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Crónicas de La Habana

 La crisis cubana obliga a renunciar a hábitos elementales que sostienen la vida en común

Viajo apretada contra la puerta trasera y frente a mi cara tengo un cartel que advierte: “No tire la puerta”. Nos piden un gesto amable y cortés en medio del sálvese quien pueda. / 14ymedio
Yoani Sánchez

22 de julio 2026 - 16:38

La Habana/La calle por la que camino se llama Hidalgo, pero en una de sus esquinas se aglomera la gente más pobre de mi barriada mientras espera el pan de la libreta de racionamiento. Hay quienes no podrían sobrevivir sin ese apoyo que, para otros, es apenas una pequeña porción de masa, unas veces ácida y otras de un color casi verdoso. Tengo un vecino que baja más de diez pisos por la escalera y luego los vuelve a subir solo para asegurarse ese añadido a su ración diaria. De mala calidad, pero todavía subvencionado, ese pan sigue siendo el sustento principal de muchas de las personas con las que me cruzo cada mañana.

Salto sobre un riachuelo de aguas albañales, a pocos metros de donde un vendedor de tamales ofrece su mercancía. Acelero el paso hacia La Timba. Solo el edificio de la Aduana General de la República parece recién pintado. Todo a mi alrededor está reseco por el calor y la falta de lluvias, descascarado por la crisis y apagado por la desidia. Hasta la calle Paseo, otrora vía sacra del poder, por donde desfilaban caravanas de vehículos oficiales escoltados por motociclistas, luce abandonada. ¿Los jerarcas del Partido se habrán subido a ese avión y no lo sabemos? Como en algunas novelas, ¿será que el poder en Cuba no es más que un cascarón vacío que sobrevive únicamente en nuestra imaginación y en las oficinas de la Seguridad del Estado?

Por obra y gracia de la supervivencia cotidiana, ahora “cinco” significa quinientos y “dos” basta para describir doscientos

No es el verano. En julio y agosto todo suele detenerse un poco; el calor aplasta y la ciudad parece bostezar a cada paso. Pero este año es otra cosa. Esto no es lentitud. Es parálisis.

“Son tres hasta Prado”, me dice el conductor del triciclo eléctrico al que me subo en El Vedado. El dinero se ha vuelto tan difícil de pronunciar que hemos terminado simplificándolo. Por obra y gracia de la supervivencia cotidiana, ahora “cinco” significa quinientos y “dos” basta para describir doscientos. Quitamos ceros de las conversaciones con la misma rapidez con que esos papeles de colores desaparecen de nuestros bolsillos. Pero si “uno” equivale a cien, ¿qué hacemos con aquel billete que mostraba el rostro de José Martí y que durante tanto tiempo representó un peso? Ese ya no existe. Ha sido borrado por la inflación y por la desmemoria.

El almendrón que me trae de regreso a casa corre a toda velocidad. Viajo apretada contra la puerta trasera y frente a mi cara tengo un cartel que advierte: “No tire la puerta”. Nos piden un gesto amable y cortés en medio del sálvese quien pueda. “Son cinco hasta Boyeros y Tulipán”, me aclara el conductor. Su frase confirma que los ceros a la derecha ya no valen nada; se han vuelto tan inútiles como los de la izquierda. Igual que eliminamos centenas y miles de nuestras conversaciones, también hemos ido despojando los días de cualquier adorno. Ya no hay espacio para florituras. Solo quedan las necesidades más urgentes y elementales.

La animalización rara vez llega de golpe. Se cuela poco a poco. El verdadero deterioro no está únicamente en las calles o en las fachadas

Mientras caminaba hace unos días por la calle Colón, una jaba llena de excrementos cruzó sobre mi cabeza antes de estrellarse contra el pavimento. Los vecinos de esa zona llevan días sin agua. En lugar de acumular sus desechos en un inodoro que no hay esperanza de descargar, los lanzan al basurero más cercano. En este país nos han empujado a saltarnos siglos de enseñanzas elementales: mezclar la mierda con el espacio público termina convirtiendo la vida en mierda.

No es el único retroceso. Hay barrios donde se cocina con leña en medio de la ciudad y donde la oscuridad de los apagones obliga a acostarse con las gallinas. Un amigo me llamó hace unos días para invitarme a un espectáculo humorístico. “No puedo”, le dije, “Tengo que levantarme antes de las cinco de la madrugada para poder conectarme unos minutos a internet y adelantar algunas tareas domésticas”.

El progreso no solo puede detenerse; también puede retroceder a gran velocidad.

La Habana no se sostenía solo sobre edificios o avenidas. Se levantaba también sobre acuerdos invisibles: no tirar los excrementos por la ventana, mantener las aguas negras lejos de donde se cocina. Son reglas tan antiguas que parecen instintivas, pero basta una crisis prolongada para descubrir que no lo son. Hemos empezado a aceptar como normales escenas que hace apenas unos años nos habrían parecido propias de un campo de refugiados.

La animalización rara vez llega de golpe. Se cuela poco a poco. El verdadero deterioro no está únicamente en las calles o en las fachadas. Está en comprobar que, para sobrevivir, hemos tenido que olvidar demasiadas cosas que nos mantenían sanos y cuerdos.

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