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Los censores también escriben cartas de solidaridad

Cuba y la Noche

La Uneac pide apoyo a artistas estadounidenses mientras guarda silencio ante los creadores cubanos censurados, expulsados o encarcelados 

¿Dónde estuvo la Uneac cuando a un grupo de jóvenes artistas nos lanzaron a un camión de escombros el 11J y nos llevaron a la cárcel? / Redes Sociales
Yunior García Aguilera

05 de julio 2026 - 08:49

Madrid/La carta de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) a sus “colegas” estadounidenses está escrita con la tinta espesa de la demagogia. Habla de paz una institución que ha callado ante la represión interna. Invoca la libertad una organización subordinada al partido único. Pide solidaridad para Cuba mientras abandona a los cubanos que crean fuera del redil. Denuncia la “asfixia” de Washington sin dedicar una sola línea a la asfixia cotidiana que padecen en la Isla los artistas censurados, expulsados, vigilados o empujados al exilio. La Uneac ha tenido muchas funciones en su historia, pero nunca la de ser solidaria con los artistas cubanos cuando el poder ha decidido aplastarlos. 

El texto apela a una larga tradición de vínculos entre Cuba y Estados Unidos. Recuerda afinidades históricas, nombres prestigiosos, lazos de pueblo a pueblo. Pero evita cuidadosamente la historia más cercana. La de los creadores cubanos que ya no pueden publicar en su país, filmar en su país, cantar en su país, exponer en su país o regresar a su país sin someterse antes al filtro político de los guardianes de la “pureza revolucionaria”. 

Se trata, por tanto, de un texto de propaganda blanda calculado para conmover al extranjero y encubrir al censor doméstico. Una súplica envuelta en palabras “humanistas”, pero sostenida sobre una hipocresía elemental. La Uneac no pide que se defienda la libertad de la cultura cubana. Pide que se defienda la versión oficial del poder cubano.

¿Dónde estuvo cuando tantos colegas tuvieron que escoger entre la autocensura, el ostracismo o el aeropuerto?

¿Dónde estaba la Uneac cuando se reprimió al Movimiento San Isidro? ¿Dónde estuvo cuando a un grupo de jóvenes artistas nos lanzaron a un camión de escombros el 11J y nos llevaron a la cárcel? ¿Dónde estuvo cuando a creadores cubanos se les cerraron galerías, editoriales, teatros, festivales, universidades y medios por no repetir el catecismo oficial? ¿Dónde estuvo cuando tantos colegas tuvieron que escoger entre la autocensura, el ostracismo o el aeropuerto?

La Uneac pide a los artistas estadounidenses que levanten la voz por Cuba, pero no la levantó por Roberto Viña cuando fue expulsado de la enseñanza artística. No la levantó por El Ciervo Encantado cuando rompió con las instituciones tras años de asfixia. No la levantó por Nelda Castillo cuando se impugnó un homenaje en el Día Internacional del Teatro. No la levantó por Teatro El Público cuando se le canceló un tributo a Celia Cruz. No la levantó por Pedro Armando Junco ni por Alina Bárbara López, a quienes sí expulsó de sus filas. No la levantó por Miryorly García Prieto, que denunció desde dentro la complicidad de la organización. No la levantó por Javier L. Mora, Carlos Lechuga, Pedro Luis Ferrer, Ivette García, Jorge Fernández Era y Laideliz Herrera, que terminaron rompiendo con una institución incapaz de representarlos. Y, desde luego, no la ha levantado por Luis Manuel Otero Alcántara ni por Maykel Osorbo, artistas encarcelados por negarse a crear desde la sumisión.

Pero ese comportamiento tampoco es nuevo ni puede atribuirse únicamente a la mediocridad o al oportunismo de sus directivos actuales. La Uneac nació y ha funcionado históricamente dentro de esa disciplina. Sus propios estatutos establecen que la organización “reconoce al Partido Comunista de Cuba como fuerza dirigente superior de la sociedad y el Estado”, antes incluso de cualquier compromiso efectivo con la defensa de sus miembros o de la cultura misma. Por eso su silencio no es una desviación, sino una de sus principales funciones. 

No se trata, por tanto, de una Uneac que ha perdido el rumbo, sino de una organización que sigue cumpliendo el mandato para el que fue domesticada

Desde el Caso Padilla, cuando el poeta Heberto Padilla fue arrestado en 1971 y obligado a una autocrítica pública precisamente en la sede de la Uneac, la institución aprendió a actuar como escenario de escarmiento más que como refugio de escritores y artistas. Después vinieron el Quinquenio Gris, la parametración, las purgas contra actores, directores, escritores, homosexuales, religiosos o simples “desviados ideológicos”. Vinieron también los años de ostracismo contra Antón Arrufat, Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Dulce María Loynaz, Reinaldo Arenas, Eduardo Heras León, Norberto Fuentes, María Elena Cruz Varela y tantos otros. Vinieron la censura a publicaciones, películas, obras teatrales y canciones. Y, más recientemente, el castigo contra Tania Bruguera, Hamlet Lavastida, o quien escribe estas líneas. 

No se trata, por tanto, de una Uneac que ha perdido el rumbo, sino de una organización que sigue cumpliendo el mandato para el que fue domesticada. Acompañar al poder cuando reprime y mirar hacia otro lado cuando los reprimidos son sus propios colegas. El artista cubano independiente, en cambio, es tolerado solo si se calla, se va o se arrepiente.

Los artistas estadounidenses pueden, por supuesto, reaccionar con absoluta libertad. Pero también deberían saber que la institución que ahora les ruega apoyo no solo ha permanecido callada ante la represión de sus propios colegas, sino que ha participado en ella. Y esa actitud no es neutral. La carta de la Uneac no es un llamado a la solidaridad. Es una pieza victimista e hipócrita, escrita por quienes piden compasión afuera mientras administran el silencio y la obediencia adentro. 

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