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Una metáfora del corazón del karate antiguo, donde la victoria ocurre antes del combate

Sōkon Matsumura (1809–1899) es una de las figuras fundacionales del Tōde, el arte marcial que más tarde daría origen al karate de Okinawa. / Milton Chanes
Milton Chanes

08 de febrero 2026 - 09:28

Berlín/Shuri, Reino de Ryūkyū — probablemente entre 1820 y 1835

El rey observaba desde lo alto del pórtico, apoyado en el respaldo de madera tallada que dominaba el patio interior del castillo de Shuri. No había convocado a nadie más que a unos pocos cortesanos y guardias. No era una audiencia formal. No había documentos, ni sellos, ni asuntos de Estado.

Aquella mañana, lo ocupaba otra cosa.

Una idea que había germinado en su mente como germinan a veces las decisiones inútiles: sin causa ni propósito, nacidas únicamente del aburrimiento que acompaña al poder cuando no encuentra resistencia.

—Dicen que Matsumura es el hombre más fuerte del reino —comentó, sin dirigirse a nadie en particular.

El silencio fue inmediato. En la corte, el silencio era una forma de supervivencia. El rey sabía que bastaba una palabra mal colocada para convertir una observación casual en una orden irrevocable.

—Dicen —repitió— que no hay nadie que pueda vencerlo.

Uno de los consejeros inclinó apenas la cabeza.

—Así es, majestad. Matsumura Sōkon ha servido fielmente como protector real durante años. Su reputación—

El rey levantó la mano. No quería reputaciones. Quería espectáculo.

—Si es tan fuerte como dicen —interrumpió—, debería poder enfrentarse a un toro.

El consejero parpadeó. No porque no hubiera oído bien, sino porque comprendió de inmediato las consecuencias de aquella frase.

—Majestad…

—Un toro bravo. Uno de los grandes. De los que han matado hombres —añadió el rey, con una sonrisa leve—. Quiero verlo.

"El toro era un animal imponente. Negro, musculoso, con los flancos marcados por cicatrices antiguas"

Nadie discutió. Nadie preguntó por qué. En el Reino de Ryūkyū, las decisiones del rey no se explicaban: se ejecutaban.

Cuando la orden llegó a oídos de Matsumura, no hubo sorpresa en su rostro. Tampoco indignación. Solo un leve asentimiento, como si aquella petición absurda fuera una más entre las muchas que había aceptado en silencio a lo largo de su vida.

—¿Cuándo? —preguntó.

—Será en diez días. Ante la corte.

Matsumura inclinó la cabeza y no dijo nada más.

Esa misma tarde pidió ver al encargado de los establos.

El toro era un animal imponente. Negro, musculoso, con los flancos marcados por cicatrices antiguas. Había sido utilizado en combates, en pruebas de fuerza, en exhibiciones donde los hombres demostraban su valentía enfrentándose a una bestia que no conocía el miedo. Dos de ellos no habían salido con vida.

Matsumura lo observó en silencio desde la entrada del establo. Llevaba consigo su , un largo bastón de madera lisa, sencillo, sin adornos, usado tanto para caminar como para combatir. Lo apoyaba con naturalidad contra el suelo, como si fuera una prolongación del cuerpo y no un arma. No dio un paso adelante al principio. No midió distancias con el cuerpo, sino con la mirada.

El toro levantó la cabeza, resopló, golpeó el suelo con una pezuña. Estaba acostumbrado a que los hombres reaccionaran, a que retrocedieran, gritaran o blandieran armas.

Matsumura no hizo nada.

Cuando finalmente entró, lo hizo despacio, sin tensión visible en los hombros ni en las manos. Caminó en línea recta, sin rodeos, sosteniendo el con ligereza, como si el animal no existiera y, al mismo tiempo, como si fuera lo único que importara.

El primer contacto fue rápido y seco.

No un golpe, sino un toque preciso con el extremo del en el hocico, justo donde el nervio expuesto obliga incluso a las bestias más grandes a retroceder por puro reflejo.

El toro bufó, sacudió la cabeza, dio un paso atrás.

Matsumura ya se estaba retirando.

No lo miró al salir.

Al día siguiente volvió.

Y al siguiente.

Siempre a la misma hora. Siempre con el mismo gesto. Entraba, avanzaba sin vacilar, tocaba una sola vez con el y se marchaba. No había desafío. No había odio. No había intención de dominar: solo de establecer una verdad silenciosa.

"Para el animal, aquello no era una derrota física, sino una certeza: ese hombre no entraba en su juego"

El toro comenzó a cambiar.

No en su cuerpo, sino en su mirada.

Cuando oía los pasos de Matsumura, dejaba de embestir contra las paredes del establo. Cuando lo veía cruzar el umbral, tensaba los músculos… y luego dudaba. El toque llegaba siempre antes de que pudiera reaccionar.

Para el animal, aquello no era una derrota física, sino una certeza: ese hombre no entraba en su juego.

El séptimo día, Matsumura no tocó al toro.

Entró, avanzó hasta quedar a unos pasos del animal y se detuvo. Apoyó el en el suelo, sin adoptar postura alguna. El toro bajó la cabeza por instinto, como si esperara el impacto que siempre llegaba.

Nada ocurrió.

Matsumura se dio la vuelta y salió.

