En La Habana, hasta el agua hay que salir “a lucharla”
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La falta de suministro convierte cualquier tubería disponible en una estación informal de abasto
La Habana/La Habana, que alguna vez tuvo al acueducto entre sus orgullos urbanos, se mide ahora en una hilera de cubos vacíos. En Cuatro Caminos, frente a una pared descascarada, cada recipiente espera su turno como una prueba más de la derrota del sistema hidráulico. Subido a una estructura de hormigón marcada con un “No parqueo” ya desvaído, un hombre vierte el agua cubo tras cubo dentro de un tanque. A su alrededor se juntan pomos, bidones y carretillas. Es la logística de la supervivencia en versión habanera.
“Si te viene el agua dos veces a la semana y da la casualidad de que en ese momento estás en apagón, te jodiste”, dice sin dramatismo una mujer que espera su turno con dos pomos plásticos bajo el brazo.
El trasiego es continuo. Unos llegan, otros se van, algunos esperan turno y otros miran el chorro con la ansiedad de quien sabe que no siempre hay una segunda oportunidad. Entre los que pasan por la zona se ven mujeres, niños, jóvenes y hombres mayores. Cada cual carga como puede. Los más previsores traen ruedas; los demás, brazos y paciencia.
La crisis del agua en la capital no es nueva, pero en barrios como Centro Habana, Cerro, Diez de Octubre o Regla se ha vuelto una rutina agotadora, agravada por los apagones. En muchas casas, el agua depende de una bomba eléctrica. Si el servicio llega cuando no hay corriente, el alivio pasa de largo. El vecino oye que “entró el agua”, pero no puede hacer nada. Cuando vuelve la luz, la tubería ya está seca.
De ahí que cualquier punto donde salga agua se convierta en una pequeña estación de abasto. No importa si es una conexión informal, una avería aprovechada, un pozo comunitario o una tubería que alguien sabe abrir. La gente acude porque necesita beber, bañarse, cocinar, lavar o descargar un inodoro.
Quien tiene un tanque grande puede resolver para varios días. Quien tiene una carreta puede mover más litros. Quien tiene fuerza puede hacer varios viajes. Y quien no tiene nada espera que un vecino le preste un pomo o le venda un poco. En La Habana ya hay personas que se dedican a comercializar agua en zonas donde el suministro es crítico, aunque en esta ocasión no queda claro si alguno de los presentes cobra por el servicio.
Lo seguro es que el agua, como la electricidad, el gas, el pan o el transporte, ha dejado de ser una certeza y se ha convertido en una búsqueda incesante. Los vecinos calculan horarios, apagones, presión en las tuberías, distancia hasta el punto de abastecimiento y capacidad de carga. La vida cotidiana se organiza alrededor de lo que falta, y cada recipiente alineado en la acera parece decir lo mismo: en La Habana, hasta el agua hay que salir “a lucharla”.