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Lo que me ha enseñado la pandemia del covid-19

José Conrado Rodríguez, sacerdote católico en la ciudad de Trinidad, cuenta los detalles de la vida en una zona muy afectada por las restricciones que ha impuesto la pandemia

El padre José Conrado Rodríguez, sacerdote de la Iglesia Católica en Trinidad. (14ymedio)
José Conrado Rodríguez Alegre

24 de mayo 2020 - 14:58

Trinidad/Cuando se declaró la pandemia del covid-19 en Cuba, fue precisamente en la ciudad de Trinidad, donde vivo y trabajo como sacerdote católico desde hace poco más de siete años, donde comenzó la epidemia: tres turistas italianos y un norteamericano fueron los primeros afectados. Ya sabíamos, por las noticias, de la grave situación que afectaba a Italia y España y a otros países europeos. La alarma se hizo presa de la ciudad. Quizá los primeros en reaccionar fueron los dueños de hostales y restaurantes, especialmente amenazados por su cercanía a los turistas. Antes que el Gobierno tomara las primeras medidas, ellos cerraron sus establecimientos. Algunos, incluso, escribieron al presidente Díaz-Canel advirtiendo el peligro y exigiendo medidas radicales y urgentes.

Por eso, cuando dos funcionarias del Partido y del Ministerio de Justicia Municipal me visitaron para explicarme las medidas que se tomarían les dije que estábamos de acuerdo y las apoyaríamos sin reticencias pues incluso ya habíamos recibido las recomendaciones que al respecto habían elaborado en la comisión vaticana para el culto divino. A las funcionarias les expresé mi extrañeza por la demora oficial en tomar las medidas, vista la rápida propagación de la grave pandemia. Incluso las invite a ver cómo ya nosotros habíamos tomado medidas en el templo, separando los bancos, colocando alfombras empapadas en cloro y orientando que se lavaran las manos con agua de hipoclorito, al entrar y salir del templo. Después me enteraría que en Europa salieron en revistas y periódicos anuncios para visitar Cuba como destino turístico libre de coronavirus y con buen sistema de salud. A un amigo que me llamó desde el extranjero preocupado por la respuesta cubana para enfrentar el covid-19, respondí: "Sabrán hacerlo. Ellos son buenos administrando el desastre. Llevan más de 60 años haciéndolo. Lo que no saben es administrar la prosperidad".

Ellos son buenos administrando el desastre. Llevan más de 60 años haciéndolo. Lo que no saben es administrar la prosperidad"

Cuando llegó la orden de alejamiento radical, a finales de marzo, esto suponía cero visitas a las comunidades del campo y a las familias de la ciudad que ocupaban buena parte de mi tiempo y, además, la celebración en solitario de la misa. Uno de los matrimonios de la parroquia se apareció con una enorme jaba llena de arroz, frijoles y carne de ovejo. Fue el inicio de una continua arribazón de las más variadas cosas: pomos de leche, carne y pescado frescos y enlatados, sobres de sopa, papa deshidratada, y todo tipo de viandas, verduras y frutas, etcétera. Mi refrigerador nunca ha estado más lleno, ni mi mesa tan bien servida como en estos días del coronavirus. Gracias a la generosidad de mis feligreses e incluso de personas que no pertenecen a la comunidad.

Enseguida me di cuenta de que se requería crear una nueva rutina que pautara la vida cotidiana. En mi caso, con marcada tendencia familiar a la obesidad, ya que no tendría la posibilidad de "andar Trinidad", como solía hacer, visitando a los enfermos y a mi feligresía, se requería "hacer ejercicio en casa". Pero mi casa es un cucurucho de maní. La habitación de huéspedes: con dos camas, un armario y un ropero abierto es el receptáculo de cuánto se pierde, maletas, ropa de donación, equipos eléctricos, herramientas… ¡Una verdadera caja de Pandora!

Del mismo tamaño es mi habitación-oficina-sala de recreación: en un espacio de 3x3,30 metros están la cama, el escritorio, un gavetero, un clóset abierto y un sillón. Las paredes están tapizadas de libros, cuadros y pinturas que me han regalado mis amigos pintores: tres Broches, (excelente pintor trinitario y querido feligrés), un paisaje cubano de Calzada, unos girasoles de mi hijo y antiguo feligrés, José Miguel Martínez, y un paisaje del camagüeyano Montes de Oca. Aquí decidí poner mi gimnasio diario, sacando cada vez el sillón y el ventilador. Muy temprano en la mañana comienza mi día bailando por un hora al ritmo de Celia Cruz, seguido del baño y el rato de oración mañanero: laudes y el oficio de lecturas, que culminan con la celebración de la misa a las 8.30 de la mañana.

