La Habana vista desde "la torre de control"

Crónicas de La Habana

Me imagino a unos rusos hartos ya de sacarle las castañas del fuego a sus camaradas cubanos, pero necesitados también de tener aliados en este hemisferio

La "torre de control" de la Embajada de Rusia en Cuba.
La "torre de control" de la Embajada de Rusia en Cuba. / 14ymedio
Yoani Sánchez

27 de marzo 2026 - 17:52

La Habana/En las mañanas la calle Tulipán se convierte en un mercado cartaginés. Bordeo los puestos donde lo mismo ofrecen chícharos que jabones, aspirinas y cigarros. Tengo suerte de vivir a pocos metros de este ajetreo comercial que, aunque informal, precario y con precios marcados por la inflación, hace que mi barrio esté vivo y que pueda encontrar albahaca para un pesto o teflón para la unión de una tubería que gotea.

Este viernes Tulipán es mi vía inicial. Si el transporte está agonizando en toda la ciudad, aquí ni siquiera existe. Avenida sin almendrones, sin bicitaxis y sin triciclos con pasajeros, esta calle solo es para dos tipos de personas: las que van a pie y las que tienen carro (y consiguieron gasolina o electricidad para moverlo). Así que ni siquiera miro a ver si viene algo que me lleve. Le entro con ganas a la loma que tengo por delante. 

Una extensa venta de garaje se ha instalado en los bajos de dos enormes bloques de concreto, de la época soviética, que me cruzo en el camino. Son puestos improvisados, mantas en el suelo donde se venden fundamentalmente pantalones, blusas y zapatos. Es la "ropa del cubano emigrado", los tantos atuendos que quedaron en armarios y gavetas después de que sus propietarios salieran de la Isla. Una de las tantas ferias con los despojos del éxodo masivo abiertas por todo el país.

Una amiga muy maquillada, a las nueve, en el mercado, con una blusa de lentejuelas: "Si no me la pongo para venir aquí se me echa a perder sin usarla"

Los familiares que quedaron atrás intentan vender un conjunto de bebé aquí, unos zapatos de niña acá, una camisa formal "para llevar corbata", alcanza a decirme un anciano que propone su mercancía cerca del tronco de un árbol. Pero el mercado de segunda mano en Cuba está ahogado bajo montañas de demasiada oferta. Sandalias apenas usadas, collares que una vez fueron las alhajas de alguien, billeteras de cuero que contuvieron el dinero y el carné de identidad de uno que ya tiene residencia en un nuevo lugar o pasaporte de otro país.

Otra cosa es que no hay donde lucir la indumentaria. El otro día me topé con una amiga muy maquillada, a las nueve de la mañana, en el mercado agrícola. Llevaba también una blusa de lentejuelas. "Si no me la pongo para venir aquí se me echa a perder sin usarla", alcanzó a decirme. En una ciudad sin clubes nocturnos, sin discotecas, sin apenas cines funcionando y con restaurantes de precios inalcanzables para la mayoría, a "la ropa de salir" hay que sacarla a pasear a los pasillos del edificio, a la esquina donde se amontona la basura o al policlínico más cercano.

En las mañanas la calle Tulipán se convierte en un mercado cartaginés.
En las mañanas la calle Tulipán se convierte en un mercado cartaginés. / 14ymedio

Alcanzo la calle 26. Dicen que, hace tiempo, Raúl Castro tuvo su casa en un penthouse que me cruzo en mi periplo. Recuerdo que a veces cuando pasaba por ahí veía guardias de mirada adusta y pistola en el cinto. Ahora todo se ve descuidado. Las plantas en la azotea parecen un poco secas y no me topo con los uniformados de antaño. Este barrio ya no es seguro ni suficientemente glamoroso para ellos. Edificios descascarados, un cementerio en ruinas y un cine sin cartelera componen el conjunto.

Cruzo la calle 23 y tras unos minutos atravieso el puente de hierro. Un padre mira, junto a su hijo, de unos cinco años, las aguas oscuras del río Almendares. "No te pares, apúrate", le dice el adulto al pequeño. "Papi, déjame mirar que yo no me voy a tirar", lo calma el infante. "Sí, yo lo sé, si tú no sabes ni nadar", responde el hombre, con tono de prisa. Triste paradoja la de una Isla donde muchos apenas logran mantenerse a flote si caen al mar. La falta de piscinas para aprender y el pánico del régimen a que nos convirtiéramos en Aquaman y nos escapáramos en masa nos condenaron a solo chapotear antes de que nos puedan lanzar el salvavidas.

Varias auras tiñosas revolotean sobre un basurero próximo al río. Son animales que gustan de los residuos. También de las alturas. En mi edificio siempre las tenemos de visita. Respeto a estas aves. Hacen su labor de limpieza sin reclamar nada, de forma constante y hasta desdeñadas por su aspecto físico. Tienen un vuelo señorial. Una vez, cuando le mostraba a un estudiante extranjero las vistas desde el mirador de la Plaza de la Revolución, varios ejemplares se posaron cerca de la ventana. "Les atrae la carroña… política", le dije al avispado alemán. De un recoveco salió una guía oficial del local y me montó un pequeño acto de repudio por "denigrar al país ante un extranjero". Hay gente que no digiere bien las metáforas.

El tanquero que lleva el nombre del capitán Kolodkin puso rumbo a esta Isla, pero nadie sabe si finalmente atracará en nuestros puertos

Hablando de símbolos. Sigo con mi paso de cubana desbocada, a la que le urge llenar la jaba, y llego hasta los predios de la Embajada de la Federación de Rusia en La Habana. Nunca me ha gustado ese edificio. Parece la torre de control de un aeropuerto o una espada hundida en un costado de esta ciudad. Es tenebroso. Mientras paso a pocos metros de su fea estructura me pregunto qué pensarán en el Kremlin de nosotros. Me imagino a unos rusos hartos ya de sacarle las castañas del fuego a sus camaradas cubanos, pero necesitados también de tener aliados en este hemisferio.

Una vecina me pregunta si por fin el barco ruso llega o no llega. El tanquero que lleva el nombre del capitán Kolodkin puso rumbo a esta Isla, pero nadie sabe si finalmente atracará en nuestros puertos con su carga de combustible. Mi vecina se levantó hoy a las tres de la madrugada para, en un suspiro de electricidad, lavar y enviarle un mensaje por WhatsApp a su hija que vive en Madrid. "Ni se te ocurra venir", le escribió brevemente. Los padres tenemos un sexto sentido para detectar los peligros. "Tú no sabes nadar", le advertía uno este viernes a su pequeño ante las sucias aguas del Almendares. "Esto no hay quien lo soporte", escribía otra a su "niña" de 35 años cuando regresó la corriente en mi barrio.

Parece que esta vez nos hemos quedado sin salvavidas.

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