Con Castro, a la hora del crimen

Extracto de 'Las conexiones castristas del magnicida de Dallas. Interrogaciones sobre el asesinato de John F. Kennedy'

Fidel Castro y el periodista francés Jean Daniel en el hotel Riviera el 22 de noviembre de 1963, fecha del asesinato de John F. Kennedy. (Marc Riboud/L'Obs)
Fidel Castro y el periodista francés Jean Daniel en el hotel Riviera poco antes del asesinato de John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963. (Marc Riboud/L'Obs)

El artículo de Jean Daniel, que figuraba en anexo de los interrogatorios efectuados en 1978 por la Comisión de investigación sobre asesinatos políticos de la Cámara de Representantes, se titula Avec Castro, à l'heure du crime ( Con Castro, a la hora del crimen). Fue publicado en una versión en inglés en la revista The New Republic y en francés en el semanario L'Express del 28 de noviembre de 1963. Fue retomado por cerca de veinte publicaciones, en varios idiomas. Era un scoop mundial. ¿O una coartada?

Jean Daniel murió en febrero de 2020, a la venerable edad de 99 años, en medio de la pandemia de coronavirus. Seguía siendo director del semanario L'Obs, anteriormente Le Nouvel Observateur y, antes aún, France Observateur. Hasta sus últimos meses de vida, como se puede constatar en una entrevista concedida a la publicación pomposamente titulada La revue pour l'intelligence du monde, dirigida por su amigo Béchir Ben Yahmed, en su número de octubre-noviembre de 2019, y en un documental difundido a inicios de febrero de 2020 por la cadena France 5, titulado igual que su artículo publicado casi seis décadas antes, seguía hablando con orgullo de aquella casualidad que lo había hecho presenciar la reacción de Fidel Castro en el momento mismo en que le anunciaban por teléfono la noticia del asesinato de John F. Kennedy. En ningún momento llegó a plantearse que era demasiada suerte. ¿Y si no era sino una puesta en escena?

Ese detalle, la entrevista programada alrededor de un suculento almuerzo con Fidel Castro, un animal nocturno en sus encuentros con personalidades extranjeras, ya fueran políticos o periodistas, tenía que haber llamado la atención de los analistas del tema. ¿De qué privilegio podía gozar el reportero?

Durante toda su vida, Jean Daniel quiso ser un emisario de paz en distintos lugares del mundo, sobre todo entre Israel y los territorios palestinos. En aquella ocasión, después de un encuentro con Ernesto Che Guevara en Argelia, la tierra donde había nacido antes de la independencia, que él apoyó, pretendió ser el hombre que iba a reducir las tensiones entre Estados Unidos y Cuba. Para ello se reunió varias veces con Fidel Castro, después de haberse entrevistado unas semanas antes, el 24 de octubre, con John F. Kennedy en el despacho oval de la la Casa Blanca, en Wahington, D.C., durante unos 25 minutos. El mensaje que Kennedy le transmitía era, en su opinión, de suma importancia, y quería llevarle de vuelta a Washington una respuesta alentadora de Castro para mantener contactos secretos, después de la máxima tensión creada por la crisis de los misiles el año anterior, en octubre-noviembre de 1962.

El mensaje que Kennedy le transmitía era, en su opinión, de suma importancia, y quería llevarle de vuelta a Washington una respuesta alentadora de Castro

La primera reunión con el periodista francés se produjo, sorprendentemente, ya que no se esperaba para nada el anuncio de la llegada de Castro, en el hotel Riviera, situado frente al Malecón de La Habana, durante la noche del 19 al 20 de noviembre, entre las diez de la noche y las ocho de la mañana del día siguiente. En ese encuentro, en el cuarto del hotel, con el comandante en jefe vestido con su sempiterno uniforme y con una boina negra, estaban presentes Jean Daniel y su futura esposa, Michèle, tirada boca abajo en una cama, con sus zapatos al lado del lecho –todo eso hacía pensar más en un viaje de vacaciones en la Isla que en una misión de emisario diplomático–; su médico personal y hombre de confianza hasta su fallecimiento en 1969, el comandante René Vallejo, vestido de guerrillero y completamente dormido, algo prefectamente comprensible dada la hora tardía, y el intérprete Juan Arcocha.