Después del desayuno comienza "la pastoral del teléfono" desde mi habitación multi oficio. He estado hasta ocho horas ininterrumpidas colgado, literalmente, del teléfono

Después del desayuno comienza "la pastoral del teléfono" desde mi habitación multi oficio. He estado hasta ocho horas ininterrumpidas colgado, literalmente, del teléfono, y con ganas de ahorcarme con él, si voy a ser sincero. Un punto de inflexión para mí fue saber, en la misma semana, la muerte, en New Jersey, de mi amiga Miguelina Rodríguez extraordinaria madre de familia y una católica militante y consecuente, que hizo de su vida un don de amor para los demás. Y de Víctor Batista Falla ¡en la Habana! Gran promotor cultural y mecenas, fundador y dueño de la editorial Colibrí, Víctor era el tío de María Teresa Mestre Batista, la archiduquesa de Luxemburgo. Por sesenta años permaneció fuera de Cuba, la mayor parte del tiempo en España. Me había dicho que nunca regresaría a la Isla. Pero al igual que Heredia el poeta del siglo XIX, al final la nostalgia lo venció. A los pocos días de llegar se le declaró la enfermedad. Y murió. La muerte de estos dos grandes amigos me supuso un duro golpe y una manera diferente de percibir el covid-19.

Por otra parte, al ir llegando las noticias de lo que sucedía en Italia y España, mi angustia iba creciendo. En ambos países tengo una multitud de amigos, de los que nada sabía. Aunque la consigna de Etecsa, la telefónica de Cuba, es "en la guerra y en la paz mantendremos las comunicaciones", para los que han intentado comunicarse con Cuba, o desde Cuba, es una aventura azarosa y no siempre exitosa. Cuando intenté instalar el "nauta hogar", me fue negado porque soy institución, no una casa de familia. Por otra parte, mi pastoral con el Exilio, se concentraba en mis viajes fuera de Cuba. Pero al llegar acá yo no insistía en la comunicación telefónica o electrónica, para no interferir con mi trabajo pastoral de acá, más que abundante con una parroquia tan extensa, en la ciudad y en el campo. Al fin descubrí una cosa que se llama datos móviles, que me da acceso a internet y me permite comunicarme por WhatsApp, una manera bastante expedita. Así me enteré de la enfermedad de mis primos de New Orleans y mi querida amiga Miguelina Rodríguez de New Jersey. Así supe de mi párroco madrileño Jesús García Camón, de mis padres adoptivos de Madrid, Papo y Nena Robles, el Padre José Manuel Sánchez Caro, mi rector en la Universidad de Salamanca, todos sanos y salvos, y de mis antiguos profesores y compañeros de la Universidad de Comillas, en Madrid. Y tantos otros.

Estas misas en solitario me permitieron redescubrir la eucaristía. Sin público, ya no tenía que preocuparme por el tiempo

En la misa diaria rezaba por todos. Estas misas en solitario me permitieron redescubrir la eucaristía. Sin público, ya no tenía que preocuparme por el tiempo. Éramos el Señor y yo. Mis feligreses y amigos estaban físicamente ausentes pero mis misas eran pro vobis et pro multis: Por ellos y por muchos. Mis misas, sin homilía, podían durar una hora y hasta más.

En la acción de gracias tomaba mi avioneta imaginaria y recorría mi extensa parroquia, luego, toda Cuba, diócesis por diócesis, sus obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos. Después subía hasta Miami, y desde allí, Tampa, Orlando, Jacksonville, San Agustín, Atlanta, Filadelfia, Washington, New Jersey, New York, Boston y desde Boston Canadá. Allí rezaba por el nuncio Luigi Bonazzi, Sara Olga, Rogelio, Evelin, y tantos otros amigos. Retornaba a Estados Unidos por Wisconsin, Chicago, Kentucky y el centro-sur de Estados Unidos: Louisiana, Nuevo México. Phenix, etcétera. Luego volvía al oeste, desde Portland, San Francisco, Sacramento y Los Ángeles, entraba en México, para luego sobrevolar Centro y Suramérica… hasta el Caribe, las Antillas Mayores y Menores: Puerto Rico, Dominicana, Haití y Jamaica, las Bahamas… Pasaba a España, Italia, Francia… mis amigos de Polonia, Suecia, Alemania, Chequia, antiguos diplomáticos en Cuba y los que me acogieron en esos países cuando fui a recibir el premio Geremek. Medio Oriente y África donde tantos compañeros de Comillas y Salamanca, africanos, trabajan hoy. Rusia, China, Japón, Filipinas, la India, Viet Nam. Hasta terminar en Nueva Zelandia y Australia. Es decir, el ancho mundo, sin excluir a nadie.

