Los pardos y morenos de La Habana que ayudaron al nacimiento de Estados Unidos
Historia
La capital cubana no solo aportó la plata que ayudó a hacer posible Yorktown. También envió a Pensacola 264 hombres de sus batallones de pardos y morenos libres. Su presencia revela una Cuba esclavista y desigual, pero bastante más compleja que una simple división entre blancos libres y negros esclavos.
Málaga (España)/El pasado 4 de julio se celebró el 250 aniversario de la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Hace unos meses recordé en estas páginas que de La Habana salió la plata que ayudó a financiar la campaña de Yorktown. Fue un préstamo de medio millón de pesos, reunido en unas horas por hacendados y otros particulares cuando la tesorería aguardaba todavía el numerario de Veracruz. Aquel dinero proporcionó al almirante francés De Grasse los recursos que necesitaban las fuerzas aliadas en el Chesapeake. La victoria de Yorktown no produjo por sí sola la independencia, pero precipitó el desenlace de la guerra y abrió el camino a la paz de 1783.
Pero de La Habana no salió solamente plata.También salieron barcos, armas, víveres y soldados. Y la ciudad cumplió otra función menos vistosa, aunque decisiva: mientras sus milicias protegían una de las grandes bases navales de la Monarquía, las tropas regulares podían operar lejos de Cuba. La Habana fue caja, arsenal, puerto, astillero y reserva militar de una guerra atlántica.
Las victorias españolas aseguraron el bajo Misisipi, deshicieron la posición británica en la costa y obligaron a Londres a repartir hombres, barcos y dinero entre más frentes
La ofensiva de Bernardo de Gálvez había comenzado en 1779, después de que España entrara en guerra con Gran Bretaña. Fort Bute, en Manchac (Luisiana), cayó el 7 de septiembre; Baton Rouge, el 21. En marzo de 1780 se rindió Mobile. Quedaba Pensacola, capital de la Florida Occidental británica y principal plaza enemiga en el Golfo. No eran escaramuzas decorativas: las victorias españolas aseguraron el bajo Misisipi, deshicieron la posición británica en la costa y obligaron a Londres a repartir hombres, barcos y dinero entre más frentes.
En todas esas operaciones combatieron hombres libres de ascendencia africana, pero no siempre procedían de La Habana. En Manchac y Baton Rouge participaron unos ochenta pardos y morenos, principalmente de las compañías de Nueva Orleans. También eran de Nueva Orleans los 107 milicianos de color contados en la fuerza que tomó Mobile. Los batallones habaneros aparecen identificados de manera inequívoca en la campaña de Pensacola.
La primera gran expedición salida de La Habana, en octubre de 1780, fue dispersada por un huracán. Parte de sus tropas terminó en Nueva Orleans. Cuando Gálvez volvió a zarpar de La Habana el 28 de febrero de 1781 y reunió después refuerzos de varios puntos del Caribe, aquellos hombres se reincorporaron a la ofensiva. Una relación militar registra 130 soldados del Batallón de Pardos Libres de La Habana y 134 del Batallón de Morenos Libres de La Habana: 264 hombres de los cuerpos habaneros en Pensacola.
Tras entrar con audacia en la bahía y recibir nuevos contingentes de Mobile, Nueva Orleans, La Habana y Saint-Domingue, Gálvez levantó un ejército de varios miles. Había soldados peninsulares y americanos, criollos de Luisiana y Cuba, franceses, irlandeses al servicio de España, indígenas aliados, marineros, voluntarios, pardos y morenos libres. Era una fuerza atlántica, heterogénea y monárquica. Pensacola capituló el 10 de mayo de 1781.
La victoria no causó Yorktown mediante una sencilla carambola geopolítica. La historia rara vez concede trayectorias tan limpias. Sí privó a Gran Bretaña de posiciones esenciales, la obligó a sostener un frente meridional y aseguró rutas por las que circulaban dinero, pólvora, armas y suministros. Formó parte del conjunto de presiones que hizo posible el desenlace de la guerra.
El color podía limitar oficios, honores, estudios, matrimonios y cargos
En el lenguaje social y administrativo de la Cuba española del siglo XVIII, moreno solía designar a una persona negra, mientras que pardo se aplicaba, en términos generales, a quienes se consideraba de ascendencia mixta, sobre todo africana y europea. No eran fracciones de una receta genealógica ni casillas capaces de medir la sangre con precisión de boticario. Dependían de la familia conocida, el aspecto, la reputación, el contexto y, no pocas veces, de la mirada del funcionario que empuñaba la pluma.
