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Luis Goytisolo y el fin del hechizo cubano

Obituario

El escritor español entendió en 1971 que el encarcelamiento de Heberto Padilla no era un error aislado, sino la prueba de la deriva autoritaria de la Revolución

Luis Goytisolo, en una imagen de 2017. / EFE/Luca Piergiovanni
Noemí Herrera

18 de julio 2026 - 12:07

Miami/La muerte de Luis Goytisolo, ocurrida esta semana a los 91 años, invita a releer una obra monumental como Antagonía, una de las cumbres de la novela en español del siglo XX. Escritor experimental, académico de la Real Academia Española y renovador de la narrativa contemporánea, Goytisolo deja un legado literario de enorme calado. Pero desde Cuba conviene recordar también otra faceta de su biografía, menos citada en los obituarios y, sin embargo, decisiva para entender la historia intelectual de la segunda mitad del siglo XX. 

Luis Goytisolo fue uno de los escritores que ayudó a desmontar el inmenso prestigio moral que la Revolución cubana había acumulado entre la izquierda europea. No fue el único, ni siquiera el más visible. Pero sí estuvo allí cuando una parte de la intelectualidad decidió que había llegado el momento de dejar de justificar lo injustificable. En su acervo tenía que procedía de una familia de empresarios de origen vasco que se abrieron camino en Cuba, la Isla que volvería a cruzarse en su camino.

Luis, en cambio, cultivó un perfil más reservado, concentrado en la literatura, menos dado a la exhibición mediática

Es importante separar a los hermanos. Juan Goytisolo ocupó durante décadas un lugar singular en la literatura española y fue una figura pública mucho más conocida internacionalmente, especialmente por su permanente enfrentamiento con el franquismo y por su vida cosmopolita. Luis, en cambio, cultivó un perfil más reservado, concentrado en la literatura, menos dado a la exhibición mediática. Esa diferencia de temperamentos ha provocado que con frecuencia se les confunda cuando se habla del llamado caso Padilla. Sin embargo, ambos participaron activamente en aquella protesta que cambió para siempre la relación entre buena parte de los intelectuales europeos y el régimen de Fidel Castro.

Hasta 1971 la Revolución cubana disfrutaba de un prestigio extraordinario en los círculos culturales occidentales. La imagen romántica de la Sierra Maestra seguía seduciendo a escritores, filósofos y artistas que veían en Cuba una alternativa ética frente al capitalismo y a las dictaduras latinoamericanas. La Isla era el laboratorio donde muchos querían creer que podía construirse un socialismo distinto del soviético.

El encarcelamiento del poeta Heberto Padilla hizo estallar esa ilusión.

Su “delito” había sido escribir versos incómodos y expresar críticas hacia la burocracia revolucionaria. Su detención, seguida por aquella humillante autoinculpación pública en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), una escena que evocaba los procesos estalinistas, produjo un terremoto moral entre quienes todavía defendían al Gobierno cubano.

Los hermanos Goytisolo participaron también en la elaboración de una segunda carta, mucho más dura, que denunciaba abiertamente la deriva autoritaria del régimen

Fue entonces cuando apareció la primera carta abierta dirigida a Fidel Castro y publicada por Le Monde. Entre sus impulsores y firmantes figuraban Juan y Luis Goytisolo, junto a nombres de enorme peso como Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Mario Vargas Llosa, Susan Sontag, Alberto Moravia, Carlos Fuentes u Octavio Paz. Pedían la liberación del poeta y advertían que el encarcelamiento de un escritor por expresar sus ideas resultaba incompatible con el proyecto emancipador que Cuba decía representar.

La liberación de Padilla no resolvió nada. Al contrario. El espectáculo de su autocrítica pública agravó el escándalo. Aquella confesión forzada, en la que el poeta se acusó a sí mismo y denunció a colegas y amigos, recordó demasiado a los viejos juicios de Moscú. Los hermanos Goytisolo participaron también en la elaboración de una segunda carta, mucho más dura, que denunciaba abiertamente la deriva autoritaria del régimen. Para muchos historiadores de la cultura, ese segundo documento marca el verdadero punto de ruptura entre la Revolución cubana y una parte fundamental de la intelectualidad democrática occidental.

La reacción de Fidel Castro fue tan previsible como reveladora. Los firmantes dejaron de ser compañeros de viaje para convertirse en traidores, agentes del imperialismo o víctimas de la manipulación burguesa. Las puertas de Cuba comenzaron a cerrarse para muchos de ellos. El llamado “quinquenio gris” consolidó una política cultural basada en la sospecha, la vigilancia ideológica y la obediencia política.

Fue un escritor que entendió que existe un momento en que el silencio deja de ser una forma de prudencia para convertirse en una forma de complicidad

Durante décadas, la propaganda oficial intentó minimizar aquella fractura. Presentó el Caso Padilla como una conspiración extranjera y convirtió a los intelectuales críticos en enemigos personales de la Revolución. Sin embargo, el daño era irreversible. No porque Cuba perdiera un puñado de prestigiosos visitantes, sino porque perdió algo mucho más difícil de recuperar: la autoridad moral que había seducido a buena parte del pensamiento progresista internacional.

Resulta significativo que Luis Goytisolo no erigiera un edificio testimonial sobre aquel episodio. Siguió siendo, ante todo, un novelista. Continuó escribiendo, experimentando con las formas narrativas y levantando una obra cuya cima es Antagonía, esa extraordinaria exploración de la conciencia y del propio acto de escribir que ocupa un lugar privilegiado en la literatura española contemporánea.  

Quizá precisamente por eso su papel en aquella ruptura merece ser recordado ahora. No fue un activista profesional ni un polemista permanente. Fue un escritor que entendió que existe un momento en que el silencio deja de ser una forma de prudencia para convertirse en una forma de complicidad.

Hoy, más de medio siglo después del aso Padilla, cuesta imaginar el alcance de aquellas cartas. No cambiaron el destino de la Revolución cubana. Tampoco evitaron la consolidación del aparato cultural que durante décadas castigó la discrepancia. Pero sí transformaron algo igual de importante: acabaron con la inocencia. Después de 1971, ya no era posible decir que no se sabía. El hechizo había terminado. Y Luis Goytisolo, junto a su hermano Juan y a tantos otros, ayudó a romperlo.

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