Lo mismo sucedió los días siguientes. Ningún golpe. Ningún gesto. Sin embargo, el toro se preparaba cada vez, tensando el cuerpo ante un ataque que ya no llegaba.

El día del combate, el patio del castillo estaba lleno. Nobles, guardias y sirvientes. El rey ocupaba su lugar, satisfecho. Había esperado ese momento como se esperan las distracciones: con una curiosidad que no nace del respeto, sino del deseo de ver algo romperse.

El toro fue llevado al centro del patio. Tiraba de las cuerdas, resoplaba, golpeaba el suelo con furia. El público murmuraba. Había miedo, pero también expectación.

Matsumura entró solo.

Vestía de manera sencilla. No llevaba armadura ni protección. Solo su .

Caminó hasta quedar frente al animal y se detuvo.

Durante un instante, todo quedó en silencio.

El toro levantó la cabeza.

Y lo reconoció.

No hubo embestida. No hubo bramido.

"El espectáculo había terminado sin ofrecerle lo que esperaba. Pero algo se había quebrado"

El animal dio un paso atrás. Luego otro. Bajó la cabeza lentamente, como si el peso de su propio cuerpo se hubiera vuelto de pronto insoportable. Finalmente, dobló las patas delanteras y quedó inmóvil. No vencido. Rendido.

Un murmullo recorrió la corte.

El rey se incorporó en su asiento.

—¿Qué significa esto? —preguntó, con la voz tensa.

Matsumura no respondió de inmediato. No miró al rey. No miró al público. Sus ojos seguían puestos en el toro, que temblaba levemente.

—Majestad —dijo al fin—, el combate ya ocurrió.

—¡No ha pasado nada! —replicó el rey.

Matsumura levantó entonces la mirada.

—Precisamente.

No hubo aplausos. No hubo celebración. El rey hizo un gesto brusco con la mano, ordenando que se llevaran al animal. El espectáculo había terminado sin ofrecerle lo que esperaba.

Pero algo se había quebrado.

No en el toro.

Se había quebrado la idea misma de fuerza que dio origen a aquel capricho.

Esa noche, Matsumura regresó a su casa sin decir palabra. No se consideraba vencedor. Tampoco creía haber dado una lección. Había actuado, simplemente, conforme a una certeza que lo acompañaba desde hacía años: que la violencia es siempre una forma tardía de resolución, y que el verdadero combate se decide antes de que el cuerpo tenga que intervenir.

Algunos dirían después que había humillado al rey. Otros, que había demostrado un poder sobrenatural. Matsumura no corrigió a nadie.

Sabía que las palabras rara vez alcanzan donde los hechos ya han hablado.

"Fue una victoria sin cicatrices visibles"

Mucho tiempo después, cuando alguien le preguntó cuál había sido su mayor combate, respondió sin dudar:

—Aquel que no necesité librar.

Porque el arte que había aprendido no residía en el golpe, sino en el instante que lo precede: en la lectura del tiempo, en la comprensión del otro, en la capacidad de entrar en un espacio sin imponerse a él.

Aunque para muchos el toro había sido vencido, lo cierto es que el lenguaje de los hombres no es el mismo que el de los animales. No fue derrotado, porque antes fue comprendido. Matsumura no lo enfrentó desde la fuerza, sino desde el conocimiento de sus impulsos y de las leyes silenciosas que gobernaban su mundo. Actuó conforme a esas leyes, no contra ellas.

Y el rey, aunque nunca lo admitió, aprendió algo que ningún trono puede enseñar: que existen fuerzas que no se inclinan ante la autoridad, sino ante la calma, incluso cuando esa calma ha sido construida sobre reglas propias, anteriores a cualquier poder.

Fue una victoria sin cicatrices visibles.

Y quizá por eso, la única que perdura en el tiempo, aunque lo haga en forma de leyenda.

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Nota del autor: Sōkon Matsumura (1809–1899) es una de las figuras fundacionales del Tōde, el arte marcial que más tarde daría origen al karate de Okinawa. Guerrero, estratega y maestro, sirvió como guardaespaldas de los últimos tres reyes del Reino de Ryūkyū y fue depositario de un conocimiento marcial que iba mucho más allá del combate físico.

En una época en la que las armas estaban prohibidas y el poder se ejercía desde la sombra, Matsumura desarrolló un arte basado en la observación, el dominio del tiempo y la comprensión profunda del adversario. Su maestría no residía en la fuerza, sino en la capacidad de resolver el conflicto antes de que este se manifestara.

Décadas más tarde, ese legado llegaría a Gichin Funakoshi, quien, siendo joven, recibió la enseñanza indirecta de Matsumura a través de sus discípulos —especialmente Ankō Itosu— y la llevaría al Japón moderno, transformándola en lo que hoy conocemos como Karate-Dō.

Aunque Matsumura y Funakoshi no pertenecieron a la misma generación activa, el vínculo entre ambos es profundo. Uno encarnó el espíritu original del arte; el otro supo traducirlo para el mundo.

La historia que sigue —la leyenda del toro— no es solo un relato sobre fuerza o valentía. Es una metáfora del corazón del karate antiguo: la idea de que la victoria más importante ocurre antes de que aparezca el primer golpe, cuando la violencia deja de ser necesaria.

Comprender a Matsumura es comprender ese principio.

Y comprender ese principio es entender de dónde nace todo lo que vino después.

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