En estos días he descubierto la verdad que encierra el título de aquel libro de Congar: Ancho mundo, mi parroquia. Países e Iglesias; cubanos, que los llevo siempre en mi corazón, donde quiera que están, católicos y no, creyentes o ateos. Mi Cuba con mayúscula, aun de los que me consideran su enemigo. Aun aquellos que yo pienso que están equivocados, porque excluyeron y desterraron a los que piensan diferente: cómo olvidar lo que dijo el Maestro, cuando se retrató a sí mismo en aquellos versos que aprendimos desde niños: "Yo quiero cuando me muera, sin patria pero sin amo…" Pero sin chovinismo, sin excluir a los que no tuvieron la dicha de nacer sobre esta tierra y bajo este cielo. Porque ellos también, los que no son cubanos, son mis hermanos.

La gente ha entendido, casi naturalmente, el covid-19 como una advertencia merecida por lo que le estamos haciendo a la creación de Dios. No tanto en clave de castigo, sino más positivamente, en clave de advertencia

¿Qué nos quiere decir Dios con todo esto?

Me ha llamado la atención que aquí en Cuba, y por lo que veo en otras partes del mundo, la gente ha entendido, casi naturalmente, el covid-19 como una advertencia merecida por lo que le estamos haciendo a la creación de Dios. No tanto en clave de castigo, sino más positivamente, en clave de advertencia. Yo lo he llamado "el aldabonazo divino". No podemos seguir como íbamos. Quizá el papa Francisco se adelantó con su preciosa carta encíclica Laudato si. El Papa, retomando una inspiración y perspectiva franciscana, tan en consonancia con su nombre y su programa como Pontífice, con el valor añadido de ser un jesuita convencido y convincente. El Papa nos ha ayudado a entender la responsabilidad que tenemos con el mundo, este regalo magnífico y hermoso, que no excluye, sino incluye al que es la cumbre y corona de este regalo divino, el ser humano, la humanidad. Somos cantores y beneficiarios máximos de la creación, los mayordomos y custodios de este don que es la vida misma, como misterio y como tarea.

Por eso dedico estas reflexiones a nuestro querido Pastor supremo, a veces tan criticado como mal comprendido, hasta desde dentro mismo de la Iglesia. Por eso público con estas reflexiones, una carta que le envié al papa Francisco hace dos años. Entonces no la hice pública porque en aquellos días, que coincidieron con su visita a Chile, el Papa fue objeto de tanta crítica y rechazo por diferentes sectores en ese país, aunque esa era mi intención pues era una "carta abierta". Nada más lejos de mí que colaborar con ese ambiente negativo y gratuito, dando pie a que me pusieran en el mismo saco que a esos críticos del momento. El Papa es un profeta, así lo percibo, y por esto quiero darle las gracias, desde este mi rincón perdido entre las lomas del Escambray.

Cristo vino para establecer la koinonía, la comunión, que tiene una expresión concreta y directa en el ósculo de la paz, el abrazo fraterno en la liturgia de la Santa Misa. Normalmente, no me canso de abrazar a mis feligreses antes y después de la misa dominical: jóvenes, niños, adultos o ancianos.

Trinidad, ciudad eminentemente turística, con cerca de 2.000 familias que alquilan para el turismo, está llena de estos esclavos voluntarios del "turista-Dios". "Tuve que ponerle el desayuno a mis turistas" es una excusa que oigo más de lo que yo quisiera cuando las personas han faltado el domingo a la misa

Yo creo que para la mayoría de mis feligreses venir a misa el domingo es un favor que le hacen a Dios. Pero, con qué facilidad dejan plantado al Altísimo. Nada se diga cuando están de por medio los negocios. Trinidad, ciudad eminentemente turística, con cerca de 2.000 familias que alquilan para el turismo, está llena de estos esclavos voluntarios del "turista-Dios". "Tuve que ponerle el desayuno a mis turistas" es una excusa que oigo más de lo que yo quisiera cuando las personas han faltado el domingo a la misa.

