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Los perdedores olvidados de la Guerra de Vietnam

Cientos de veteranos heridos en la contienda llegan al último trecho de sus vidas sin derecho a pensiones de invalidez

Nguyen Huu, veterano del Ejército del Sur de 66 años con las dos piernas amputadas, posa mientras recuerda con amargura el 30 de abril de 1975, el día en que las tropas del Frente Nacional de Liberación de Vietnam y el ejército norvietnamita tomaron Saigón (actual Ho Chi Minh) y certificaron la derrota de Vietnam del Sur. (EFE)
Eric San Juan

01 de mayo 2020 - 16:47

Ho Chi Minh/(EFE).- Cuando se cumplen 45 años del fin de la Guerra de Vietnam (1955-1975), cientos de veteranos vietnamitas del bando perdedor heridos en la contienda llegan al último trecho de sus vidas sin derecho a pensiones de invalidez y obligados a trabajar hasta el final para subsistir.

Nguyen Huu, de 66 años, sigue recordando con amargura el 30 de abril de 1975, el día en que las tropas del Frente Nacional de Liberación de Vietnam y el ejército norvietnamita tomaron Saigón (hoy renombrada como Ho Chi Minh) y certificaron la derrota de Vietnam del Sur. "Aquel día perdí mi país" dice.

"Fue el día en que padres fueron separados de sus hijos, las mujeres perdieron a sus maridos, algunos perdieron la vida y otros fueron a la cárcel. El duelo y la tristeza siempre están dentro de mí cuando recuerdo aquel día", comenta a Efe en una cafetería de Saigón.

Para él la guerra y la vida como la conoció habían terminado un año antes, el 24 de febrero de 1974, en la provincia central de Phu Yen, cuando al salir de una base rebelde que su batallón acababa de capturar pisó una mina que le hizo perder las dos piernas.

Para él la guerra y la vida habían terminado un año antes, cuando al salir de una base rebelde que su batallón acababa de capturar pisó una mina que le hizo perder las dos piernas

Se había alistado un año antes, a los 18 años, sin ninguna motivación política, simplemente porque en su pueblo los rebeldes del Viet Cong robaban comida y medicinas por las noches, cuando los soldados del Sur relajaban la vigilancia.

Poco después de su salida del hospital, tras un año de convalecencia, las fuerzas comunistas del Norte tomaron la región central y él no se atrevió a regresar a su pueblo en un año, por miedo a posibles represalias.

"En aquella época llevaba dos granadas pequeñas escondidas por si alguien me atacaba. Tenía miedo de la crueldad del nuevo régimen. Creía que estaba al final de mi vida. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa", rememora.

A sus 66 años, sorprendido de haber vivido tanto, subsiste vendiendo lotería en su silla de ruedas, algo que él considera "una bendición de Buda" si lo compara con los duros años de la posguerra, cuando fue mendigando de pueblo en pueblo hasta llegar a Saigón al inicio de los años 90.

"No podía pagarme una silla, fui andando con estas maderas durante diez años hasta Saigón, he roto muchísimas de estas", dice con una sonrisa mientras señala las tablillas de las que se sirve para caminar empleando sus propios brazos como muletas.

Aunque su vida ha mejorado desde entonces, sigue ganando lo justo para sobrevivir y alojarse en una habitación compartida con otras 20 personas y solo recibe la ayuda ocasional de una asociación con base en EE UU que apoya a unos 7.500 veteranos del Sur heridos en la guerra.

Sigue ganando lo justo para sobrevivir y alojarse en una habitación compartida con otras 20 personas y solo recibe la ayuda ocasional de una asociación con base en EE UU

En los caóticos días de abril de 1975 en los que el final de la guerra era inminente, muchos de los que habían trabajado para el régimen del sur pudieron escapar del país hacia EE UU y otros se jugaron la vida huyendo por barco en los meses siguientes.

Los que se quedaron sufrieron internamientos en campos de trabajo forzoso (llamados campos de reeducación), con condenas que iban de los pocos meses hasta los 17 años, en función del rango y el papel desempeñado con el gobierno del sur.

Al salir habían perdido sus propiedades, no tenían acceso a ningún empleo de calidad y se veían obligados a mendigar en las calles o dedicarse a los trabajos más duros, como el de conductor de ciclo.

Uno de los que pudo haber escapado y no lo hizo es Hong Van Chau, un veterano invidente que a sus 75 años y con una salud muy precaria sigue levantándose a las 4 de la mañana para vender cepillos en un mercado de la antigua Saigón.

"Yo entonces trabajaba en un hospital y una enfermera me dijo que siendo ciego no me aconsejaba irme, pensaba que el nuevo régimen me iba a permitir seguir con mi trabajo. En aquel momento todo el mundo intentaba montarse a un helicóptero que lo llevara a los portaaviones. A veces pienso que tenía que haberme montado en uno", se lamenta.

Chau, que se alistó en el Ejército del Sur para recibir alojamiento y comida, fue un soldado destacado durante el año que combatió en una provincia cercana a Saigón, hasta que en 1968, en plena ofensiva del Tet, casi pierde la vida tras estallarle una mina colgada de un árbol.

"Sufrí heridas en los brazos, las piernas, en el estómago y en los ojos. Perdí la vista. Pasé dos años recuperándome en un hospital", relata mientras se levanta la camisa para mostrar la cicatriz del estómago.

En los años siguientes, el Gobierno del Sur le entregó una vivienda por los servicios prestados, se casó, tuvo una hija, y consiguió un empleo como asistente técnico en un hospital.

En los años siguientes, el Gobierno del Sur le entregó una vivienda por los servicios prestados, se casó, tuvo una hija, y consiguió un empleo como asistente técnico en un hospital

Aquella vida cómoda, pese a sus limitaciones físicas, se esfumó en 1975, primero cuando su mujer lo abandonó con su hija y después con la derrota definitiva del Sur, cuando los vencedores le confiscaron su apartamento y le impidieron seguir trabajando en la clínica.

"Bloquearon la entrada a mi casa, ya no podía entrar y eso era todo. Me convertí en un vagabundo en Saigón, dormía donde podía. Meses después un hombre me acogió en su casa y desde entonces vivo aquí. Él ya murió", cuenta en la habitación que comparte con otra familia en un destartalado edificio del centro de la ciudad.

Entonces tenía 30 años, hoy tiene 75, pero cree que su vida apenas ha cambiado en esas cuatro décadas y media: a los pocos meses de perderlo todo, empezó a vender cepillos y escobillas en los mercados y así subsiste desde entonces, con esporádicas ayudas caritativas.

"Me siento triste por mí y otros veteranos heridos. Nadie se ocupa de nosotros. El único alivio que recibimos de vez en cuando es el dinero que me entregan de la asociación de EE UU", se lamenta.

Sus amistades de juventud en el hospital en el que trabajó y en el Ejército ya murieron o emigraron y afirma que solo le queda un verdadero amigo en Vietnam, un compañero de armas al que ha pedido que el día en que muera lo haga incinerar y esparza sus cenizas en uno de los campos en los que combatieron juntos.

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