Tampoco eran palabras necesariamente insultantes. Aparecían en censos, partidas sacramentales, expedientes militares, pleitos y protocolos notariales. Pero no eran términos neutrales: situaban a cada persona dentro de un orden racializado y jerárquico. El color podía limitar oficios, honores, estudios, matrimonios y cargos. Llamar a alguien pardo o moreno no equivalía a expulsarlo de la sociedad; significaba asignarle un lugar subordinado dentro de ella.
La Monarquía española incorporaba desde el siglo XVI a hombres libres de ascendencia africana en la defensa de sus costas americanas. La Habana, situada sobre las rutas de las flotas y expuesta a corsarios y armadas enemigas, necesitaba todos los brazos disponibles. En 1582 se organizaron las primeras compañías de milicias de la ciudad y, a comienzos del siglo XVII, ya existía una compañía independiente de pardos con alrededor de cien hombres.
La institución creció hasta convertirse en una presencia visible de la vida urbana. Los registros de 1761 indican que uno de cada cinco varones pardos o morenos pertenecía a la milicia, frente a uno de cada doce blancos. Figuran tres comandantes de color, 74 oficiales graduados y unos 400 soldados. Algunos jefes costeaban armas y uniformes de sus subordinados: un desembolso que exhibía lealtad al rey, pero también dinero, clientelas y autoridad social.
No eran esclavos a quienes se entregaba precipitadamente un fusil cuando aparecía una vela inglesa en el horizonte. Eran hombres libres, encuadrados en cuerpos separados, con mandos, disciplina y tradiciones familiares de servicio. Durante el periodo de actividad podían obtener exenciones; los veteranos aspiraban a compensaciones; y el fuero militar les daba acceso a la jurisdicción castrense, con protecciones que no poseía cualquier vecino. El uniforme confería prestigio y la corporación ofrecía una voz colectiva.
También imponía límites. El Reglamento de 1769 reconoció privilegios y regularizó esos cuerpos, pero colocó sobre sus mandos una plana mayor blanca y redujo la autonomía que habían ejercido. La Corona premiaba un servicio que necesitaba y, al mismo tiempo, vigilaba el poder adquirido por quienes lo prestaban. Esa doble operación —incorporar y subordinar— resume bastante bien el funcionamiento del sistema.
Dos veteranos pardos de las milicias cubanas, José Maldonado y Manuel José Castellanos, reclamaron fuero, rango o salario invocando los servicios militares acumulados por sus familias. Maldonado era platero y pertenecía a una extensa estirpe de milicianos de La Habana. Castellanos era barbero y antiguo cabo primero de granaderos del Batallón de Pardos Libres de Cuba y Bayamo, poseía una vivienda e incluso un esclavo doméstico. No alcanzaron el reconocimiento completo que pretendían, pero el hecho mismo de que acudieran a escribanos, tribunales y archivos demuestra que no se consideraban ajenos a la comunidad política: se veían como súbditos cuyos méritos debían otorgarles consideración, privilegios y derechos.
Era una sociedad esclavista, desigual y construida sobre una jerarquía en cuya cúspide se encontraba la blancura
Nada de esto convierte a la Cuba española en un paraíso de convivencia racial. Era una sociedad esclavista, desigual y construida sobre una jerarquía en cuya cúspide se encontraba la blancura. La esclavitud y las distinciones de color estaban legal y socialmente normalizadas en buena parte del mundo atlántico, aunque ya entonces suscitaran objeciones morales y religiosas. Desde el siglo XVI, la Corona española y una poderosa corriente de la teología católica habían reconocido la libertad natural de los pueblos indígenas y restringido su esclavización; aquella protección, incompleta y muchas veces burlada, no se tradujo en una defensa equivalente de los africanos, cuya trata alimentó la economía americana. Los principios no habían desaparecido: se aplicaban con una selectividad muy rentable.
Pero la sociedad habanera tampoco se dividía únicamente entre blancos libres y negros esclavos. El censo de 1774 contó 10.881 personas libres de color, alrededor de uno de cada siete habitantes, junto a 21.281 esclavos y 43.392 blancos. Aquella población ejercía oficios, poseía talleres y viviendas, formaba familias y cofradías, compraba la libertad de parientes y servía en las milicias. La negritud y la esclavitud estaban estrechamente asociadas, pero nunca llegaron a ser equivalentes.
No era igualdad. Era una jerarquía más graduada, corporativa y negociable. Importaba el color, pero también la “calidad”: una combinación variable de ascendencia, apariencia, legitimidad del nacimiento, oficio, riqueza, educación, vestimenta, reputación, matrimonio, compadrazgo y servicios. Una persona podía recibir denominaciones diferentes en documentos distintos. La propiedad, una ocupación respetada o una red de relaciones no borraban el origen, pero podían reducir su peso público.
El cuerpo no cambiaba. Cambiaba la mirada social, que suele tener una excelente vista para distinguir colores entre los pobres y una oportuna miopía cuando aparece el dinero.
