APOYO
Para ayudar a 14ymedio

Cuba y la intervención norteamericana: ¿Se repite la historia?

Intervención

La Isla enfrenta en 2026 las mismas crisis estructurales que encontró la ocupación militar estadounidense de 1899. Un repaso exhaustivo de lo que aquella Administración hizo revela un paralelo histórico tan preciso que resulta difícil de ignorar

Las naciones se sostienen sobre ciudadanos educados, no sobre súbditos ignorantes. / Archivo
Rolando Gallardo

30 de mayo 2026 - 11:09

Alicante (España)/La imagen es la misma, aunque el siglo haya cambiado. En La Habana de 1899, brigadas sanitarias estadounidenses recorrían barrios devastados por la guerra, destruyendo criaderos del mosquito Aedes aegypti y fumigando viviendas para combatir la fiebre amarilla que diezmaba a una población exhausta. En La Habana de 2026, esos mismos barrios acumulan toneladas de desechos en cada esquina, mientras el dengue, el chikungunya y el virus del Oropouche se propagan sin control bajo el mismo vector que el médico cubano Carlos J. Finlay identificó hace más de un siglo. El mosquito no ha cambiado. Tampoco el desamparo.

Este paralelismo no es metáfora: es diagnóstico. Cuba enfrenta hoy las mismas urgencias estructurales que encontró la ocupación militar estadounidense al desembarcar en enero de 1899, cuando el general John R. Brooke heredó un territorio en ruinas absolutas. La guerra de independencia y la táctica de “tierra arrasada” habían desplazado a cientos de miles de campesinos hacia las ciudades y quebrado el sustento económico de la Isla. La infraestructura estaba destruida, las finanzas públicas eran inexistentes y el orden institucional, una aspiración más que una realidad. Lo que aquella administración tuvo que construir desde cero, increíblemente en 2026, si ocurriera una tercera intervención estadounidense en Cuba, tendría que hacer exactamente lo mismo.

El sucesor de Brooke, el general Leonard Wood, era médico de formación. Entendió desde el primer día que ningún orden político es sostenible sobre una población enferma. Apoyándose en la teoría de Finlay –quien llevaba décadas intentando convencer al mundo científico de que la fiebre amarilla se transmitía por picadura de mosquito–, el Ejército organizó una campaña de saneamiento ambiental sin precedentes: drenaje de charcos, destrucción de criaderos del Aedes aegypti, fumigación de viviendas, clausura de cementerios insalubres, construcción de sistemas de alcantarillado en La Habana. El resultado fue histórico: en septiembre de 1901, la ciudad registró su último caso autóctono de una enfermedad que la colonia española no había podido erradicar en cuatrocientos años.

Apoyándose en la teoría de Finlay, el Ejército de EE UU organizó una campaña de saneamiento ambiental sin precedentes en la Isla. / Archivo

Hoy, las redes de acueducto y alcantarillado modernizadas en los primeros años de la revolución y abandonadas a su suerte desde los noventa han colapsado en la mayoría de las provincias. Los microvertederos que el Estado carece de capacidad operativa para eliminar alimentan brotes de arbovirosis que se expanden sin freno. Una estabilización exterior tendría que lanzar, desde el primer día, exactamente la misma ofensiva vertical que Wood y el doctor Walter Reed ejecutaron con las herramientas de 1900: eliminación de criaderos, higiene pública masiva, reconstrucción de infraestructura sanitaria. La diferencia es que en 1899 había una guerra de tres años que explicaba la destrucción. En 2026, hay seis décadas de socialismo y mala gestión.

La guerra había destruido puentes, levantado raíles y dejado los caminos en un estado que hacía imposible mover la producción agrícola hacia los puertos. La administración Wood acometió la reparación y expansión de la red ferroviaria, restaurando las conexiones entre las zonas productoras de caña y los puertos de exportación. La lógica era impecable: sin logística no hay economía, y sin economía no hay república.

Las carreteras cubanas de 2026 son, en amplias zonas del interior, pistas de obstáculos donde conviven baches de un metro de profundidad con tramos sencillamente inexistentes. El ferrocarril, que a principios del siglo XX era uno de los más modernos de América Latina, opera hoy con material rodante soviético de los años sesenta y setenta en rutas que tardan el doble o el triple del tiempo razonable cuando consiguen funcionar. Una nueva administración no podría reparar esta infraestructura: tendría que rehacerla. El deterioro acumulado supera con creces el que provocó una guerra de tres años; exigiría un esfuerzo proporcional al que Wood ejecutó, pero incomparablemente más complejo en escala tecnológica y presupuestaria.

Uno de los capítulos menos celebrados, pero quizás más determinantes, de aquella ocupación fue la disolución del Ejército Libertador cubano

La industria azucarera cubana –la más sofisticada del mundo en su época– había sido desarticulada por la contienda. La administración de ocupación propició activamente la inversión extranjera para reconstruir los ingenios y modernizar la maquinaria. El azúcar volvió a fluir, y con él los ingresos fiscales que financiarían el resto de las reformas. Paralelamente, Wood reorganizó el sistema bancario y sentó las bases para una moneda que sería, en las décadas siguientes, una divisa al nivel del dólar: reflejo de una economía que, cuando operaba bajo reglas de mercado predecibles, era capaz de generar prosperidad real.

