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"Aquí no viene nadie"

Los damnificados por el tornado, con sus casas arrasadas, lamentan la desatención de las autoridades

La cocina de Ada. (14ymedio)
Luz Escobar

31 de enero 2019 - 14:19

La Habana/Por la amplia explanada de la Iglesia de Jesús del Monte van los vecinos de la calle Mango a buscar comida. Ahí estaba Fefa, que salía este martes al mediodía junto a dos amigas con los platos en la mano. Hablaban bajo el sol, que picaba fuerte, agitándolos de un lado a otro sin que la comida, intacta, se desparramara.

"¿Tú eres periodista? Bien, escucha esto. Aquí no ha venido nadie, la mitad de mi casa se cayó completa, estoy durmiendo a la intemperie, sin colchones. Ahora vine a la iglesia a que me diera comida porque no tengo ni qué darle a mi hija. Es una falta de respeto que aquí nadie del Gobierno haya venido, y todas somos madres", dice mientras baja la loma que lleva a su calle y hace un gesto con la mano pidiendo que la siga.

La calle Mango es larga y empinada y desde el domingo está llena de escombros y postes caídos. Fefa camina a gran velocidad mientras va gritando a todo lo que le alcanza la voz: "Ven, tú tienes que ver cómo está la calle Mango. Nadie baja hasta acá, el Gobierno tiene que estar aquí en el pueblo, con nosotros y no en el helicóptero. Aquí nadie ha visto cómo está 10 de Octubre. Si no es por la iglesia nos morimos de hambre. ¡Ah! pero si es para otros países enseguida mandan la ayuda, para nosotros no".

"Queremos techo y colchón", repite Fefa insistente. Entrando por la puerta de su casa muestra un aparador donde hay unos panes llenos de hormigas. "No han mandado nada, apenas un pan con jamonada verde y un refresco Tanrico. Mira dónde estamos durmiendo, mira los colchones, ninguno sirve ya, están empapados. Soy educadora de Círculo Infantil, revolucionaria, pero ¿tú crees que esto es justo? Ni la presidenta del Consejo, ni la presidenta del Gobierno, nadie ha venido. Mira el colchón de mi mamá, una vieja de 81 años que peleó hasta en la Sierra y mira dónde está durmiendo".

Quiere mostrar el resto de la casa pero desde el fondo una voz grita: "Espérate, que me estoy bañando, me estoy bañando". En el último cuarto de la casa, con paredes pero sin techo, una mujer que saca agua de una lata con un jarro, asoma la cabeza varias veces para asegurarse de que nadie pasa al fondo y la ve desnuda.

Fefa sigue mostrando los destrozos de su casa, como el refrigerador, que se le partió en dos. "Es que para pedir dinero de federación y CDR tienen el uno, pero para cumplir con el pueblo no. Para colmo, cuando la ayuda llega te la venden, no, eso no puede ser", se queja.

En esa misma cuadra vive Emilia Delgado Mango, es una mujer mayor, vive con su madre y todavía no había terminado de construir su casa "por esfuerzo propio" cuando pasó el tornado.

"La primera noche, después de aquel día, dormimos en la cocina, que es lo único que tiene techo, sentados en un butacón. Lo único que he comido es el pan con embutido que trajeron, más nada. No dijeron nada de ir a buscar almuerzo, y yo no puedo ir al parque Reyes porque no tengo dinero ni puedo dejar la casa sola. Los huracanes tienen nombre, Irma, Flora... pero los tornados no", reflexiona mientras muestra los butacones que ha podido salvar y la ventana que agarró antes de que saliera volando.

En el Parque Reyes hay un punto de venta de comida en el que por 11 CUP puedes llevarte un pedazo de pollo, arroz y boniato, pero Emilia Delgado no tiene un peso y solo ha comido un pan en 48 horas. También se venden galletas a 25 pesos y carne de cerdo.

En la casa del frente de Emilia vive Ada Morejón, una mujer pequeña pero robusta, que lleva en la cabeza un pañuelo blanco y en la mano izquierda las prendas de sus santos. "Yo padezco de los nervios y estoy a base pastillas desde aquel día. Aquí cocinamos con leña. La tubería del gas se partió, pero aquí no vino nadie, nadie".

La casa es hermosa. La pared de la cocina es azul y ahí tiene a todos sus orishas, una cruz y una virgen. Encima del refrigerador hay una flauta de pan que parece llevar ahí toda la vida. Agarra de arriba del aparador y mira su olla Reina: "Como todavía no tengo electricidad no sé si me funciona, lo mismo con el refrigerador".

Ada Morejón se tomó un clordiazepóxido y estuvo toda la tarde acostada en la cama hasta que escuchó que había alguien a quien contar lo que estaba pasando.

En los altos vive Esteban Pavón Romero, pero todo el mundo le dice Jaime. "Esto aquí quedó desbaratado, cuando yo siento el fenómeno aquel día yo traté de cerrar la puerta. Mi mamá estaba fregando. Yo la agarré y la abracé antes que nada, pero un pedazo de teja le cayó arriba y le cortó las manos".

Dice que fueron minutos negros para él entre el momento en que vio a su madre herida y hasta que el "nubarrón negro" se alejó. Después llamó a una ambulancia "que llegó rapidísimo", asegura. "Del hospital no me puedo quejar, magnífico. Le cosieron sus dedos, todo bien. Ahora, aquí en casa los cuartos se quedaron sin techo, el patio, todo. Nosotros nos estábamos preguntando a dónde fueron a parar los palos y las tejas de mi techo. A mí mamá la mandé para el Cerro con mi hermana".

Dice que lo mismo ha ocurrido a todos sus vecinos. "Aquí no ha venido nadie a preocuparse, eres la primera persona que entra aquí a la casa. Ayer pasó una mujer de la reforma urbana que, desde la acera, preguntó pero siguió de largo, aquí no ha venido nadie. Comimos porque entre todos los vecinos nos pusimos y preparamos anoche una caldosa allá afuera en la calle, así estamos".

Y continúa: "Nadie se ha preocupado de si los niños tomaron leche. Los vecinos míos de aquí al lado tienen varios muchachos chiquitos y han tenido que dormir aquí en mi casa, que al menos tiene una parte con techo".

Jaime, como todos le dicen, espera que muy pronto les empiecen a dar "aunque sea las tejas para poner en el techo" y le gustaría poder pagarlas cuando sea posible porque, recuerda, "ahora mismo aquí nadie tiene un peso".

Más adelante queda la casa de Hilda Buch y su hija, que está embarazada siendo apenas una niña. La noche del domingo madre e hija se habían acostado muy temprano cuando, de pronto, el tornado tiró arriba del techo la mata de mango del vecino y salieron corriendo para el otro lado de la casa. "Aquí nadie ha venido. Los escombros los recogimos nosotras solitas. El techo mío se puede caer en cualquier momento, la noche fatal, mucho frío aquí adentro, todo está mojado. Toca, o el piso duro y frío o el colchón suave pero mojado. Estamos durmiendo mayormente en el piso tapándonos con dos toallas".

Buch explica que no puede esperar por un subsidio. "Eso es tremendo papeleo y mucha demora". Considera que la ayuda tiene que llegar ya, porque ella no tiene con qué pagar. "Mi salario es de apenas unos 300 pesos, pero bueno ahí están vendiendo comida a 11. Aquí en mi casa no tenemos ni un centavo, no pudimos ir. Comimos porque una amiga nos trajo algo y también la vecina, que hizo una caldosa para todos. Las condiciones son muy precarias ahora, no hay ni gas para cocinar".

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