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Vive y deja vivir: la sublevación de los vegueros canarios y la Cuba del futuro

Historia

Hoy como ayer, los cubanos siguen luchando contra un monopolio estatal que asfixia el crecimiento natural de su propia tierra

'Represalias a los vegueros', grabado del artista cubano Juan Emilio Hernández Giró. / Dominio público
Rolando Gallardo

20 de septiembre 2026 - 09:44

Madrid/El 23 de febrero de 1723, once cuerpos colgaban de los árboles de la loma de Jesús del Monte, a las afueras de La Habana. No eran ladrones ni asesinos. Eran vegueros, campesinos de origen canario que cultivaban tabaco en las vegas fértiles que rodeaban la capital, derrotados tres días antes en un enfrentamiento armado en Santiago de las Vegas. Su delito había sido negarse a seguir vendiendo su cosecha a un precio que no alcanzaba para vivir. La Corona los dejó colgados varios días, a modo de escarmiento, para que nadie más se atreviera a desafiar al Estado.

Aquella escena, casi olvidada, es el origen de una de las luchas más antiguas y más constantes de la historia cubana: la del campesino contra el aparato estatal que le arrebata el fruto de su propio trabajo.

Los vegueros no eran ricos ni pretendían serlo. Muchos habían llegado de Canarias huyendo de una isla donde la tierra estaba concentrada en pocas manos, sin más patrimonio que su disposición a trabajar. A diferencia de los grandes hacendados azucareros, se asentaron en las zonas rurales del entorno habanero para cultivar tabaco y frutos menores. En Cuba encontraron algo que en su tierra no tenían: una vega propia, un pedazo de suelo donde sembrar y vivir de lo sembrado. No pedían privilegios. Pedían, sencillamente, vivir y dejar vivir.

Ese equilibrio se rompió el 11 de abril de 1717, cuando Felipe V decretó el estanco del tabaco en Cuba y creó la Factoría de La Habana, una institución con un solo propósito: comprar toda la cosecha a un precio fijado por la propia Corona, prohibiendo cualquier venta que no pasara por ella. El veguero dejó de ser dueño de lo que sembraba. Se convirtió en proveedor cautivo de un comprador único que, además, pagaba tarde, pagaba mal y a veces pagaba en vales que nadie aceptaba a su valor real.

Lograron algo que no volvería a repetirse en toda la historia de la Cuba española: obligaron a dimitir al gobernador y Capitán General, Vicente de Rajá, y lo embarcaron de vuelta a España

La respuesta no se hizo esperar. Ese mismo agosto, cientos de vegueros armados con sus aperos de labranza marcharon sobre La Habana. Lograron algo que no volvería a repetirse en toda la historia de la Cuba española: obligaron a dimitir al gobernador y Capitán General, Vicente de Rajá, y lo embarcaron de vuelta a España junto a los funcionarios de la Factoría. Fue un acto de una audacia extraordinaria, la prueba de que un pueblo organizado puede plantarse ante una autoridad que ha perdido toda legitimidad.

Pero la historia, para ser útil, hay que contarla completa. La victoria duró poco. La Corona envió como nuevo gobernador a Gregorio Guazo Calderón, quien llegó a la Isla en 1718 con tropas regulares traídas desde España y la orden expresa de restablecer el estanco por la fuerza y castigar a los culpables. En 1720 hubo un segundo motín, alimentado por el descontento continuo y las presiones del gobernador para hacer cumplir el monopolio; esta vez fue apaciguado por la mediación del propio clero, encabezado por el obispo Jerónimo Valdés. Y en 1723 llegó el tercero, el más desesperado: los vegueros insurreccionados comenzaron a destruir las vegas de aquellos campesinos que habían acatado las órdenes de la Factoría, lo que desató la represión militar y terminó en la masacre de Jesús del Monte.

La lección de aquella expulsión de 1717 no es que baste con echar a un hombre para cambiar un sistema. Es que un pueblo puede tener la valentía de plantarse, pero si no logra transformar la estructura que produce a ese gobernador, el poder simplemente envía otro, con más soldados. Vale la pena recordarlo antes de convertir un gesto en fábula.

Eso denunciaban los vegueros antes de que existiera la palabra para explicarlo: que el fruto de la tierra pertenece a quien la trabaja, no al aparato que se interpone entre el surco y el mercado

Lo más revelador de esta historia es que el enemigo de los vegueros no era España como nación, ni Cuba como territorio sometido. Era el mercantilismo, un sistema que exprimía por igual al campesino cubano, al canario y al castellano. Ese mismo año de 1720, el pueblo de Santa Cruz de Tenerife se amotinó y asesinó al intendente Bartolomé de Ceballos, quien intentaba imponer sobre las Islas Canarias el mismo tipo de control fiscal sobre el tabaco que padecían los vegueros cubanos. En la Península existían estancos de sal, aguardiente, naipes y pólvora desde hacía siglos. El estanco no fue un castigo diseñado contra Cuba: fue el método de recaudación de todo un imperio, aplicado sin distinción sobre cualquier productor sin poder político propio.

Y aquí ocurre algo notable: sin saberlo, sin poder nombrarlo siquiera, los vegueros defendían casi al pie de la letra lo que cuarenta años después formularía como doctrina económica el francés François Quesnay. En su Tableau Économique de 1758, Quesnay sostenía que la tierra era la única fuente real de riqueza, y que el comercio, cuando se convierte en intermediario forzoso, es una actividad estéril que solo se apropia de lo que otros producen. Eso, exactamente, denunciaban los vegueros con sus hechos antes de que existiera la palabra para explicarlo: que el fruto de la tierra pertenece a quien la trabaja, no al aparato que se interpone entre el surco y el mercado.

Hoy como ayer, los cubanos siguen luchando contra un monopolio estatal que asfixia el crecimiento natural de su propia tierra

Hoy como ayer, los cubanos siguen luchando contra un monopolio estatal que asfixia el crecimiento natural de su propia tierra. La producción de azúcar ha caído a niveles que no se veían desde la Guerra de los Diez Años, en el siglo XIX. La de arroz y la de carne de cerdo se han desplomado más de la mitad en apenas unos años. Y mientras tanto, los datos oficiales muestran que el sector inmobiliario y hotelero —liderado por el conglomerado militar que administra el turismo— llega a absorber hasta el 40 por ciento de la inversión estatal, frente a menos del 3 por ciento que recibe el agro. Los turistas pueden no llegar. La papa y la malanga tienen que llegar, porque de la tierra depende la subsistencia diaria de cada cubano, no del turismo administrado por quienes controlan el poder.

Trescientos años después de Jesús del Monte, la pregunta sigue siendo la misma que se hicieron aquellos campesinos armados con sus herramientas de labranza: quién tiene derecho a decidir el precio del sudor ajeno. Los vegueros no ganaron aquella guerra. Pero dejaron una lección que la Cuba del futuro no puede permitirse olvidar: ningún país prospera exprimiendo a quien siembra su propio pan. Vive y deja vivir no fue nunca una consigna. Fue, y sigue siendo, una condición para la supervivencia de la nación.

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