Hace dos meses que se fueron los turistas pero mis feligreses se han quedado sin la misa del domingo… ¡y cuánto la añoran! En la ciudad se hace sentir el nerviosismo por la falta de alimento, las colas interminables y la creciente falta de dinero tienen a todo el mundo clamando por Dios: "¡Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándonos…Hasta cuándo, Señor, esconderás tu rostro!".

¡Y yo mismo cuántas veces me callé cobardemente sin decirles lo que claramente percibía como fallo de mis ovejas! Hace muchos años, en una misa que celebró en Santa Teresita, mi parroquia de entonces, mi querido arzobispo Pedro Meurice arremetió contra la tibieza de nuestros fieles. Tan fuerte fue la reprimenda que me sentí impulsado a defender al pueblo recordándole, en plena misa, a mi arzobispo la difícil vida que llevaban. Mi sabio padre-obispo, cuando yo terminé de hablar, me dijo: "José Conrado, no los defiendas. Ellos, tú y yo, le estamos faltando a Dios. Somos responsables de la blandenguería con que servimos al Señor, que lo dio todo por nosotros en la cruz. No les tengas lástima, porque llegará el día en que ellos, y nosotros dos, seremos juzgados de tibieza, si es que antes no nos arroja el Señor de su boca: ‘porque no eres ni frío ni caliente: porque eres tibio, yo te vomitaré de mi boca’ (Ap. 3,16)".

Me callé y me senté. Avergonzado, porque me di cuenta que Meurice tenía toda la razón. Nosotros éramos los centinelas, los guardianes del rebaño, pero cuántas veces habíamos olvidado la primera lectura de su ordenación de obispo y de mi ordenación de cura: "No digas que eres un muchacho: que a donde yo te envíe, irás; lo que yo te mande, lo dirás. No les tengas miedo, porque yo estoy contigo… No les tengas miedo; que si no, yo te meteré miedo de ellos". (Jer 1,7-8, 17).

Pastores cobardes de un pueblo cobarde. ¿A dónde vamos a parar? Cuenta la historia que Séneca, el filósofo estoico romano, le dijo a su antiguo discípulo, el emperador Nerón: "Todo tu poder sobre mí se asienta en el miedo que te he tenido. Ese poder se desvanecerá cuando deje de temerte. Y, en verdad, ya no te temo más". Nerón lo condenó a muerte pero Séneca era al fin libre. Libre del miedo y de la vida abyecta de los que venden su primogenitura por un plato de lentejas.

"Sin patria, pero sin amo". La misión de la Iglesia es ayudar a la gente a perder el miedo

"Sin patria, pero sin amo". La misión de la Iglesia es ayudar a la gente a perder el miedo. Cristo lo dijo tantas veces a los apóstoles: "No tengan miedo… La verdad les hará libres". La "indefensión aprendida" o desesperanza inducida, como expuse en mi tesis para la licenciatura de periodismo, es el arma que permite a los poderosos de este mundo arrebatarnos la responsabilidad, la conciencia de nuestra dignidad, es decir, nuestra capacidad de decir la verdad y hacer el bien. Porque "libertad es el derecho que tiene todo hombre a ser honrado, a pensar y hablar sin hipocresía" como enseñó Martí a los niños en La Edad de Oro.

Lichi, el hijo de Eliseo Diego, lo expresó en esta disyuntiva, que tomó del personaje de un cuento de Horacio Quiroga. "El peón, muerto de miedo pero dispuesto a morir con dignidad, le grita al capataz de la hacienda: Que no te obedezca no quiere decir que te traicione". Lichi continúa diciendo: "Podría voltearse la moneda: que te obedezca no quiere decir que te sea leal. Hoy me escudo en el pecho de Quiroga", concluye Lichi, "para decir que el miedo puede explicar buena parte de lo sucedido en mi país".

Esta extraña introducción sirve de exordio a mis reflexiones finales, o más bien a mis experiencias finales. Como ya dije antes de tomar las decisiones más drásticas frente a la pandemia del coronavirus, recibí la visita de dos funcionarias, una del partido y la otra, del Ministerio de Justicia. Y me comprometí a apoyar las medidas que ya contemplaban las directrices emanadas de la Santa Sede y de otros países. Y así lo hice. Pero en las semanas siguientes recibí varias visitas averiguando si estábamos ateniéndonos a las medidas. Al parecer, las puertas abiertas del templo aunque permanecían cerradas las rejas, que impedían entrar en la iglesia, y mis largas misas diarias cantadas, hacían sospechar incumplimiento mío al respecto. Yo había explicado a la feligresía que se unieran espiritualmente a las celebraciones desde sus casas. Así fue por más de un mes, incluía la Semana Santa, es decir marzo y abril.

