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Fidel Castro, único líder iberoamericano en los papeles desclasificados del 23F en España

23F

En una carta al rey Juan Carlos I, el régimen cubano muestra su interés por la “estabilidad” y “el progreso” de la joven democracia española

El lenguaje diplomático usado por el líder comunista contrasta con su habitual estilo incendiario. / EFE
Yunior García Aguilera

25 de febrero 2026 - 13:43

Madrid/La desclasificación de documentos vinculados al intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 en España ha sacado a la luz un intercambio epistolar entre Fidel Castro y el rey Juan Carlos I. Más de cuatro décadas después, el intercambio adquiere una resonancia inesperada, no tanto por lo que revela sobre el 23F –donde su peso es más contextual que decisivo–, sino por el momento en que reaparece para Cuba: justo cuando se habla, como nunca antes en años recientes, de la posibilidad de una transición política. 

Los documentos, incluidos en el expediente AGA-83-07633 del Ministerio de Exteriores, muestran a un Fidel Castro que se dirige al monarca español con un tono cuidadoso, casi contenido, para transmitir su valoración sobre la crisis institucional española tras la asonada de Antonio Tejero, fallecido casualmente el mismo día en que el Gobierno desclasificó los documentos. El gobernante cubano expresaba su “preocupación por los acontecimientos ocurridos en España” y manifestaba su deseo de que “se preserve la estabilidad institucional del país”, fórmulas que contrastan con el habitual lenguaje incendiario del líder comunista.

En términos estrictos, el intercambio no modifica la interpretación central del 23F ni aporta indicios de injerencia cubana en la crisis española. Pero sí arroja luz sobre algo más sutil: la atención calculada con que La Habana seguía los procesos de cambio en la antigua metrópoli y la voluntad del régimen de proyectar una imagen de actor internacional responsable cuando observaba movimientos de transición en otros países. De hecho, Castro es el único líder iberoamericano que aparece en los documentos desclasificados. 

La Cuba actual vive un momento de agotamiento estructural marcado por la crisis económica, el deterioro institucional y una conversación pública sobre escenarios de cambio

Ese matiz adquiere hoy un relieve especial. Mientras en la España de 1981 se jugaba la consolidación de la democracia tras la muerte de Franco, la Cuba actual vive un momento de agotamiento estructural marcado por la crisis económica, el deterioro institucional y una conversación pública sobre escenarios de cambio. La coincidencia temporal entre la desclasificación y este nuevo clima en la Isla convierte la correspondencia en algo más que una curiosidad archivística.

La carta de Castro deja entrever, además, el pragmatismo que el líder cubano solía desplegar en política exterior. Mientras mantenía una confrontación frontal con Washington, cuidaba los canales con capitales europeas clave, y Madrid ocupaba un lugar especial por razones históricas, culturales y estratégicas. El mensaje al Rey encaja en esa lógica de diplomacia fría pero funcional, combinando la distancia ideológica con la cortesía institucional.

En el momento en que se produjo aquel intercambio epistolar, ETA –Euskadi Ta Askatasuna, organización armada independentista vasca responsable durante décadas de atentados terroristas en España– llevaba más de dos décadas de existencia y atravesaba una de sus fases más sangrientas. Fundada en 1959, mantenía a comienzos de los ochenta una intensa campaña violenta contra objetivos del Estado español. 

Los archivos potencialmente más sensibles sobre los vínculos entre La Habana y ETA continúan, en gran medida, sin desclasificar

En ese contexto, la política exterior cubana había mostrado afinidades retóricas con diversos movimientos que se presentaban como revolucionarios o antiimperialistas, lo que propició contactos y la presencia en la Isla de algunos militantes de la organización vasca. A diferencia de la correspondencia entre Fidel Castro y Juan Carlos I, que ahora sí ha salido a la luz, los archivos potencialmente más sensibles sobre los vínculos entre La Habana y ETA continúan, en gran medida, sin desclasificar. Y esa opacidad impide establecer conclusiones definitivas sobre el alcance real de los movimientos del castrismo en la península. 

Para la España de la Transición, el vínculo con Cuba también tenía utilidad. El nuevo Estado democrático buscaba afirmarse en América Latina y evitar frentes de tensión innecesarios, incluso con un régimen ideológicamente opuesto. El intercambio epistolar refleja, por tanto, un momento de mutua prudencia en medio de un tablero internacional altamente polarizado.

España llegaba al 23F con un proceso de reformas ya en marcha, pluralismo político legalizado y una hoja de ruta institucional relativamente definida. La Cuba de hoy, en cambio, permanece bajo un sistema de partido único sin señales visibles de apertura desde el poder. En 1981 era La Habana la que observaba con cautela una transición ajena. Es la Isla, ahora, la que aparece en el centro de las especulaciones sobre un eventual cambio para lograr –parafraseando al propio Castro– “el progreso” y “el desarrollo económico y social” que tanto necesita.

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