Golpe de gracia a la Feria del Libro de La Habana

El covid está acabando con una cita cultural corrompida por la censura y la manipulación

Volúmenes con el rostro de Fidel Castro y otros de alabanzas al Partido Comunista cortan el entusiasmo de visitar el área expositiva de Vietnam, el país invitado de este año. (14ymedio)
Volúmenes con el rostro de Fidel Castro y otros de alabanzas al Partido Comunista en la Feria del Libro de 2020, la última celebrada. (14ymedio)

Hubo un tiempo en que salía de la escuela y caminaba todo lo rápido que podía hasta alcanzar varios puntos de venta de libros usados que había en el camino de regreso a casa. Tras concluir la travesía no era raro que llevara en las manos un volumen de Víctor Hugo, algún compendio de cuentos de ciencia ficción o un tomo sobre la Revolución francesa. Aquella ansiedad se hacía más intensa en los días de la Feria del Libro de La Habana, cuando muchos cubanos esperábamos alcanzar alguna novedad para leer.

Este año, la principal fiesta editorial de la Isla ha sido pospuesta a consecuencia del covid-19, pero el evento lleva años languideciendo. Los momentos de mayor dinamismo y afluencia de autores internacionales que se vivieron a inicios de este siglo son cosa del pasado. En mi memoria quedan aquellos días en que tuve la suerte de vivir la Feria desde dentro, como empleada de la editorial Gente Nueva. Esa inmersión en sus tripas me permitió conocer los profundos problemas que terminarían acelerando su agonía.

No era raro que justo el día de la presentación de un título se retiraran las cajas de la sala de lanzamiento o se inventara alguna justificación para evitar que llegara a manos de los lectores

La censura marcó a la Feria desde su comienzo. No era raro que justo el día de la presentación de un título se retiraran las cajas de la sala de lanzamiento o se inventara alguna justificación para evitar que llegara a manos de los lectores. Me tocó ver hermosas historias dedicadas al público infantil que nunca se vendieron porque su autor acaba de exiliarse y de hacer declaraciones críticas sobre el régimen. Más de una vez, cundió el pánico entre los directivos al notar que entre los libros extranjeros se había colado un texto de Mario Vargas Llosa o una novela de Milán Kundera.

Pero no solo era cuestión de censura. Todos los que trabajamos en las ediciones de cada febrero dedicábamos más de 16 horas diarias a lograr que el evento saliera adelante. Las condiciones en que laboramos eran pésimas. Muchas veces no había agua para tomar, el almuerzo llegaba retrasado y recibíamos la molestia de los lectores que no entendían las demoras y la ausencia de ciertos autores. Éramos el blanco de la ira y de la explotación.

Los autores invitados tampoco la pasaban muy bien. Mientras a algunas figuras de renombre internacional se les trataba a cuerpo de rey, la mayoría de los locales veían como la burocracia y los extremismos quitaban brillo a su momento literario. No pocas veces se hicieron lanzamientos, que inicialmente se anunciaban con centenares de ejemplares, con apenas una decena a la venta. Los pagos de derecho de autor eran tan paupérrimos como enrevesados de cobrar.

A la Feria la ha ido matando también la incapacidad de adquirir el derecho de distribución de las grandes obras que se han escrito en el último cuarto de siglo. La manía de piratear libros y no pagar ni un centavo por su impresión masiva que caracterizó al "ímpetu revolucionario" de las décadas del 60 y del 70 dejó a la Isla como un depredador de cara a las grandes casas editoriales del planeta.

La manía de piratear libros y no pagar ni un centavo por su impresión masiva que caracterizó al "ímpetu revolucionario" de las décadas del 60 y del 70 dejó a la Isla como un depredador

Poco a poco, la cita en la fortaleza de La Cabaña –sitio de connotaciones tenebrosas para la libertad– se convirtió en la fanfarria de un discurso inaugural, la elección de un país invitado que se otorgaba más por conveniencias políticas que literarias y un espacio para comprar carteras tejidas, horóscopos grabados en madera, panes con perro caliente y pegatinas de fútbol. Los buenos títulos se fueron volviendo cada vez más escasos y difíciles de alcanzar por sus precios.

El pasado domingo, cuando supe del aplazamiento de la Feria del Libro de La Habana, no sentí pena alguna por aquella adolescente que apuraba el paso para subir la loma que separa al túnel de la bahía del primer foso de la fortaleza colonial. Más bien tuve un momento de alivio al saber que el cadáver de lo que fue un buen momento para la lectura podrá descansar en paz unas semanas más, sin tanta manipulación.

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