Nada extraño en ello: Castro solía conversar con sus innumerables interlocutores a esas horas tardías, anunciándose pocos minutos antes, "por razones de seguridad". Unas instantáneas, tomadas por el fotógrafo Marc Riboud, publicadas en The New Republic, revista en la que colaboraba Jean Daniel, y en L'Express, inmortalizaron la reunión, bastante informal, del hotel Riviera.

Castro invitó a Jean Daniel a que lo acompañara a la estación balnearia de Varadero, a unos 130 kilómetros al este de la capital, el viernes 22 de noviembre, donde iba a visitar supuestamente unas casas nuevas. Alrededor de la una y media de la tarde, hora de Cuba (en Dallas eran las doce y media), momento que se volvería histórico, se produjo el anuncio del atentado contra Kennedy. No hubo esta vez ninguna foto, conocida, por lo menos.

¿Y por qué en Varadero? Jean Daniel especifica que se trata de su casa en la playa. Sin embargo, oficialmente, Castro no poseía ninguna casa allí, aunque podía disponer a su antojo, como en toda la Isla, de innumerables "casas de protocolo". Varadero tenía tal vez la ventaja de encontrarse lejos de La Habana y, por lo tanto, de otras fuentes de información que pudieran contradecir la que él le brindaría al reportero.

La exclamación de Castro fue de asombro: "¿Cómo? ¿Un atentado?"

Jean Daniel y Michèle, otra vez en presencia del intérprete Juan Arcocha, estaban conversando amigablemente con Castro cuando, de repente, sonó el teléfono. El comandante René Vallejo, quien se encontraba al lado, junto con un guardia de seguridad, fue a responder. Enseguida le dijo a Fidel Castro que el presidente de la República, Osvaldo Dorticós, quería hablar con él. Aparentemente se trataba de algo grave. Si no, era inconcebible que se le interrumpiera. La exclamación de Castro fue de asombro: "¿Cómo? ¿Un atentado?" Escuchó lo que le decía el presidente, y en tres ocasiones, repitió, en voz alta, para que sus invitados lo oyeran y lo entendieran, aunque su comprensión del español fuera elemental: "Es una mala noticia. Es una mala noticia. Es una mala noticia". Efectivamente, Jean Daniel transcribió esa reacción insistente en su artículo.

Sin embargo, esa llamada telefónica resulta extraña. El presidente Dorticós, en efecto, solo ocupaba un cargo honorífico; el verdadero poder en la Isla lo detentaba Fidel Castro, quien tenía entonces el puesto de primer ministro. Es inconcebible que se enterara por un personaje subalterno y no por sus servicios de seguridad, o por su hermano Raúl Castro en persona, ministro de Defensa. Dorticós, después de caer en desgracia aunque siguiera ocupando un cargo ministerial, el de Justicia, y de que Fidel asumiera oficialmente, en 1976, el título de presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros, con Raúl de vicepresidente, acabó por suicidarse en 1983. Los suicidios de dirigentes políticos, militares o policiales cubanos son algo común, sobre todo cuando detienen secretos inconfesables.

Entre la una y media y las dos de la tarde, hora cubana, los presentes en la casa de Varadero sintonizaron una radio que emitía en inglés desde Miami –el comandante Vallejo iba traduciendo a grandes rasgos– hasta enterarse del fallecimiento de Kennedy en el Parkland Hospital de Dallas. Castro le agregó a Jean Daniel que pensaba que le iban a echar la culpa de lo ocurrido, aunque aún no se hubiera enterado de que el presunto asesino, que todavía se encontraba en libertad antes de disparar contra el policía J. D. Tippit, se llamaba Lee Harvey Oswald y que había solicitado pocas semanas antes un visado en el Consulado de Cuba en México.

Jean Daniel se dio cuenta ahí mismo de que su misión como intermediario entre Castro y Kennedy, a quien tenía planeado volver a ver cuando regresara a la capital americana, se había acabado, y que con el vicepresidente Lyndon B. Johnson automáticamente ascendido al cargo supremo, nada iba a ser igual. Le quedaba el instinto de reportero: contar las circunstancias en que Fidel Castro se enteró, junto con él, del magnicidio de Dallas, con ese extraño título (suyo o de la redacción de L'Express), Avec Castro, à l'heure du crime, sin precisar de qué crimen se trataba. La formulación, ambigua, no deja de instilar la duda de que el responsable del crimen podía ser el mismo Castro.

