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Tres minutos para el cumpleaños de mi madre

Familia

La falta de electricidad y conexión convierte una llamada familiar entre Berlín y Villa Clara en una odisea marcada por la distancia y el exilio 

Esa noche comprendí que el exilio no siempre duele por la distancia. A veces duele por las cosas más simples. / 14ymedio
Yankiel Gutiérrez Faife

02 de agosto 2026 - 10:16

Berlín/A las cinco de la tarde terminé mi jornada de trabajo en Berlín. Había sido un día largo, pero desde que salí de casa por la mañana mi cuerpo estaba en Alemania y mi cabeza en Cuba. Ese día mi madre cumplía años y solo pensaba en una cosa: lograr hablar con ella antes de que terminara el día de su cumpleaños en la Isla.

Durante el trabajo miré el reloj varias veces. No porque quisiera que acabara el turno, sino porque hacía cálculos con la diferencia horaria. Sabía que no sería una llamada cualquiera. En Cuba, una llamada depende de demasiadas cosas: que haya electricidad, que los teléfonos tengan batería, que haya disponible cobertura y conexión a internet, y que alguien pueda contestar.

Al llegar a casa ni siquiera me cambié de ropa. Lo primero que hice fue comprar minutos internacionales. No podía llamar por WhatsApp, y los mensajes que enviaba no podían ser entregados. Sin electricidad tampoco hay internet, y cuando los apagones duran casi todo el día, una videollamada es un lujo prácticamente imposible. Quería escuchar la voz de mi madre, aunque fueran solo unos minutos, saber cómo estaba y desearle un feliz cumpleaños con mi propia voz.

Marqué el teléfono de la casa, daba apagado y seguí esperando, así hasta las 11:30 de la noche en Berlín, en Cuba las 5:30 de la tarde. Intenté volver a llamar, nadie respondió. Volví a llamar. Nada.

En Cuba, una llamada depende de demasiadas cosas

No me sorprendió. Imaginé los teléfonos descargados sobre una mesa, esperando esa única hora de electricidad que muchas veces reciben durante el día. En Cuba ya nadie da por hecho que un teléfono estará encendido.

Entonces marqué el número de Yolanda, la vecina que aún, por suerte, tiene un teléfono de minutos, aunque también de batería.

Ella se ha convertido, sin proponérselo, en el puente entre mi familia y yo cuando los apagones dejan incomunicada la casa de mis padres. Dispongo de solo unos pocos minutos entre 3 y 5, ya que es para urgencias.

–Hola, Yolanda. ¿Cómo está?

–¡Oye mi niño! Qué alegría escucharte. ¿Cómo estás?

Le expliqué que llamaba para felicitar a mi madre.

–¿Podría hablar con ella tres minutos?

–Claro, espera un momento. Ahora la llamo. 

Colgué y volví a llamar en cinco minutos.

Mientras esperaba pensé en todo lo que había ocurrido aquel día.

En cualquier otro país, recorrer poco más de doscientos cincuenta kilómetros sería un viaje de unas horas. En Cuba puede significar esperar meses

Mi hermana había viajado desde La Habana para celebrar el cumpleaños. Hacía seis meses que no podía visitar a mis padres. No porque no quisiera o estuviera ocupada. Simplemente porque no había combustible, ni medios para ir.

En cualquier otro país, recorrer poco más de doscientos cincuenta kilómetros sería un viaje de unas horas. En Cuba puede significar esperar meses.

Al final, mi hermana, una tía y varios primos reunieron dinero para alquilar un automóvil. Solo así pudieron llegar a Villa Clara. Me impresionó pensar que, viviendo en la misma Isla, mi hermana necesitara planificar un viaje como si fuera a otro país.

Yo estaba a más de ocho mil kilómetros de distancia. Ella, a poco más de doscientos cincuenta. Y sin embargo, los dos teníamos casi las mismas dificultades para llegar hasta nuestra madre.

De pronto escuché una voz al otro lado de la línea.

–¿Hola, Pipo?

Era mi madre.

Intentó decir algo, pero las palabras se le quedaron atrapadas entre el llanto

Sentí un nudo en la garganta.

–Mami, felicidades. Te deseo mucha salud, muchos años de vida. Espero que muy pronto podamos celebrar este día juntos.

Durante unos segundos no respondió.

Solo la escuché llorar.

Intentó decir algo, pero las palabras se le quedaron atrapadas entre el llanto.

Después tomó el teléfono mi padre e intentaron ocultarme y desviar la atención sobre el llanto de mi madre, pero yo la conozco. Hablamos apenas un minuto mi padre y yo. Me preguntó cómo estaba y cómo iba el trabajo. Luego volvió mi madre.

Le repetí que estaba bien, que no se preocupara por mí y que la quería mucho.

Estoy seguro de que intentó contener las lágrimas para que yo no me preocupara. No me lo dijo. Tampoco hacía falta. Soy su hijo y conozco el silencio de mi madre. Sé cuándo intenta parecer fuerte aunque por dentro esté hecha pedazos. Mientras la escuchaba, sentí un nudo en la garganta y tuve que hacer un esfuerzo para que mi propia voz no se quebrara.

Entonces la llamada se cortó.

Al menos pude felicitarla. No fue una videollamada y no pude verla sonreír. No pude cantarle el cumpleaños. No pude abrazarla. Solo pude regalarle tres minutos

El teléfono de minutos se había quedado sin batería.

No hubo tiempo para despedirnos.

Me quedé mirando la pantalla del móvil durante unos segundos y pensando, como si la llamada pudiera regresar, pero no fue así. Pensé en la imagen que seguramente había quedado al otro lado: mi madre sosteniendo el teléfono apagado, con lágrimas en los ojos, después de escuchar la voz de su hijo durante apenas unos minutos.

Al menos pude felicitarla. No fue una videollamada y no pude verla sonreír. No pude cantarle el cumpleaños. No pude abrazarla. Solo pude regalarle tres minutos.

Esa noche comprendí que el exilio no siempre duele por la distancia. A veces duele por las cosas más simples. Por no poder llamar cuando uno quiere. Por depender de la batería de un teléfono prestado. Por comprar minutos internacionales muy costosos porque internet desaparece cada vez que se va la electricidad.

Mientras en Berlín la ciudad seguía iluminada y el metro continuaba funcionando con normalidad, en Cuba mi familia esperaba el próximo momento en que regresara la corriente para volver a cargar un teléfono.

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