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5- En la frontera con México, si no pagas el 'impuesto' te caen a balazos

Me dijeron que yo, como era cubano, tenía que apartarme del grupo, para rodear un punto fronterizo antes de llegar al río Usumacinta, que divide Guatemala de México

Nos montamos en una guagüita que nos metió por una carretera bastante fea, por la que llegamos a La Técnica. (14ymedio)
Alejandro Mena Ortiz

27 de abril 2022 - 14:00

En aquel motelito había habitaciones y hamacas, que estaban fuera, en el patio, y ahí se quedaban los que menos recursos tenían, a veces mujeres con niños. Juan, el traficante, decía entonces: "Pasen al cuarto, aunque no me paguen, no importa. Denle comida, busquen leche a los niños, yo lo pago". El hombre mostraba su lado gentil de vez en cuando.

Ahí conocí también a tres hondureños, a los cuales conté la historia de Cuba, haciendo énfasis en lo que había pasado el año pasado y desde que Díaz-Canel está en la presidencia, y ellos decían: "¿Pero cómo puede ser? ¿Por qué ustedes no se van a las calles?" Y yo les explicaba: "Es que ustedes no saben lo que es una dictadura". Al final se sintieron muy tristes e identificados con la causa. Me dieron mucho apoyo y fuerza. Ellos eran muy cristianos, me decían: "Dios va a ayudar al pueblo cubano. Dios los va a liberar".

Estos muchachos tenían entre 20 y 25 años y eran policías en el sur de Honduras, y decían que en esa zona no hay maras y los agentes no aceptan sobornos. En su caso, salieron porque, como en todos lados, hay mucha inflación y el salario no alcanzaba. Su intención era trabajar unos años en EE UU y regresar a Honduras con dinero porque, según ellos, allí se puede vivir en paz y tranquilidad. Lo malo es el Norte.

También conocí a otro hondureño con el que conversé, aunque este terminó robándome unos cigarrillos. Él ni sabía que Cuba existía. A él lo asaltaron en Guatemala y le quitaron todo. Tuvo que pasar tres días ahí, durmiendo en la hamaca, esperando a que su hermano, que vivía en California, le mandara dinero al coyote para poder continuar.

Ahí conocí también a tres hondureños, a los cuales conté la historia de Cuba, haciendo énfasis en lo que había pasado el año pasado y desde que Díaz-Canel está en la presidencia

Pasé cuatro días prácticamente como un rey. Juana me atendió perfectamente. Yo le pedía lo que quería comer, y luego le dije que me hacía falta abrigo, gorro y guantes, porque me habían dicho que en el norte hacía mucho frío, sobre todo México. Le di 27 dólares y me compró todo eso. Yo le regalé una camisa blanca, la camisa con la que me fui de Cuba. Le dije: "Mira, esta camisa fue a la salida de Cuba y no creo que la vaya a usar más, llévesela a un nieto". Y ella, muy agradecida, me trajo un bombón de chocolate y una naranja de parte de su hijo.

Estando allí, como el tercer día, vinieron dos chicas vestidas de enfermeras, con unas neveras portátiles y con tabloncillos y papeles, preguntando quién faltaba por vacunarse. Llevaban vacunas de Moderna, y a Juana le faltaba la tercera dosis, o sea, el refuerzo. "A mí me falta la tercera, ¿usted me la puede poner?", les preguntó. "Sí, venga por aquí, por favor, siéntese ahí". Y en menos de un minuto le pusieron su dosis, le llenaron sus daticos... y yo me quedé pensando: "Bueno, en Cuba, hasta para vacunarse hay que hacer cola". Ella me dijo que los primeros días allí también había fila para entrar, pero ya no. Hay muchas personas que no han querido vacunarse, por ejemplo Juan y el coyote.

El cuarto día conocí a otras dos personas: el que sería mi guía, al que le decían El Gordo, y una muchacha hondureña de 17 años, Alison, que llegaría conmigo hasta la mismísima frontera, hasta el río Bravo.

A las cuatro de la mañana me levantaron y, después de asearme para salir, me dijeron que yo, como era cubano, tenía que apartarme del grupo, para rodear un punto fronterizo antes de llegar a un lugar llamado La Técnica, por donde pasa el río Usumacinta, que divide Guatemala de México. Claro, pagando muchísimo más que los demás. Así, montaron a 30 personas en una coaster y yo fui en un carro.

Me llevaron a una casa a unas tres cuadras, donde había un cubano en una hamaca, y me dijeron que esperara con él. Yo me asusté y me dije que estaba pasando algo raro, porque el muchacho era un poco misterioso.

