Crónicas de La Habana
"Aquí, sobreviviendo"
Crónicas de La Habana
La Habana/Hoy no pude bajar la basura por las escaleras. No pesaba más que otras veces, pero el cuerpo me envió un telegrama breve y contundente: "Ni lo intentes. Cada célula carga demasiados días de cansancio acumulado". Así que dejé la bolsa junto a la puerta y salí únicamente con la cartera, la sombrilla, el pomo de agua, el repelente para mosquitos y las jabas. También eché al bolso el móvil, cada día más inútil en un país donde conectarse a internet o hacer una llamada puede demorar más que entregar el mensaje en persona.
Mientras desciendo los más de 120 escalones del edificio, los saludos son cada vez más escuetos, casi murmullos. Pocos se atreven ya a decir "buenos días" o "buenas tardes", porque de bueno queda muy poco. Las conversaciones giran alrededor de las horas acumuladas sin electricidad, del calor insoportable que apenas dejó pegar un ojo la noche anterior o de los problemas con el suministro de agua. Un vecino resume el estado de ánimo colectivo con una frase que se ha convertido en saludo: "Aquí, sobreviviendo". Lo dice como si todos participáramos en uno de esos programas de telerrealidad donde hay que cruzar ríos embravecidos, cazar para alimentarse y encontrar una cueva donde pasar la noche.
Pocos se atreven ya a decir "buenos días" o "buenas tardes", porque de bueno queda muy poco
Avanzo por Tulipán hasta Ayestarán. Las panaderías del mercado racionado, frente a las que paso cada mañana, permanecen cerradas. Una mujer le advierte a otra que no pierda el tiempo regresando al oscuro mostrador porque hoy, asegura, "no van a sacar ni donde amarrar la chiva". Casualmente, apenas unos metros más adelante, un muchacho ha sacado a pastar un pequeño rebaño de chivos entre la hierba que ha brotado sobre las ruinas de un edificio derrumbado. En esta versión cubana de la supervivencia televisada, ese pastor urbano tendría muchas posibilidades de convertirse en finalista.
Mientras unos libran la batalla diaria en calles y aceras, otros han decidido atrincherarse puertas adentro. Como ya nadie deposita demasiadas esperanzas en las termoeléctricas ni en el sistema energético nacional, cada cual intenta construir su propia isla de estabilidad. Quien puede compra una batería recargable; quien tiene más recursos instala una planta eléctrica o unos paneles solares.
Una amiga, agotada de pagar hasta 640 pesos por una bolsa de pan en algunos negocios privados, terminó comprándose una panificadora. A la inversión inicial ha tenido que sumar el precio de la harina, la levadura y la incertidumbre de los apagones. "La he puesto tres veces", me cuenta. "Solo una logró terminar el ciclo completo". Las otras dos, la electricidad desapareció antes del horneado y la máquina quedó custodiando una masa agria e incomible.
Otro conocido ha cubierto su azotea de paneles solares y ha diseñado un sistema eléctrico que le permite alimentar toda la vivienda con un simple interruptor. "Ahora consumo del Indio, del Amarillo, del que nunca se le rompe la caldera ni se dispara por una avería", bromea, burlándose de la interminable colección de explicaciones que ofrece la Unión Eléctrica para justificar cada colapso. "Yo sí hice una revolución energética", presume mientras enseña los inversores y las baterías que le han devuelto algo parecido a la normalidad.
También el ocio sigue organizándose por cuenta propia. Ante las interrupciones constantes de la señal televisiva, varios jóvenes del barrio han improvisado en los bajos de su edificio una pequeña sala para seguir el Mundial de fútbol. Un EcoFlow, un televisor y unos tablones convertidos en bancos bastan para reunir a los aficionados. Desde un apartamento de los pisos superiores baja el cable conectado a una de esas antenas parabólicas que siguen siendo ilegales, aunque se hayan vuelto casi tan habituales en Cuba como los insultos cotidianos contra Miguel Díaz-Canel.
Después de fracturarse una clavícula, una antigua compañera de la universidad decidió prepararse para una eventual hospitalización. Lo que guarda en varias cajas no es exactamente un botiquín de primeros auxilios. Hay sondas urinarias, catéteres intravenosos, sueros, hilos de sutura, jeringuillas, guantes desechables y otros materiales que cualquier hospital debería proporcionar. "Si vuelvo a estar ingresada, prefiero llegar con todo", explica. También ella intenta blindarse frente a la escasez.
Cada historia parece distinta, pero todas responden a la misma lógica: fabricar, dentro de los límites de la vivienda, un pequeño país funcional
Cada historia parece distinta, pero todas responden a la misma lógica: fabricar, dentro de los límites de la vivienda, un pequeño país funcional. Una panadería doméstica. Una compañía eléctrica particular. Un cine improvisado. Un almacén médico privado. Como si cada familia levantara una diminuta república donde todavía fuera posible resolver aquello que el Estado dejó de garantizar.
Pero ninguna casa puede convertirse en un país. No hay panificadora capaz de sustituir una red de panaderías que horneen cada madrugada, ni paneles solares suficientes para reemplazar un sistema eléctrico nacional, ni almacén sanitario propio que alimente unos servicios de salud en ruinas. Tampoco caben entre cuatro paredes los hospitales, el transporte, las comunicaciones y, mucho menos, los trozos de la nación que cada día recogemos de allá afuera.
Al regresar a casa, la bolsa de basura seguía junto a la puerta. Mañana, si el cuerpo concede una tregua, intentaré bajarla. En esta competencia nadie gana un premio. El objetivo es simplemente llegar vivo al episodio siguiente.
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