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¿Volverá el águila?

Monumento a las víctimas del Maine, sin el águila que coronaba su estructura (14ymedio)
Fernando Dámaso

20 de diciembre 2014 - 07:25

La Habana/Derribar monumentos y desmontar estatuas o figuras de los mismos, demuestra incultura y falta de respeto por quienes lo ejecutan. Los monumentos recuerdan hitos importantes de la historia de los pueblos, unos para bien a modo de homenaje, y otros para mal a modo de recordatorio.

No hablo de los erigidos por personajes vivos o por sus seguidores, en función de sembrar el culto a la personalidad, que tanto daño ha hecho y continúa haciendo en algunos países. Recuerdo a un Lenin multiplicado en todas las plazas, parques y lugares públicos de la extinta Unión Soviética y, en nuestro país, la cabeza de Martí producida en serie hasta de plástico, colocada en los lugares más inverosímiles y menos apropiados. Son cosas que suceden.

En los primeros años de la Revolución, las autoridades practicaron el derribo de algunas estatuas y monumentos, que no eran de su agrado o no respondían a sus intereses políticos e ideológicos, la mayoría de las veces con el beneplácito de la población. Entre los afectados se encontraron los dedicados al primer presidente de la República Don Tomás Estrada Palma, al presidente norteamericano, participante en la Batalla de la Loma de San Juan en Santiago de Cuba, Teodoro Roosevelt, al segundo presidente José Miguel Gómez -posteriormente restituida-, al cuarto presidente Alfredo Zayas y a las Víctimas del Maine, del cual fue retirada y dejada caer desde lo alto de su emplazamiento, el águila de bronce que lo coronaba, haciéndose añicos contra el suelo.

En éste acto me voy a detener, teniendo en cuenta el reciente restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, ausentes durante más de medio siglo.

En 1913, quince años después de la tragedia del acorazado Maine en la Bahía de La Habana, destruido por una explosión, el entonces presidente de la República, Mario García Menocal, decidió erigir cerca del mar un monumento a las víctimas. Fue escogido el arquitecto Félix Cabarrocas para su construcción, la cual comenzó en 1924 y fue terminada en 1925, bajo el gobierno del presidente Alfredo Zayas. A la inauguración, el 8 de marzo de ese año, asistió, además del presidente, el general norteamericano John Pershing, así como otros oficiales y personalidades, tanto cubanas como norteamericanas. En la base del monumento se colocaron dos cañones y una cadena del ancla, recuperados del navío hundido, cuando sus restos fueron extraídos en 1911. Además, se erigieron dos columnas de cuarenta pies cada una, que originalmente no llevaban el águila, rematadas posteriormente con una de bronce con las alas abiertas, creada por Cabarrocas. Sobre el mármol, en letras de bronce, se leía: A las víctimas del Maine. El pueblo de Cuba.

En octubre de 1926, el violento huracán que azotó La Habana causando gran destrucción, derribó el águila de su pedestal, debido a la resistencia que sus alas abiertas hicieron a los fuertes vientos, quebrando éstas, pero dejando su cabeza y cuerpo intactos. Esta águila, después de ser restaurada, en 1954 se situó en los jardines de la residencia del Embajador de los Estados Unidos, ubicada en Cubanacán, en la cual aún se encuentra.

Después del derribo de la primera águila, Cabarrocas creó una segunda más aerodinámica, que ofrecía menor resistencia al viento, con las alas recogidas en posición vertical, lista para emprender el vuelo, la cual fue colocada en lo alto del monumento, y que permanecería allí hasta que fuera derribada con la ayuda de una grúa, durante las manifestaciones anti norteamericanas realizadas en abril de 1961, días después de la invasión de Playa Girón.

Entonces se dijo oficialmente que sería reemplazada con una paloma confeccionada por Pablo Picasso, la cual nunca llegó, pues parece que se perdió en el largo vuelo. La dedicatoria fue sustituida por una de carácter antiimperialista, más a tono con los tiempos que corrían. Posteriormente se levantó, entre el monumento mutilado y el edificio de la Embajada de los Estados Unidos, la denominada Tribuna Antiimperialista, popularmente conocida como “El Tontódromo”,

La Plaza lleva en uno de sus extremos una infeliz estatua de José Martí, señalando hacia la Embajada con un dedo acusador y sosteniendo un niño en el otro. Los irrespetuosos bromistas dicen que le está mostrando a su hijo dónde dan las visas para emigrar. Al otro lado un extraño “Monte de las Banderas”, emplazado en el lugar para que no se vea la fachada de la edificación desde donde se exhibían mensajes y noticias en una pancarta lumínica. Todo esto fue construido en los días de excesos ideológicos de la “batalla de ideas”, donde las “marchas del pueblo combatiente” se sucedían una tras otra y había mítines en los municipios cada semana.

Algunos fragmentos deteriorados del cuerpo y de las alas del águila se exponen eventualmente en el Museo de la Ciudad, ubicado en el antiguo Palacio de los Capitanes Generales. Su cabeza, en perfecto estado, se encuentra en un patio en el edificio de la Embajada de Estados Unidos, ubicado en el Malecón habanero.

Como los últimos acontecimientos dan la impresión de que todo es posible, tal vez algún día no muy lejano, la cabeza se vuelva a unir al cuerpo del águila con sus alas recogidas, tal vez regrese al pedestal que le corresponde, permitiendo a los habaneros y a los visitantes disfrutar del monumento en todo su esplendor, y tal vez la dedicatoria original, simple y sencilla, sustituya a la actual. Ahora que el monumento se encuentra en proceso de restauración, no sería un mal momento. Pudiera ser otra señal de que las cosas están cambiando realmente.

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