Un recorrido por las ruinas del imperio Gaesa
Crónicas de La Habana
Un recorrido por El Vedado revela el declive del entramado comercial que los militares levantaron para controlar remesas, turismo y tiendas en divisas
La Habana/Hay edificios que se derrumban con estruendo y otros que se desmoronan en silencio. El antiguo centro de procesamiento de tarjetas de Fincimex, en la calle 23 de El Vedado, pertenece a esta segunda categoría. Paso frente a su entrada y apenas encuentro un cartel descolorido que todavía proclama la grandeza de una empresa que llegó a controlar buena parte de los dólares que entraban al país. Detrás de los cristales polvorientos ya no hay colas, ni empleados apresurados, ni cubanos esperando que les entregaran aquella tarjeta magnética que abría la puerta a las remesas enviadas por un familiar emigrado. Solo quedan el eco de una época.
Durante años, ese local fue un embudo por donde pasaba el dinero de miles de familias. La prosperidad al interior de los hogares cabía en un plástico con banda magnética y el sello de Fincimex. Había que esperar días para obtenerlo, pero quien salía con la tarjeta en la mano sentía que había conquistado un salvavidas. Hoy el portal luce abandonado, el yeso se desprende de las paredes y el silencio ha ocupado el lugar donde antes reinaba la impaciencia.
Cruzo la acera y vuelvo sobre mis pasos. El calor convierte el asfalto en una plancha y las sombras de los árboles son escasas. En el camino entro en uno de esos mercados en dólares que hace apenas unos años simbolizaban el poder de Cimex, esa inmensa telaraña empresarial del Grupo de Administración Empresarial S.A. (Gaesa), el conglomerado militar que quiso controlar casi todo: las remesas, los hoteles, las tiendas en divisas, las importaciones, los puertos y hasta el último centavo que un cubano recibía del exterior.
Desaparecieron las bolsas de pollo congelado que algunos empleados recibían como estímulo, el transporte que los recogía y los llevaba hasta la puerta del establecimiento
¡La empleada apenas levanta la vista cuando cruzo la puerta. Se abanica con un pedazo de cartón doblado mientras espera que termine la jornada. Tiene el rostro cansado y una expresión agria que desmiente aquella imagen de suficiencia con que muchos dependientes de Cimex atendían al público cuando trabajar allí equivalía a ocupar un puesto privilegiado. Le pregunto por un producto y responde con desgano. Antes de que pueda insistir, suspira: “Ni siquiera he podido merendar”.
No hace falta que me diga más. Su propia apariencia completa la historia. Desaparecieron las bolsas de pollo congelado que algunos empleados recibían como estímulo, el transporte que los recogía y los llevaba hasta la puerta del establecimiento, el módulo alimenticio que llegaba puntualmente y hasta las discretas propinas que dejaban clientes agradecidos por encontrar un litro de aceite o un paquete de detergente. Ahora, sin monedas estadounidenses para el cambio y dando el vuelto en calditos concentrados o caramelos, casi nadie les deja un regalo de centavos, ni siquiera en billetes cubanos.
La decadencia tiene un modo muy particular de igualar a las personas. Los trabajadores que alguna vez parecían formar parte de una élite comercial comparten hoy el mismo cansancio que el resto del país. Los privilegios se evaporaron con la misma rapidez con que comenzaron a faltar los productos en los estantes.
Bajo hasta el mar. En los alrededores del hotel Grand Aston el paisaje resulta desconcertante. Las instalaciones lucen impecables, pero reina un silencio impropio de un establecimiento turístico. Apenas se escucha el golpe persistente de las olas contra el cercano Malecón. Cuesta creer que este fue uno de los proyectos más ambiciosos impulsados por Gaviota, propiedad de los militares cubanos, y que gestionaban junto a un socio extranjero que terminó marchándose de la Isla. Donde se prometía un flujo constante de visitantes, ahora predominan la quietud y la sensación de espera.
Las sanciones impuestas desde Washington golpearon precisamente los nodos donde el conglomerado había acumulado mayor influencia
Durante años, Gaesa levantó un imperio económico con la ambición de controlar cada rincón rentable del país. Las remesas terminaron bajo Fincimex; el turismo pasó a manos de Gaviota; las tiendas en moneda libremente convertible crecieron como hongos bajo el paraguas de TRD y Caribe; las importaciones y buena parte de la logística también quedaron en su puño. Parecía un modelo inexpugnable, una maquinaria diseñada para concentrar recursos y poder.
Pero esa misma concentración acabó convirtiéndose en su mayor debilidad. Las sanciones impuestas desde Washington golpearon precisamente los nodos donde el conglomerado había acumulado mayor influencia. Cuando el centro del sistema comenzó a resentirse, la onda expansiva alcanzó oficinas, comercios, hoteles y trabajadores que habían construido su rutina alrededor de aquella gigantesca estructura.
Mientras regreso sobre mis pasos vuelvo a mirar el edificio de Fincimex en la calle 23. Pienso que las ruinas no siempre son montañas de escombros. También existen las ruinas administrativas, las comerciales y las simbólicas. Permanecen en pie, con las puertas cerradas y los carteles aún colgados, como si esperaran un regreso imposible. Quizás ese sea el destino final de los imperios que quisieron abarcar demasiado: descubrir, cuando ya es tarde, que el tamaño también puede ser una forma de fragilidad.