Díaz-Canel capitaliza la llegada del Convoy Nuestra América en medio del desgaste del régimen
Convoy
La solidaridad de figuras desacreditadas de la izquierda internacional se alinea con la dictadura y su falta de respuestas ante el colapso productivo y la precariedad impuesta a la población
La Habana/La Habana volvió a escenificar este viernes uno de esos actos en los que la retórica oficial intenta imponerse sobre una crisis que ya resulta difícil de disimular. Miguel Díaz-Canel recibió en el Palacio de las Convenciones a los integrantes del Convoy Nuestra América, una iniciativa de solidaridad internacional que lleva ayuda humanitaria a Cuba y que el Gobierno ha presentado como prueba de respaldo político en medio del recrudecimiento de las sanciones de Estados Unidos.
El acto, cargado de consignas, agradecimientos y alusiones al “bloqueo”, sirvió al oficialismo para proyectar una imagen de resistencia y acompañamiento internacional. Pero también dejó en evidencia hasta qué punto el país depende hoy de ayuda exterior para aliviar carencias básicas, pese a haberse presentado durante décadas como una potencia moral, médica y política del continente. Con una economía improductiva y en ruinas, la Isla vuelve a necesitar alimentos, medicinas, productos de higiene y paneles solares llegados del extranjero para paliar necesidades urgentes.
El arribo del convoy, impulsado por organizaciones civiles y plataformas de izquierda como la Internacional Progresista, ha sido presentada como una respuesta al cerco económico y energético impuesto por Washington. El Gobierno cubano se ha aferrado a esa narrativa para insistir en que la crisis que vive la Isla es consecuencia casi exclusiva del embargo estadounidense. Sin embargo, el recurso constante a ese argumento contrasta con la falta de reformas de fondo y con la persistencia de trabas internas que siguen limitando el desarrollo económico y frenando a sectores emergentes, como las mipymes.
La valoración de Pablo Iglesias llegó después de escuchar en La Habana casi exclusivamente a dirigentes del Partido Comunista y sin haber pisado las calles de la capital
Fernando González Llort, presidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (Icap), fue uno de los encargados de abrir el desfile de intervenciones. Habló de “decencia”, “moral” y “dignidad”, y aseguró que el convoy hace historia para Cuba y para el mundo. Según dijo, a la iniciativa se han sumado unos 650 visitantes de 33 países y más de 140 organizaciones sociales, culturales y políticas.
El respaldo internacional fue, en efecto, el centro de la jornada. Desde Uruguay, el presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, condenó la injerencia de Estados Unidos en América Latina y reivindicó el internacionalismo de la izquierda. La estadounidense Medea Benjamin, cofundadora de Code Pink, dijo que la política de Washington hacia Cuba es “cruel e inhumana” y aseguró que esa postura no representa a todo el pueblo de Estados Unidos. El líder de la izquierda británica Jeremy Corbyn, por su parte, reclamó a Europa una posición más firme frente al bloqueo petrolero y sostuvo que no existe base legal en el derecho internacional que justifique las sanciones.
Pablo Iglesias, ex vicepresidente del Gobierno español y fundador de Podemos, aseguró enEl Tablero que la situación en Cuba no es como “se está presentando desde fuera”. Su valoración llegó después de escuchar en La Habana casi exclusivamente a dirigentes del Partido Comunista y sin haber pisado las calles de la capital. También dijo estar sorprendido por el seguimiento de Canal Red en la Isla, aunque el ejemplo que puso fue el de una cubana residente en Alemania desde hace diez años.
Las voces invitadas coincidieron en una idea: Cuba no está sola. Sin embargo, ese acompañamiento internacional, escenificado junto a la cúpula gobernante, contrasta con la experiencia cotidiana de millones de cubanos, marcados por los apagones, la escasez, los altos precios, la falta de medicinas y la ausencia de canales efectivos para reclamar cambios. El acto proyectó una imagen de apoyo político al Gobierno, pero dejó fuera a esa otra Cuba que sobrevive en medio del deterioro y expresa cada vez con más frecuencia su malestar.
Un convoy no modifica el deterioro estructural de una economía que no produce ni exporta, ni remunera dignamente a sus trabajadores
En paralelo al acto político en La Habana, desde México avanzaba la parte material de la iniciativa. Según reportó EFE, un primer buque zarpó desde Puerto Progreso, en Yucatán, con unas 30 toneladas de ayuda destinadas a Cuba. Otras dos embarcaciones menores, previstas desde Isla Mujeres, tuvieron que retrasar su salida por mal tiempo. El coordinador marítimo del operativo, Adnaan Stumo, explicó que el cambio en la dirección del viento y las lluvias intermitentes obligaron a posponer la partida de los veleros, que transportarían entre tres y cuatro toneladas adicionales.
La carga incluye alimentos, medicinas, productos de higiene y paneles solares. No es poca cosa. Pero tampoco basta para alterar la magnitud de la crisis cubana. Que un convoy solidario lleve 20 o 30 toneladas de ayuda tiene un peso político y simbólico considerable, pero no modifica el deterioro estructural de una economía que no produce ni exporta, no remunera dignamente a sus trabajadores y tampoco logra garantizar servicios esenciales a sus ciudadanos.
Díaz-Canel, fiel al libreto oficial, aprovechó el escenario para insistir en que Cuba enfrenta una “guerra de cuarta generación”, una ofensiva de desinformación destinada a romper los vínculos del país con sus raíces históricas y culturales. Rechazó además que la Revolución haya llegado al poder de forma ilegítima, negó que Cuba sea un Estado terrorista y sostuvo que la mayor violación de los derechos humanos contra los cubanos es el embargo.