Según me contó, él vivía en Rusia hacía tres años y, después de pasarlo muy mal, con 50 euros que llegó, empezó a recoger cubanos en el aeropuerto y los hospedaba en apartamentos, de cuando iban de turismo o de compras allá. Pero luego vino la pandemia y, como su hermana vivía en EE UU, él decidió venirse para acá. Me explicó que un cubano no puede ir directamente a Nicaragua desde Rusia, sino que tenía que volver a Cuba. Desde el mismo aeropuerto de Managua, había ido directo a Santa Elena, sin parar. Estaba muerto, muerto.

Estábamos ahí conversando cuando vino un auto para llevarnos a los dos. El chofer también habló mucho con nosotros de Cuba, que tampoco se lo explicaba, cómo el pueblo aguantaba tantas barbaridades. El hombre nos pidió que lleváramos 20 dólares en el bolsillo por si venía la Policía, y el viaje fue muy tenso. Yo tuve que prestarle los 20 dólares al ruso, que no tenía, por si nos los pedían, porque somos cubanos y tenemos que ayudarnos.

El chofer nos dijo: "Tengan estos 100 quetzales. Si el policía les dice algo, ustedes les dan 100 quetzales, y si quieren más dinero, le dan los 20 dólares y se acabó. Ya no hay más dinero y que los maten". Así mismo nos dijo.

Por suerte, solo nos encontramos un retén pequeñito y el chofer dijo: "Hola, tengo dos cajitas aquí. Te doy esto. es lo único que tengo, porque adelante puede haber más retenes, si te lo doy todo a ti ahora, no puedo darle entonces a los demás, y mira que son dos cajitas nada más". El policía le dijo: "Ok, no hay problema, continúe".

Más adelante, cuando estábamos bordeando las montañas, llevábamos una moto delante que iba avisando de dónde había policía y el carro, entonces, se desviaba por otra cuadra. Aunque fue un viaje bastante angustiante, vi unos paisajes verdaderamente hermosos. La geografía de Guatemala, en general, es espectacular. Si no hubiese sido por el peligro en el que estábamos...

Al final, llegamos a un pueblito que no tenía ni tres casas, y paró el carro en una pulpería, que son unos pequeños puestecitos que hay en las casas donde venden de todo. Entramos y compramos unas papitas, unos jugos y unas galleticas de soda antes de continuar. Estábamos muy cerca de La Técnica.

"Tengan estos 100 quetzales. Si el policía les dice algo, ustedes les dan 100 quetzales, y si quieren más dinero, le dan los 20 dólares y se acabó"

Ahí nos bajó un hombre que salió de un matorral y casi me mata del susto. Este tipo nos explicó que teníamos que caminar aproximadamente un kilómetro y medio o dos, que no nos preocupáramos, que no había que subir ninguna pendiente, que todo era llano, pero que por favor había que caminar lo más rápido posible. Del otro lado nos estaría esperando un hombre en una moto para llevarnos a la coaster donde iban los otros.

Atravesamos dos potreros, con una cerca de púas y unas vacas enormes. Una se nos quedó mirando y el hombre nos decía: "Quédense quietos, que si corren les va a ir detrás". Finalmente, llegamos donde estaba la moto. Yo había guardado los 200 quetzales que tenía en el bolsillo donde guardo mi celular, pero lo había sacado para filmar videos y los billetes se me debieron de caer en medio del camino.

Cuando El Gordo nos pidió el dinero, claro, yo no lo encontraba. Así que tuve que darle aquellos 20 dólares de antes, que el ruso ya me había devuelto, y nos montamos en una guagüita que nos metió por una carretera bastante fea, por la que llegamos a La Técnica. Es un sitio que podría parecer turístico, pero en realidad está lleno de migrantes: por ahí cruza una buena cantidad de los que intentan llegar a Estados Unidos.

Almorzamos allí, en un restaurante que hay en la bajada al río, y en seguida vino un hombre que nos pidió los teléfonos desbloqueados. Ahí cambiamos la línea que traíamos, yo de Nicaragua y Alison de Honduras, a una de Telcel ya configurada, con datos móviles y todo.

Había tremenda cantidad de cubanos, por lo menos 40 o 50, con dos o tres guías que parecía que iban toreando cubanos, porque como me dijo uno en Palenque, nosotros somos un poco indisciplinados.

Allí se compran los pasajes para pasar a México, que no sé cuánto costaron porque los compró el guía. Eso lo controla un cártel que maneja el paso de los migrantes. En una escalera, se sientan y te cobran un impuesto. Si no les pagas, no cruzas. O te caen a balazos.

El guía nuestro los conocía: "¡Eh, muchachos! ¿Qué pasa? Aquí traigo dos cajitas". Les pagó y pudimos coger una de estas lanchas, como una canoa muy grande, de madera, con un motor fuera de borda. Entonces cruzamos el río, que llevaba mucha corriente. Los paisajes eran muy bonitos y pude disfrutarlos. Sin más problemas, cruzamos a la otra orilla.

Mañana

Encuentro con Ángel, el marero que huyó de la delincuencia

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