La producción azucarera de Cuba no llega hoy a las 150.000 toneladas, frente a los diez millones que la gran zafra épica de 1970 intentó alcanzar sin conseguirlo. El sistema financiero opera con una dualidad monetaria esquizofrénica que ha destruido cualquier confianza inversora externa. Una hipotética estabilización tendría que abrir al capital privado –nacional e internacional– el único sector con historia probada de rendimiento, mientras unifica y sanea una moneda cuya credibilidad no se decreta: se construye con instituciones que funcionen.

Uno de los capítulos menos celebrados, pero quizás más determinantes, de aquella ocupación fue la disolución del Ejército Libertador cubano. Heroico en la guerra, disfuncional en la paz, fue licenciado de manera ordenada, con indemnizaciones que permitieron a los soldados reintegrarse a la vida civil. En su lugar se construyeron unas Fuerzas Armadas profesionales, dimensionadas para las necesidades reales de la república y no para los apetitos políticos de los caudillos. Una nación no puede construir democracia cuando tiene un Ejército que la supera en poder fáctico.

Más de mil maestros cubanos viajaron a Harvard en el verano de 1900 para formarse en los métodos pedagógicos modernos. / Archivo

Las Fuerzas Armadas actuales, junto con el Ministerio del Interior y la constelación de entidades represivas que sostienen al régimen, están sobredimensionadas respecto a cualquier necesidad defensiva real. Constituyen, en la práctica, un aparato de control político más que un instrumento de defensa nacional, y una carga presupuestaria que la economía simplemente no puede sostener. 

Una nueva administración debería acometer, como Wood con el Ejército Libertador, un proceso de licenciamiento ordenado con reintegración civil de los efectivos. Este capítulo tiene además una dimensión geopolítica que merece nombrarse: Cuba es una nación del Atlántico Norte, fue aliada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y su posición en el acceso al golfo de México la convierte en un actor estratégico de primera magnitud. Un ejército cubano profesional, moderno y alineado con estándares democráticos podría, en un horizonte de mediano plazo, presentar argumentos sólidos para integrarse en la arquitectura de seguridad del hemisferio occidental.

Wood importó el modelo educativo estadounidense con una ambición sin precedentes en la región. Cuba pasó de tener apenas unos cientos de escuelas operativas a más de dos mil en tres años. Más de mil maestros cubanos viajaron a Harvard en el verano de 1900 para formarse en los métodos pedagógicos modernos. Era la apuesta más lúcida de toda la ocupación: las naciones se sostienen sobre ciudadanos educados, no sobre súbditos ignorantes.

Una nación que en el siglo XXI enfrenta las mismas urgencias estructurales que en el siglo XIX, ha pagado un precio histórico extraordinario por sus experimentos políticos

La paradoja de 2026 es que la revolución alcanzó altos índices de alfabetización para luego producir décadas de pensamiento único, vaciamiento intelectual y una fuga de cerebros que ha dejado a la Isla sin sus generaciones mejor formadas. Más de dos millones de personas han abandonado Cuba entre 2020 y 2024, una proporción de la población que no tiene precedente en tiempos de paz. La reconstrucción de una educación libre, pluralista y conectada con los estándares internacionales sería, como en 1900, la inversión más rentable de cualquier proceso de reconstrucción nacional.

Nombrar este escenario no equivale a desearlo. Equivale a medir con honestidad la profundidad del fracaso acumulado. Una nación que en el siglo XXI enfrenta las mismas urgencias estructurales que en el siglo XIX –las mismas enfermedades transmitidas por el mismo mosquito, la misma infraestructura rota, la misma dependencia de un orden exterior para proveer lo que el Estado no puede– ha pagado un precio histórico extraordinario por sus experimentos políticos.

La república cubana nació tutelada por una potencia que supo actuar como adulta cuando la Isla aún no podía serlo. Creció reivindicando esa tutela como agravio, sin construir jamás los consensos institucionales que hacen innecesarios los tutores. Y llegó a la vejez –más de seis décadas de revolución– con las mismas carencias de la infancia, magnificadas por el orgullo de quien no aprendió de sus errores.

La verdadera emancipación de Cuba no llegará de ninguna ocupación ni de ninguna tutela, por bien intencionada que sea. Llegará el día en que su sociedad, con sus propias instituciones y su propio consenso democrático, sea capaz de proveer a sus ciudadanos el agua potable, la electricidad, la salud y la libertad que llevan generaciones esperando. Hasta entonces, la historia seguirá haciendo lo que mejor sabe hacer: repetirse, con una fidelidad que ya no sorprende, pero que sigue doliendo.

1 Comentario
Ver los Comentarios

También te puede interesar

Lo último