exilio: la decisión de los políticos españoles de erradicar cualquier corriente reformista en la Isla provocó su proscripción indefinida, obligándolo a escribir desde Europa lo que no le era permitido pensar en su propia tierra. Fue precisamente desde ese destierro parisino que, en octubre de 1851, publicó en la Imprenta de E. Thunot su ensayo La situación política de Cuba y su remedio –un texto de carácter argumentativo-político dirigido a la opinión pública ilustrada, no un memorial a la Corona– en el que desnudó con bisturí analítico las contradicciones del absolutismo. Su argumento no era una arenga separatista; era, ante todo, una exigencia ciudadana: el reclamo del acceso del individuo común a las libertades que le son propias para el buen ejercicio de sus derechos.

Saco observaba con estupor cómo Cuba pertenecía a una nación –España– que se jactaba de ser libre, mientras sometía a sus ciudadanos ultramarinos al despotismo de una vieja nobleza militar y a los bandazos de una metrópoli que oscilaba sin cesar entre el absolutismo recalcitrante y los arrebatos convulsos del republicanismo. Con una pluma afilada, cuestionó la hipocresía de Madrid directamente:

"¿Es justo y político que, cuando España se gloría hoy de pertenecer al número de los pueblos libres, esa misma España se esfuerce en mantener en el número de los esclavos á Cuba, su hija predilecta?"

Al negarse a ceder espacios de participación ciudadana por temor y desconfianza, el andamiaje colonial provocaba su propia ruina

La excusa metropolitana se escudaba en la particular estructura social de la Isla: una sociedad construida sobre la esclavitud africana, se argumentaba, no podía gestionar instituciones liberales sin arriesgarse a un colapso similar al de Haití. Saco desmontó ese miedo con la precisión de un cirujano:

"¿Y de cuándo acá la esclavitud doméstica ha sido obstáculo para que en los países donde existe, gocen los hombres libres de derechos políticos?"

El argumento era de una honestidad brutal, y en él está la clave del reformismo: no pedía la abolición de la esclavitud –Saco tenía sus propias contradicciones en ese terreno–, sino que separaba dos problemas que Madrid insistía en mezclar para mantener el control. La burguesía criolla acumulaba poder económico pero se estrellaba sin cesar contra el muro de su marginación política. Saco advertía, además, que la opulencia caribeña no era un regalo de la Corona, sino una conquista local lograda a pesar de ella:

"Las luces y riqueza que Cuba ha adquirido, en vez de ser obra del despotismo, son conquistas que ha hecho luchando contra él. ¿No es verdad, que si ella hubiese sido libre, estaría incomparablemente más ilustrada y más rica que hoy?"

La lección política que extraía de todo esto era tan simple como demoledora. Al negarse a ceder espacios de participación ciudadana por temor y desconfianza, el andamiaje colonial provocaba su propia ruina. Madrid podía mandar soldados, pero no comprar legitimidad:

"Cien mil bayonetas que el gobierno enviase á ella, no tendrían tanta fuerza para afianzar el dominio español como la concesión de libertades políticas."

Nadie escuchó. Al clausurar la vía de las reformas, el imperio no dejó otra salida que la radicalización. Como el propio Saco sentenció, con una precisión que resuena hasta hoy:

"...cuando el despotismo es el régimen que en ella impera, el despotismo, y solo el despotismo, es el único responsable de esas desgracias y de otras mayores que más adelante vendrán."

El paso del tiempo y la cristalización del proyecto republicano pusieron en evidencia una falla tectónica en el pensamiento político cubano: la confusión entre la libertad del país y la libertad del ciudadano

Esa cerrazón engendró un punto de no retorno. Ya no era suficiente conseguir libertades ciudadanas dentro del marco español. El poder económico buscaría, de forma inexorable y violenta, el poder político. Se impuso entonces la necesidad categórica del "Viva Cuba Libre".

Ahí comienza, sin embargo, la segunda parte del problema –y la más duradera.

El paso del tiempo y la cristalización del proyecto republicano pusieron en evidencia una falla tectónica en el pensamiento político cubano: la confusión entre la libertad del país y la libertad del ciudadano. Se asumió, con una fe casi religiosa, que la soberanía del Estado se transfería por ósmosis al individuo. La historia demostró que eso era una quimera. Durante la República, desde su alumbramiento en 1902 hasta 1959, Cuba fue un Estado formalmente soberano: era, en el papel, una Cuba Libre. Y sin embargo, los cubanos perdieron sus derechos más elementales en etapas sucesivas y sumamente complejas. El clímax de esa disonancia llegó en 1952, cuando un golpe militar suspendió las garantías constitucionales, demostrando con brutalidad que la soberanía nacional no es ningún escudo contra la dictadura interna.

La disonancia alcanzó proporciones aún más dramáticas a partir de 1959. El país ganó –o creyó ganar– una soberanía hermética frente a las potencias externas. Las libertades individuales, en cambio, quedaron sometidas primero a los caprichos de un caudillo, y luego a la ortodoxia implacable de un partido que confundía la lealtad con el pensamiento. El Estado engulló a la nación. La condición de "Estado soberano" se convirtió precisamente en la coartada para anular al ciudadano libre.

Saco pidió que en su tumba se grabara un epitafio que vale como resumen de toda una vida. / Facebook / Naturaleza secreta

La línea que une el siglo XIX con el XXI en Cuba es, en el fondo, la crónica de una inconformidad que no termina de resolverse. Desde la anulación de la Constitución de Cádiz –la primera en la historia constitucional aplicada a la Isla– hasta las más de 176 reformas que intenta ensayar la administración de Díaz-Canel, todo versa sobre el mismo choque eterno: los cubanos contra las élites que detentan el poder fáctico. El ropaje ideológico de esas élites ha mudado de piel varias veces: otrora fueron Capitanes Generales amparados en facultades omnímodas; luego golpistas militares en la fragilidad republicana; más recientemente, revolucionarios sectarios atrincherados en la burocracia y el monopolio de la violencia. El resultado para el ciudadano de a pie ha sido, en cada caso, alarmantemente parecido.

José Antonio Saco lo vio todo desde París, con un siglo y medio de anticipación. Murió en Barcelona en 1879 sin haber vuelto a vivir en la tierra que nunca dejó de amar, y pidió que en su tumba se grabara un epitafio que vale como resumen de toda una vida: "Aquí yace José Antonio Saco, que no fue anexionista porque fue más cubano que todos los anexionistas." Era su forma de decir que amaba a Cuba demasiado para entregarla a nadie –ni a Washington ni a Madrid ni a ningún despotismo disfrazado de bandera.

Como nación, los cubanos llevan dos siglos tratando de encontrar la fórmula que armonice la existencia de un Estado verdaderamente libre con la edificación de un marco jurídico donde el ciudadano pueda gozar de todos los derechos que le corresponden. El eco de Saco sigue retumbando en el Caribe, incómodo y sin respuesta: el despotismo, sin importar la bandera bajo la que se disfrace, sigue siendo el único responsable de las desgracias presentes. Y de las que vendrán, si esa ecuación no se resuelve de una vez.

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