Oda urgente a los noventa

El autor dedica estos versos a sus años en La Habana, antes de salir de Cuba

Alexis Romay en el malecón (febrero de 1999) cantando 'Queriendo que te sientas bien', himno regalado por Vanito Brown "y que fue un aliciente contra la ubicuidad del hambre y la represión". (Alexis Romay)
Alexis Romay en el malecón (febrero de 1999) cantando 'Queriendo que te sientas bien', himno regalado por Vanito Brown "y que fue un aliciente contra la ubicuidad del hambre y la represión". (Alexis Romay)

Boris Larramendi, Enrique Del Risco y Vanito Brown, por la música, la amistad y el pie forzado 


Canté a  Boris y a  Vanito
—con  Debajo y  Lucha Almada
en alguna madrugada
de esa  Habana que fue un mito,
mientras estaba proscrito
pensar y ser diferente
y recorría el ambiente
un ansia de libertad
y ocultaba la verdad
la prensa del  delincuente.

Yo era un flaco allá en mi tierra,
un trovador  sin canciones
que improvisaba  unos sones
en descargas de posguerra.
A ratos, me iba a la sierra,
pero cantaba en el llano.
Era un joven ciudadano
era un negro ante el acecho
policial y ante el despecho
de  ese régimen cubano.

Yo era un negro allá en  La Habana
que tocaba la guitarra,
citaba a Violeta Parra,
la  Nueva Trova cubana
Yo me aprendí de Nirvana
canciones que no entendía,
temí a la policía
que  me acosaba por gusto
—¡ por negro!—, por darme el susto,
en  mi ciudad, cada día.

Yo era un flaco allá en  La Habana.
Yo no quería marchar.
esa junta militar,
represiva y chabacana,
contra la paz ciudadana
adoctrinaba a sus huestes.
Yo cantaba, echaba pestes,
le tenía terror
ese cuerpo represor
que no deja que protestes.

Yo bajaba  al malecón,
con amigos soñadores,
trovadictos trovadores,
con guitarra de cajón,
pero esa Revolución
mandaba a  su policía,
con violencia y sangre fría,
a pedirnos el carné.
Por eso  yo me escapé
de  Cuba y  su tiranía.

Yo era un poeta maldito
que  citaba a Baudelaire.
(Yo no sabía leer
en francés más que un poquito).
Soñaba que el infinito
me esperaba  en (la) otra orilla.
Acaso la maravilla
de una guitarra insondable
me alivió  al comerme el cable
de  Cuba y su pesadilla.

Canté un bolero inaudito
de noche, en el malecón,
y soñé con un avión,
para ir en septiembre a Quito
o a Madrid o al infinito,
más allá de la frontera
de una Cuba prisionera
por orden de un dictador
y su cuerpo represor 
y su rabia carnicera. 

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