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Crónica de un balsero de a pie (I)

Publicamos hoy la primera parte del testimonio de un cubano que ha emprendido el peligroso viaje de Guatemala a EE UU

Un grupo de personas cruza a bordo de una balsa desde Guatemala en dirección al lado mexicano. (Manu Ureste)
Mario J. Penton Martínez

13 de noviembre 2015 - 12:54

Frontera Guatemala/México/Vivo orgulloso de ser cubano. Siempre lo he estado. Cuba evoca el calor del regazo materno, la ternura de mis sobrinos nietos, los amigos, el primer amor, el dolor de la patria sufrida. Soy de una generación que nació en los umbrales del eufemísticamente llamado Período Especial, así que también vienen a mi mente apagones, escasez, derrumbes y censura. ¿Cómo olvidar que tuve que llegar a Guatemala para escuchar por primera vez la música de Celia Cruz o conocer de la valiente lucha de los opositores al régimen cubano? ¿Cómo no recordar que derechos como libertad de expresión, reunión, empresa y prensa era algo que jamás viví, cosas que según se decía sólo podían conquistarse "afuera"?

Llovía intensamente en la capital guatemalteca el día que me dieron la noticia. "Después de un serio discernimiento creemos que tu camino no es ser religioso consagrado". La temperatura bajó y, como todo caribeño en aquellas tierras montañosas, comencé a sentir un frío glacial. Lapidario el momento. Una por una las baldosas del suelo comenzaban a hundirse al ritmo de mi vida: los sueños que había fraguado, las personas con quienes me relacionaba, los estudios universitarios, todo estaba siendo barrido por aquel huracán, cuyo vórtice sería el deber de regresar a Cuba.

Pasaron algunas horas para salir del shock: la decisión estaba tomada. Me fundiría en ese río humano del que tanto escribían los medios independientes y poco o nada sabía el mundo: la hemorragia de cubanos que atraviesan Centroamérica y México para llegar a Estados Unidos. Antes que regresar a la esclavitud, al menos trataría de alcanzar tierras de libertad. Sabía que me podía costar la vida, pero valía la pena intentarlo.

Toda esta franja fronteriza vive del tráfico humano. Mis experiencias lo confirmaron

El primer punto era encontrar el coyote adecuado. No todos son fiables, así que hay que asegurarse de que este tenga en su haber viajes exitosos. Por medio de amigos que realizaron la travesía con anterioridad obtuve el número de Juan. Lo primero en llamar mi atención fue el tono de su teléfono. Se trataba de una conocida alabanza cristiana. "Será para que las personas se sientan en confianza", pensé. Al otro lado del celular una voz me aseguraba que el viaje tendría éxito y que un grupo de cubanos ya me estaban esperando para partir. 2.500 dólares, dado al contado en Guatemala, era la suma que costaba alcanzar el sueño americano, 5.000 si estaba en Ecuador y quería venir seguro. Debía ir, por mi propia cuenta y riesgo, de uno de los países más violentos del mundo hasta una ciudad fronteriza con 18.700 quetzales al cambio. Allí me esperarían.

El bus que me condujo al sitio era una torre de Babel: africanos, hindúes, cubanos... Al parecer algo muy común, puesto que nadie se extrañaba. Tras un viaje de seis horas, llegué a mi destino. Al menos una decena de personas se agolpaban en la terminal ofreciendo, a todo el que tenía rasgos extranjeros, ayuda para cruzar la frontera ilegalmente. Otro pasajero me comentó que toda esta franja fronteriza vive del tráfico humano. Mis experiencias lo confirmaron.

A mis espaldas, me hizo estremecer un seco: "¿Tú eres de Juan?". Estaba frente al emisario de mi coyote. Tras la respuesta positiva, comenzamos a internarnos por una madeja de intrincados callejones hasta un barrio pobre de las afueras de la ciudad. "Vos no te preocupes, asere, que este barrio lo controlamos nosotros, aquí no hay problema". Tanto el falso acento cubano como la dificultad para acceder al lugar conseguían justamente lo contrario de lo que se proponía el guía.

Esa misma tarde, estaba instalado en una de las tantas casas que utilizan para esconder a los migrantes isleños. Todo a la luz del día y sin ningún recato, pues la ley en Guatemala la constituyen estas redes vinculadas a la violencia y que nadie sabe a ciencia cierta cuántos millones de dólares mueven. Por sólo tener una idea, se dice que el tráfico de personas a nivel global, genera ingresos brutos por un valor mayor a 32 billones de dólares anuales, de los cuales 13.000 dólares aporta cada sujeto como promedio a su coyote.

Fue allí donde conocí en persona a quien, supe después, era uno de los más reconocidos coyotes del tráfico entre Centroamérica y México. Su humilde porte apenas reflejaba el poder que poseía. Salido de los bajos fondos del mundo rural guatemalteco, esta persona había traficado con drogas y pertenecido a las maras (grupos armados o pandillas que generalmente controlan la extorsión, el tráfico humano y de drogas en la región). El alcohol y el consumo de estupefacientes, junto a una escasa escolarización, marcaron su vida. Con el tiempo, y según el propio testimonio que me dio esa tarde, se convirtió al cristianismo evangélico, del que hoy es un firme propagador.

Se dice que el tráfico de personas a nivel global, genera ingresos brutos por un valor mayor a 32 billones de dólares anuales, de los cuales 13.000 dólares aporta cada sujeto como promedio a su 'coyote'

Juan alterna su conversación con la prédica y mientras me cobra los 2.500 dólares me afirma que Cristo es hoy el centro de su vida y quien le ha dado todo lo que él posee. "Dios y los cubanos", corrige. A su amparo se encuentran sitios de beneficencia y comparte la vida entre dos pasiones: "La Iglesia y coronar personas para que lleguen a su destino: el asta con la bandera de las barras y las estrellas." Antes de irse me hace saber que debo dejar allí todo lo que poseo. Sólo me será permitido partir con una muda de ropa y mis papeles. Lo demás irá a las arcas de sus instituciones de beneficencia. "No importa, al fin y al cabo más que eso tendrás cuando te corones en la yuma", espeta como consuelo.

Una vez que se marchó el coyote, quedé solo en una casa desconocida, en medio de una ciudad desconocida y en manos de personas desconocidas y de no muy buenas referencias. Frente a mí una montaña de ropas, zapatos y equipaje pertenecientes a otros que me antecedieron. A juzgar por el número de prendas fueron decenas. En las paredes grafitis que recordaban nombre y procedencia de cubanos. Manuel de Matanzas, mayo de 2013; Yoenia González de Camagüey, diciembre de 2013; Yendry de Bayamo, junio de 2015... ¿Qué habría sido de ellos? ¿Llegaron a Estados Unidos o estarán en alguna fosa colectiva? Por mi mente pasan las imágenes de Auschwitz mientras en los techos juguetean las ratas. La suerte está echada. Me esperaban tres días en solitario confinamiento, tres días con el Credo en la boca al decir del abuelo.

Inauguraba así el largo camino del balsero de a pie. Pantanos, selvas, ríos, asaltantes, divisiones internas y policías se turnarían para sumar dificultades a una travesía ya de por sí difícil por alcanzar un suelo de libertad.

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Nota de la Redacción: El autor trabajó como religioso consagrado para la Iglesia católica en Guatemala durante casi dos años antes de emprender el viaje hacia Estados Unidos.

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