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Plan pijama en la Biblioteca Nacional

Carlos Valenciaga, jefe de despacho de Fidel Castro, mientras daba lectura a la Proclama en la noche del pasado 31 de julio. (Fotograma)
Zunilda Mata

29 de agosto 2016 - 10:06

La Habana/El mayor sueño de un defenestrado es vivir para contarlo. Cada día que pasa desde que fue apartado de su puesto como secretario personal de Fidel Castro, Carlos Valenciaga siente que está más cerca de sobrevivirlo. Qué se olviden de él, es lo que fantasea en medio de libros viejos, manuscritos llenos de polvo e incunables valiosos, en un oscuro departamento de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, en La Habana.

La voz de Valenciaga fue la primera que leyó la proclama a través de la cual Castro cedió sus cargos en julio de 2006. Fue su rostro, lampiño y joven, el encargado de dar a conocer la noticia que muchos esperaban y otros tantos temían. En ese momento crucial, Valenciaga resultó el hombre elegido, pero esa nominación le costaría el camino hacia la cima.

Durante el almuerzo, el sótano de la Biblioteca Nacional se convierte en un hervidero de empleados que hacen la fila, algunos llevan su propia cuchara o un recipiente con algo de comida que han traído de casa para agregar a la menguada ración. Un hombre rodeado de mujeres hilvana historias simpáticas y chistes verdes. Pocos recuerdan ya el poder que una vez tuvo.

Valenciaga se colocó en la mirilla de la Seguridad del Estado cuando el 16 de septiembre de 2006 organizó una fiesta por su cumpleaños 34 mientras el presidente cubano luchaba por su vida en una cama. Un video, que solo fue exhibido a los militantes del Partido Comunista y funcionarios confiables, lo delataba con una botella en la entrepierna durante el festejo y una hilarante gorra de comandante sobre su cabeza.

Valenciaga se colocó en la mirilla de la Seguridad del Estado cuando el 16 de septiembre de 2006 organizó una fiesta por su cumpleaños 34 mientras el presidente cubano luchaba por su vida en una cama

En aquel material audiovisual se mostraban escenas que Raúl Castro llamaría posteriormente una "conducta indecente" en una atmósfera de "relajamiento moral". El General se ufanó de haber eliminado a los dirigentes "probeta" que habían escalado desde organizaciones juveniles a puestos de mayor confianza. Quería dar la imagen de que apostaba por la institucionalidad en detrimento del capricho que primaba en las decisiones de su hermano.

Aunque las imágenes se enfocaban en las razones para la destitución de Carlos Lage de su cargo de vicepresidente y de Felipe Pérez Roque como canciller, también abordaban la caída de otros altos dirigentes. Lanzaba a la picota pública a Otto Rivero, vicepresidente del Consejo de Ministros y unos de los pocos nombres mencionados en la Proclama; Fernando Remírez de Estenoz del Departamento de Relaciones Internacionales del PCC, Martha Lomas, ministra de Inversión Extranjera y Colaboración Económica, y Raúl de la Nuez, titular de Comercio Exterior.

Las acusaciones iban desde haberse vuelto "adictos a las mieles del poder", hasta haber sido desleales, deshonestos o haber abusado de su poder. El "plan pijama" se cernió sobre todos, sin derecho a apelación. Lage languidece hoy en la campaña contra el Aedes aegypti, Felipe Pérez Roque ha debido rebasar una crisis nerviosa que lo llevó al borde del suicidio y Estenoz alquiló parte de la sala de su casa para gestionar un restaurante con el nombre de Complacer.

A Valenciaga, no obstante, le siguen atrayendo los hombres poderosos. Durante los años de su larga defenestración ha revisado minuciosamente los documentos que una vez pertenecieron al aristócrata Julio Lobo Olavarría. Los libros que formaron la biblioteca del hombre que llegó a poseer 16 centrales azucareros, una agencia de radiocomunicaciones, aseguradora, naviera y hasta una petrolera, son el foco de atención del otrora benjamín.

Lobo, a su vez obsesionado por la figura de Napoleón Bonaparte, atesoró más de 200.000 documentos del militar y gobernante francés, entre ellos 6.000 cartas y un repertorio de incunables, volúmenes únicos y raros que pasaron a formar parte de los archivos de la Biblioteca Nacional una vez confiscadas las propiedades del empresario. Valenciaga se ha sumergido en ese tesoro para redactar un estudio sobre el papel moneda de la Revolución Francesa.

Valenciaga vivió más de cien horas junto a Fidel Castro, pero aún aguarda cautelosamente el momento para narrarlas

Poco queda ahora de la arrogancia de antaño. El gris empleado de un lugar a donde frecuentemente envían a los defenestrados, hace todo lo posible por no ser visto como el hombre que una vez formó parte del Consejo de Estado y de Ministros. Lucha contra dos enemigos: la Seguridad del Estado y las enfermedades pulmonares que causa un ambiente cerrado, cargado de libros viejos y una deficiente climatización. Entre los agentes "del aparato" y los microorganismos transcurre su vida.

Sin embargo, el ex secretario del Consejo de Estado ha tenido a buen recaudo, eso sí, poner como primera bibliografía consultada para su investigación sobre el papel moneda, el libro Cien Horas con Fidel, Conversaciones con Ignacio Ramonet. Un volumen que generó en su momento un chiste popular en las calles cubanas en el que se cuestionaba "¿Para qué vamos a leer eso de cien horas con Él, si nosotros hemos pasado toda la vida soportándolo?"

El hombre que una vez se colocó a la diestra del poder camina ahora con cautela. Sus colegas de departamento aseguran que "no habla de política", prefiere las insinuaciones sexuales sobre las empleadas más atractivas, que las alusiones a la Plaza de la Revolución y a sus antiguas responsabilidades. "Es como un muchacho con ganas de ir a fiestas y tocar nalgas", detalla para 14ymedio una de sus compañeras más cercanas.

Valenciaga vivió más de cien horas junto a Fidel Castro, pero aún aguarda cautelosamente el momento para narrarlas.

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