El 26 de abril, (llevábamos más de 45 días sin casos de covid-19 en la ciudad) cuatro personas pidieron de favor participar en misa dominical y se les permitió. El domingo 3 de mayo vinieron 11 personas. Tomadas todas las medidas de alejamiento (cinco metros, con nasobuco y previo lavado de manos y zapatos, al entrar y salir del templo). Esa semana recibí la visita de ambas funcionarias para reclamarme por la presencia de esos pocos fieles. Yo les dije que el próximo domingo no dejaríamos entrar fieles. Pero no me había dado cuenta que era domingo de las madres, muy importante para nosotros, los cubanos. El Dia de las Madres dejamos pasar doce personas y dos técnicos que llegaron temprano para hacer un arreglo urgente de un problema eléctrico en la casa parroquial. Pero a las 9 en punto se cerró la reja para que nadie pasara. Cuando se abrió la reja, al finalizar la misa, "entró la caballería blandiendo la cimitarra".

Salí a saludar a los "compañeros", que bastante descompuestos comenzaron a discutir con los fieles. La respuesta de los fieles fue contundente: antes de venir al templo habían visto a las gentes arracimadas en las colas, sin medidas de protección y sin policías que las organizaran, a diferencia de lo que ocurría en el templo. Marta, conocida por sus compromisos revolucionarios desde la resistencia ciudadana a la dictadura de Batista, fue la primera en tomar la palabra: "Cuidadito con tocar al padre. El no invitó a nadie a venir. Estamos aquí porque nos dio la gana y las medidas de protección que hemos tenido aquí no las he visto en ninguna parte". "Váyanse a cuidar las colas donde no se guarde distancia, ni se está protegiendo a la gente. Ahí sí los necesitan". Cuando pidieron el carné, sólo un fiel lo tenía. Pero Martica dijo: "-Yo no traigo carné, pero me sé el número de memoria. Si le ponen multa al hermano, que me la pongan a mí también". Al final, solo a Albertico le pusieron la multa: 100 pesos de los 350 de su jubilación mensual. (Pensamos hacer una colecta a un peso por persona, para pagar la multa de Albertico).

Cuando en el pico de la discusión la compañera del Ministerio de Justicia dijo que ella cumplía órdenes, y que las había recibido de Caridad Diego que la haba llamado del Comité Central, fui yo el que salté

Cuando en el pico de la discusión la compañera del Ministerio de Justicia dijo que ella cumplía órdenes, y que las había recibido de Caridad Diego que la haba llamado del Comité Central, fui yo el que salté. "Un momento, esta discusión no tiene como causa la pandemia. Esto lo quieren convertir en un asunto político. Por favor dígale, a Doña Caridad que yo no le tengo miedo. Si ella está detrás de esto, es por una cuestión personal. Desde hace 25 años, cuando le escribí a Fidel Castro una carta sobre la desesperada situación del pueblo, esa señora la tiene cogida conmigo. Ella debería obedecer al comandante difunto, que en aquel entonces, cuando ella le pidió instrucciones sobre las medidas que tomarían contra "ese cura ingrato que se atrevió a enfrentar a nuestro comandante", Fidel le dijo: "Dejen al cura tranquilo".

Al final, quedamos en tener una reunión al día siguiente con la responsable municipal de higiene y epidemiología. En un clima de respeto y comprensión tuvimos esa reunión. Yo expliqué que si no rechacé ese domingo a las 12 personas que vinieron fue porque me percaté que estaban estresadas, pues la prensa hablaba de los fallos que tenía la atención a la pandemia en EE UU y que ellos tenían sus hijos y nietos y otros familiares en ese país. Y venían a rezar por ellos. En base a las medidas que habíamos tomado en la parroquia yo sabía que aquí estarían fuera de peligro. (En algún momento del día anterior una de las funcionarias dio a entender que no me interesaba la seguridad de mis feligreses, sin tomar en cuenta que la gente también puede morir de estrés, de angustia, no solo del coronavirus). Un guía, político o religioso, debe tener en cuenta todos los factores, digo yo, porque "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios".