Así saltaba Jean Daniel a la fama universal pero, sobre todo, su escrito se volvía la reacción casi oficial, avalada por él, de Fidel Castro, más aún que sus dos discursos del 23 y del 27 de noviembre.

Nunca se le pasó por la mente que podía haber sido manipulado para ser el único testigo presencial de la reacción de Fidel Castro

Jean Daniel fungía pues como el emisario de Fidel Castro solo. Nunca se le pasó por la mente que podía haber sido manipulado para ser el único testigo presencial de la reacción de Fidel Castro. No hubiera sido el primero, sin embargo. Herbert L. Matthews, el reportero del New York Times que se encontraba de vacaciones con su esposa en Cuba a principios de 1957, contaba complacientemente cómo se había dejado engañar en las montañas de Sierra Maestra por el antiguo guerrillero, quien logró hacerle creer que estaba al frente de un verdadero ejército rebelde cuando en realidad solamente contaba con un grupo de una veintena de hombres. Matthews, desde entonces, se volvió amigo personal de Castro y el mejor propagandista de su política en Estados Unidos. Jean Daniel no debía de conocer la historia de Matthews o no le importaba demasiado. Creía o quería ser el primero.

Por cierto, ¿cuál era el contenido del mensaje que John F. Kennedy le quería hacer pasar por su intermedio al primer ministro cubano? En uno de sus artículos, Jean Daniel relata el contenido de su conversación con Kennedy. Este le dijo sustancialmente que, junto con su hermano Robert –entonces fiscal general, asesinado  también, en 1968 en Los Ángeles–, desconfiaba profundamente de la "locura" y del "comunismo" de Castro después de los episodios de Bahía de Cochinos y de la crisis de los misiles, durante la cual, en carta a Nikita Jruschov, le pidió, sin éxito por suerte, un ataque nuclear preventivo contra alguna gran ciudad de Estados Unidos.

Kennedy sabía que Castro era capaz de todo. Precisaba, sin embargo, que la lucha guerrillera contra el Gobierno de Fulgencio Batista, antes de su toma del poder en 1959, había despertado cierta simpatía en Estados Unidos, y daba a entender que también en él, pero que su desliz hacia la Unión Soviética le había hecho abandonar cualquier tipo de indulgencia. Lo mostró con sus ataques durísimos durante su campaña electoral victoriosa en 1960, que llegó a concretar con la operación fallida de Bahía de Cochinos, aunque esta hubiera sido preparada por la administración republicana anterior, la de Eisenhower-Nixon. Si Castro pudiera volver a sus planteamientos iniciales...

Aunque las relaciones entre Cuba y la Unión Soviética no estuvieran en su punto más cercano en noviembre de 1963 y la amistad entre Fidel Castro y Nikita Jruschov no fueran de las mejores, ningún dirigente americano podía pensar que podían llegar a un punto de ruptura. Pocos meses después, en abril de 1964, Fidel Castro emprendió un viaje a la URSS que duró 38 días, durante el cual fue recibido con todos los honores por la plana mayor del Partido Comunista. Las rencillas con el gran "país hermano" se acabaron o fueron silenciadas durante décadas.

La importancia del mensaje de Kennedy a Castro, o su interpretación, debe ser, pues, relativizada, igual que la del mensajero. Pero, ingenuamente o por vanidad al haber conseguido su exclusiva mundial, Jean Daniel despachó a la opinión pública su convicción: Fidel Castro no podía haber estado al corriente de un posible intento de asesinato de John F. Kennedy el 22 de noviembre de 1963, a las doce y media, hora de Dallas, ya que se encontraba con él en Varadero. Y el mundo entero se lo creyó.

Esta breve investigación surgió a raíz de la extrañeza que siempre me produjo el relato de Jean Daniel sobre su encuentro con Fidel Castro y de las entrevistas concedidas por él poco tiempo antes de su muerte. Los que conocen desde dentro las interioridades del poder castrista podrían albergar sospechas legítimas.

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