Esa flexibilidad tampoco era una escalera al alcance de todos. La Pragmática matrimonial, promulgada en 1776 y extendida a América en 1778, reforzó la capacidad de las familias para oponerse a matrimonios considerados desiguales, y buena parte del mestizaje ocurrió mediante relaciones informales. La negociación convivía con la coerción; la movilidad de algunos no deshacía la subordinación de la mayoría.
Durante generaciones se consolidó, sin embargo, la asociación entre aproximarse a la blancura y mejorar la posición familiar. Ahí puede situarse una genealogía amplia de “adelantar la raza”, expresión cubana aplicada a la elección de una pareja de piel más clara. El vocabulario posterior —mulato, jabao o blanconazo— prolongó la obsesión por graduar el color, aunque no reprodujo sin cambios las categorías de la Cuba española del siglo XVIII.
Entre una época y otra mediaron la expansión brutal de la plantación azucarera y la trata en el siglo XIX, la abolición, las guerras de independencia, la República y la Revolución.
Cada etapa rehízo las relaciones raciales. La Revolución desmontó barreras y amplió oportunidades educativas, pero proclamó que había eliminado el racismo, según esa costumbre tan suya de dar por resueltos los problemas después de prohibir que se hablara de ellos. Las palabras, los prejuicios familiares y el colorismo sobrevivieron al decreto.
Lo que distinguía a Cuba no era la ausencia de racismo, sino una incorporación social y jurídica más amplia de los libres de color
Todo ello deja sin suelo dos relatos igualmente simples. Uno convierte el mestizaje hispánico en una convivencia casi armoniosa; ya hemos visto que no lo fue. El otro, heredero de la Leyenda Negra, transforma lacras extendidas por buena parte del mundo atlántico en una singularidad española y presenta la América hispánica como un espacio especialmente esclavista, discriminatorio, atrasado e inmóvil, sin someter a las sociedades británicas, francesas y holandesas al mismo examen.
La diferencia con buena parte de la América británica continental fue, sin embargo, real. En colonias como Virginia se estrechó mucho más la identificación entre ascendencia africana, inferioridad jurídica y esclavitud; después, Estados Unidos endureció durante largos periodos una frontera racial más binaria. La Luisiana francesa y española no encaja en ese esquema: desarrolló una importante comunidad libre de color, precisamente la que combatió con Gálvez en las primeras campañas. Tampoco puede proyectarse el modelo de Virginia sin más sobre todo el Caribe británico.
Lo que distinguía a Cuba no era la ausencia de racismo, sino una incorporación social y jurídica más amplia de los libres de color y unas fronteras raciales más graduadas y permeables. El Caribe británico, francés u holandés tampoco fue un modelo de igualdad ni de movilidad. Sin embargo, la comparación suele escoger a Estados Unidos y Canadá como representantes del legado británico, mientras omite Jamaica, la Guayana Británica, Belice y las demás sociedades esclavistas del Caribe. Se compara la vitrina de un imperio con el sótano del otro y después se presenta el resultado como una demostración científica.
La misma transferencia de responsabilidades reaparece en otro argumento todavía menos sostenible. La pobreza actual de la Isla no puede explicarse por una administración española concluida en 1898, sino ante todo por el sistema político y económico implantado desde 1959, que destruyó sus capacidades productivas, su iniciativa privada y buena parte de su sociedad civil. Culpar a la Capitanía General de Cuba de los apagones del siglo XXI exige ya una imaginación superior a la que suele atribuirse al realismo mágico.
Los pardos y morenos de La Habana no combatieron por la abolición, la igualdad racial ni una república norteamericana que difícilmente podían imaginar como propia
Los pardos y morenos de La Habana no combatieron por la abolición, la igualdad racial ni una república norteamericana que difícilmente podían imaginar como propia. Lucharon como súbditos de la Monarquía española, dentro de una sociedad jerárquica que los necesitaba armados y los quería subordinados. Pero eran libres, estaban organizados, habían heredado una tradición militar y sabían presentar sus méritos.
Estados Unidos no solo tuvo una deuda financiera con La Habana. Tuvo también una deuda militar y humana con el Caribe español. La documentación obliga a distinguir a los libres de color de Nueva Orleans que estuvieron en Manchac, Baton Rouge y Mobile de los 264 hombres de los batallones habaneros registrados en Pensacola. La precisión no empequeñece el homenaje; le da fecha, lugar y protagonistas.
No peleaban bajo una bandera cubana que aún no existía. Pero su presencia deja una última corrección en el relato fundacional norteamericano: también hubo pardos y morenos de La Habana en la guerra que ayudó a fundar Estados Unidos.