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Madruga, un pueblo detenido en la parada de ómnibus

Transporte

La falta de transporte convierte cada viaje en una odisea de horas y dinero en el municipio mayabequense

"Llevo cuatro horas aquí en la parada y no pasan ni las moscas". / 14ymedio
Julio César Contreras

12 de abril 2026 - 08:53

Madruga (Mayabeque)/La señal de tránsito junto a la parada de ómnibus tiene las casillas en blanco. No habría mejor símbolo para definir la falta de transporte público, el vacío que se extiende por la carretera central para quienes tienen que emprender viaje. En Madruga, Mayabeque, la parada se ha convertido en un sitio de espera sin promesas, un punto donde el tiempo se estira y la paciencia se pone a prueba bajo el cielo despejado y el polvo que levantan los pocos vehículos que logran pasar.

“La ruta que iba a San José de las Lajas dos veces al día ya no existe. Ahora hay que ir de tramo en tramo, montándose en cualquier cosa que pare”, explica Ignacio, un trabajador por cuenta propia que viene con frecuencia al pueblo. El hombre, con una mochila colgada a la espalda y las botas de goma todavía manchadas de tierra, observa la carretera como si en cualquier momento pudiera aparecer la salvación en forma de camión, motorina o camioneta improvisada.

Según cuenta Ignacio a 14ymedio, pudo montarse en un triciclo eléctrico que le cobró 500 pesos hasta Catalina de Güines, desde donde logró subirse a un camión de carga por otros 600 pesos. “Para venir tuve suerte, pero el regreso está muy complicado. Llevo cuatro horas aquí en la parada y no pasan ni las moscas. Mi única esperanza es que, extendiendo un billete de 1.000 pesos, algún chofer quiera llevarme”, lamenta, mientras se mueve inquieto de un lado a otro de la acera.

Solo una mujer con un niño pequeño se resguarda bajo el techo amarillo de la terminal, tratando de protegerse del calor y del cansancio. / 14ymedio

Contigua a la parada, la piquera desde donde salían los taxis particulares también está desolada, dejando sin posibilidades de viajar a Ceiba Mocha o Matanzas. El banco metálico, que antes era disputado por los pasajeros, permanece vacío durante largo tiempo. Solo una mujer con un niño pequeño se resguarda bajo el techo amarillo de la terminal, tratando de protegerse del calor y del cansancio acumulado tras horas de espera.

“Ya son más de las 2:00 de la tarde y hoy no ha entrado ni un solo carro. Ahora la cosa sí está mala, porque ni teniendo dinero en el bolsillo se puede salir de este lugar”, asevera un joven, a quien el municipio Unión de Reyes le parece más distante que nunca. El hombre revisa su teléfono con frecuencia, aunque sabe que la batería se agotará antes de que aparezca un vehículo dispuesto a recoger pasajeros. “Los pocos que están circulando son del mismo pueblo. Ningún particular va alquilado a Matanzas por menos de 40.000 pesos. La verdad que es un abuso”, se queja.

Preocupado por que llegue la noche sin poder embarcarse, el matancero ha ido varias veces con su hijo de cuatro años hasta una cafetería cercana, donde se estacionan los rastreros para consumir alimentos. El pequeño, sentado en el borde del banco, juega con un vaso vacío mientras mira la carretera con curiosidad. “Han pasado dos o tres rastras solamente. Todos los choferes me dicen que vienen cargados, que no pueden llevarme. Mi niño pregunta constantemente cuándo nos vamos. Me pide agua, comida y estamos en medio del camino. Desde por la madrugada salimos de San Nicolás de Bari y aún estamos dando tumbos. Ojalá no tengamos que dormir en un banco”, señala el joven padre, visiblemente agotado.

"A ningún dirigente le preocupa los trabajos que pasa el pueblo, porque todos ellos tienen en qué moverse”. / 14ymedio

Se podría cruzar la carretera sin mirar a ambos lados, a no ser por alguna que otra motorina eléctrica que rompe el silencio de la vía. Los ruidos provocados por los motores de combustión prácticamente han desaparecido de la carretera central. En los alrededores se ven pocos movimientos: un vendedor ambulante empuja un carrito con productos agrícolas, un ciclista pasa lentamente y, esporádicamente, algún camión levanta una nube de polvo que obliga a los presentes a cubrirse la cara.

“Tengo necesidad de llevarle un medicamento a mi madre que vive en Aguacate, a pocos kilómetros de aquí. Un trayecto que puede hacerse en minutos, demora un día entero, porque no hay ninguna guagua intermunicipal trabajando”, asegura una mujer, sentada en el mismo sitio desde media mañana, sin haberse movido ni a tomar un café por temor a dejar ir algún vehículo que pare. La mujer sostiene con fuerza su bolso y mira con ansiedad cada punto que aparece en el horizonte.

“La señal de tránsito está puesta por gusto. Me cansé de plantear en las reuniones de rendición de cuentas que en esta parada hace falta un inspector, pero a ningún dirigente le preocupa los trabajos que pasa el pueblo, porque todos ellos tienen en qué moverse”, alega la mujer, sin ocultar su molestia.

A medida que avanza la tarde, el sol cae a plomo sobre la acera y la sombra del techo amarillo se vuelve el único refugio para los viajeros atrapados en la espera. El reloj parece detenerse en Madruga. Únicamente el joven con su hijo y otras cuatro personas persisten en el intento de emprender una travesía cuya espera se vuelve insoportable debido al calor y la incertidumbre.

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