Palestina y la inevitabilidad de los dos Estados

Donald Trump y Benjamin Netanyahu durante una reunión en la Casa Blanca. (EFE)
Donald Trump y Benjamin Netanyahu durante una reunión en la Casa Blanca. (EFE)
Carlos Alberto Montaner

19 de febrero 2017 - 13:54

Madrid/Hace bien el presidente Donald Trump en respaldar a Israel, pero no debe cancelar la idea de la creación de un estado palestino.

El apoyo de Washington ha ido incrementándose con cada gobierno que ha pasado por la Casa Blanca. Eso es moralmente justo y políticamente conveniente. Al fin y al cabo, el Estado judío es la única democracia existente en esa torturada zona del planeta.

Pese al espaldarazo inicial de Truman en 1948 para la creación de Israel y de un estado palestino por medio de una resolución de la ONU, a la que se unió la URSS gobernada por Stalin, acaso entusiasmado por los orígenes socialistas del país que estaba naciendo, la verdad es que en los años de Eisenhower no hubo simpatías especiales por el estado judío. Es a partir de esa administración cuando se inició, realmente, el respaldo a Israel.

¿Por qué no ha sido posible la solución de dos Estados, uno israelí y otro palestino? Básicamente, por la incapacidad de los árabes de aceptar que los judíos se reinsertaran en ese territorio que un día les perteneció

¿Por qué no ha sido posible la solución de dos Estados, uno israelí y otro palestino? Básicamente, por la incapacidad de los árabes de aceptar que los judíos se reinsertaran en ese territorio que un día les perteneció, y al cual volvieron acosados por la inveterada costumbre de sus enemigos de maltratarlos, expulsarlos o asesinarlos a su antojo.

Los judíos más cultos y europeizados, de donde partió el impulso sionista, no llegaron festinadamente a la conclusión de crear en Palestina, en la tierra de sus antepasados, un Hogar judío que acabó transformándose en un Estado judío, sino fue el producto de una amarga necesidad impuesta por siglos de incomprensión y rechazo.

Fue un claro sacrificio realizado por un puñado de idealistas. ¿Quién en su sano juicio abandonaría la vida razonablemente cómoda del Imperio Austro-Húngaro, de Londres o París, incluso de las aldeas de Polonia, por la polvorienta aventura de fabricar un destino mejor en el Medio Oriente pobre e insalubre de finales del XIX y principios del XX?

¿Qué buscaban aquellos primeros sionistas convocados por el periodista Theodor Herzl? Procuraban crear un sitio propio, sin miedo a los pogromos, en el cual ser judío no fuera un estigma, porque estaban hartos de la discriminación, de las persecuciones, de los capirotes y de las miles de injurias y calumnias sufridas a lo largo de los siglos que ya presagiaban lo que luego sería el nazismo.

Para quien quiera entender la historia de lo ocurrido en la llamada Tierra Santa, que bien pudo ser llamada Tierra Sangrienta, le recomiendo un libro titulado Mi tierra prometida, excepcionalmente bien escrito por el periodista Ari Shavit. Me lo recomendó y obsequió mi amiga Alicia Freilich. Es estupendo.

Ahí están todas las claves y todos los hechos. Los asesinatos y las barbaridades cometidos por unos y otros, por los judíos y por los palestinos. No es una obra del choque entre buenos y malos, sino del enfrentamiento entre dos derechos y dos visiones excluyentes que generaban un desencuentro tal vez inevitable.

Netanyahu lo dijo claramente en su visita a Washington: nadie duda que los chinos proceden de China y los japoneses de Japón. ¿Es tan difícil entender que los judíos provienen de Judea?

Pero ahí no termina el razonamiento. Tampoco sirve el argumento de que jamás existió una nación palestina. Existe ahora, surgió en contraposición al sionismo, animada por su ejemplo, y es necesario abrirle un espacio, pero siempre y cuando esa sociedad admita que los judíos constituyeron un Estado con el que deben convivir en paz.

Esto fue lo que la ONU aprobó en 1948, dando por sentado que ambos Estados estaban condenados a entenderse, algo inmediatamente desmentido por la guerra desatada por varios países árabes, milagrosamente derrotados por Israel.

Los judíos llegaron para quedarse y la existencia de Israel trasciende la idea del hogar de una etnia enquistada en una nación extraña, como pretenden algunos árabes

Pero ésa sigue siendo la clave de un conflicto que no comenzará a solucionarse hasta que los palestinos acepten que no pueden extirpar a los israelíes de la faz de la Tierra. Los judíos llegaron para quedarse y la existencia de Israel trasciende la idea del hogar de una etnia enquistada en una nación extraña, como pretenden algunos árabes.

Una patria común palestina sería confinar a los judíos en un nuevo gueto a la espera del pogromo definitivo. Eso no tiene sentido. Tampoco lo tendría al revés. Los palestinos tienen que aprender a ceder y de nada les vale invocar un derecho que, de existir, se tropieza con una realidad inconmovible. No hay otra solución, a largo plazo, que la existencia de dos naciones.

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