Me fijé en la misa televisada los domingos: hasta 15 o más personas en un espacio cuatro veces menor que mi templo parroquial

Me fijé en la misa televisada los domingos: hasta 15 o más personas en un espacio cuatro veces menor que mi templo parroquial. Por otra parte, yo había conocido de otras parroquias que habían tenido misas con algunos fieles, incluso más que los venidos a Paula estos cuatro domingos, sin ser requeridos ni amenazados por las autoridades. ¡Incluso en Semana Santa! Todo eso me indujo a pensar que podría abrir un poco la mano para ayudar a personas que lo necesitaban, sin crear mayores problemas ni significar una amenaza para las personas. Pero la verdad es que yo siempre he sido un hombre bastante ingenuo. Lo que yo hiciera, fuera lo que fuese, siempre sería mal interpretado por las autoridades.

Al domingo siguiente, 17 de mayo, sólo había cuatro personas en misa. Yo me había quedado dormido y ya estaban en el templo cuando bajé. Es muy duro expulsar a gente que viene desesperada. A la quinta, la siguió, desde su casa hasta la iglesia, un carro que manejaba un militar con uniforme. A esta señora, la única que preguntó si debía quedarse, le dije: "Váyase a casa. No quiero que piensen que los estamos provocando. Esa no es nuestra intención". Esta vez el piquete, oficial u oficioso, fue mayor. Se sentaron en el parque a esperar el final de la misa. Pero esta fue tan larga y con tantos cantos, que al final se fueron. Cuando al salir de misa los pocos fieles que habían participado en ella me comentaron que el parque estaba vacío, les dije, muerto de risa: -No cabe dudas que la misa tiene la virtud de espantar a los demonios".

A pesar de esta frase jocosa quiero dejar bien en claro que detesto la demonización del diferente, del que piensa distinto o pertenece a "otra Iglesia". La postura acrítica que le perdona todo al que piensa como yo, y que ataca a destajo al enemigo, me parece una de las mayores miserias del tiempo en que vivimos. Cuando le comenté a mi hijo español, Felipe Ronda (a quien yo le digo "Felipe I de España", pues el Rey es Felipe VI, ¡y que me perdone la Corona si con eso la ofendo!) me dijo: "Viejo, los políticos manipulan y quieren sacar ventaja hasta de las pandemias. Todo lo vuelven propaganda y manejo del poder. Aquí en España están haciendo lo mismo".

Por eso admiro profundamente a mi amigo el periodista judío-argentino Andrés Oppenheimer, que tanto ha escrito sobre la corrupción, lo mismo en EE UU que en América Latina, lo mismo a la izquierda que a la derecha. Su primer Pulitzer lo ganó por su investigación sobre el Irán-Contras. Me siento muy honrado por las palabras que estampó en su libro Crónicas de Héroes y Bandidos sobre la corrupción lo mismo de políticos y militares que de empresarios e intelectuales… aunque en su libro habla no sólo de la corrupción, sino de las virtudes y buenos ejemplos de hombres y mujeres, que, a pie o desde el estrado del poder, son ejemplos buenos a seguir: "Para José Conrado, a quien admiro profundamente, entre otras cosas, por su coraje para denunciar bandidos. Tu amigo", Andrés Oppenheimer.

Me gusta siempre hablar "de lo bueno de lo malo". Me parece que el más divino atributo de Dios es que puede sacar bien hasta del mal

Me gusta siempre hablar "de lo bueno de lo malo". Me parece que el más divino atributo de Dios es que puede sacar bien hasta del mal. Como se las arregla, no me preguntes: mi teología no llega tan lejos. En estos meses se hizo viral una caricatura que mostraba a Dios hablando con el diablo: éste, frotándose las manos le decía a Dios "¿te fijaste como de un plumazo te cerré todos los templos?" Mientras Dios, sonriendo apaciblemente, le respondía: "¿Te fijaste como he convertido cada hogar en un templo?" El coronavirus se ha convertido en una lección dura, pero quizá necesaria. Hay que volver a lo esencial. Dejar a un lado el orgullo tonto, la ambición ciega, la vanidad vacía y descubrir que Dios nos ha dejado dos grandes sacramentos de su presencia: la eucaristía y los seres humanos: en especial el más necesitado de nuestra solidaridad y de nuestro amor. Hay que apreciar a ambos sacramentos en todo su valor. No olvidemos que el sacramento es no sólo signo, sino instrumento: realiza lo que significa. Cuando no podemos ni abrazar a quienes amamos, ni celebrar la presencia viva de Dios en su Eucaristía, es cuando mejor comprendemos su valor porque "nadie aprecia lo que tiene hasta que lo pierde", como dice el refrán. Amén.

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